Hermanos, cuídense de los sustitutos sagrados

El ministerio es su propio peor enemigo. No es destruído por el grande y malo lobo del mundo. Se destruye a sí mismo. Ese es el punto de Hechos 6:2-4: "Entonces los doce convocaron a la congregación de los discípulos, y dijeron: 'No es conveniente que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir mesas. Por tanto, hermanos, escoged de entre vosotros siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes podamos encargar esta tarea. Y nosotros nos entregaremos a la oración y al ministerio de la palabra.' "

Sin oración extensa y consagrada, el ministerio de la Palabra se marchita y no produce fruto alguno. Los 12 se estaban dedicando a la oración (Hechos 1:14) cuando el Espiritu vino y les dio palabra con 3000 conversos. Estos conversos también se dedicaban a la oración (Hechos 2:42) cuando prodigios y señales eran hechas y muchas personas eran añadidas diariamente a la iglesia (Hechos 2:43, 47). Pedro y sus amigos estaban participando en la oración cuando el lugar fue sacudido y ellos fueron llenados con el Espiritu y hablaron la Palabra con confianza (Hechos 4:31). Pablo confió en la oración de que él le daría palabra al abrir su boca y para proclamar el misterio del evangelio (Efesios 6:19).

Sin oración extensa y concentrada, el ministerio de la Palabra se marchita. Y cuando el ministerio de la Palabra disminuye, la fe (Rom. 10:17; Gal. 3:2, 5) y la santidad (Juan 17:17) disminuyen. La actividad puede continuar, pero la vida y el poder de la fructividad terminan. Por lo tanto, lo que se opone a la oración, se opone al trabajo entero del ministerio.

¿Y qué se opone a la vida de oración de un pastor más que nada? El ministerio. No son las compras o las reparaciones del coche, o la enfermedad o el trabajo del patio lo que arrincona nuestras oraciones en las esquinas más apresuradas de nuestro día. Es el desarrollo del presupuesto y las reuniones del personal y las visitas y consejería, y el contestar correos y escribir reportes, leer revistas y contestar el teléfono.

El esfuerzo de satisfacer necesidades es el enemigo de la oración. Literalmente, Hechos 6:3 dice, "Hermanos, escojan de entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu y sabiduría, a quien podamos confiarle esta tarea." El cuidado de las viudas era una verdadera necesidad. Y era precisamente esta necesidad lo que amenazaba la oración apostólica.

Pero, los apóstoles no cederían a la tentación. Esto debe significar que la oración requería una gran parte de su tiempo completo. Si hubieran pensado en la oración como algo que se puede hacer mientras se lavan los platos o se prepara la comida (o se maneja un coche entre hospitales), entonces no hubieran visto el poner la mesa como una verdadera amenaza. La oración era una labor que consumía tiempo, durante la cual se debía dejar aparte el resto de las actividades.

Ellos aprendieron de Jacob y de Jesús que debían usarse noches enteras para la oración (Gen. 32:24; Lucas 6:12). Bajo la merma del ministerio, debemos "retirarnos a lugares apartados y orar" (Lucas 5:16). Antes de los encuentros pastorales significativos, debemos orar a solas (Lucas 9:18). Para Jesús y los apóstoles el trabajo de la oración requería tiempos extendidos a solas: "En la mañana, mucho antes del amanecer, El se levantó y salió a un lugar solitario, y ahí oró" (Marcos 1:35).

Los apóstoles dijeron: "nos entregaremos a la oración" (Hechos 6:4). La palabra traducida "nos entregaremos" (proskartereo) enfatiza el firme compromiso de los apóstoles de preservar tiempo para la oración. Significa "persistir en" y "continuar con". Es usada en Hechos 10:7 para referirse a la lealtad con la que algunos soldados servían a Cornelio. La idea es ser fuerte y persistente e inquebrantable en la tarea de uno.

Así que los apóstoles estaban diciendo: No importa qué tan urgentes sean las presiones para que usemos nuestro tiempo realizando buenas obras, no abandonaremos nuestra labor principal. Persistiremos en ello. No vacilaremos ni dejaremos a un lado la labor de la oración.

Esta palabra (proskartereo) se une fuertemente al ministerio de la oración en la iglesia antigua. En Hechos 1:14 los discípulos "se entregaban a la oración", y en Hechos 2:42 a las "oraciones". Luego, en las epístolas de Pablo, esta práctica se vuelve un mandato: "Dedíquense a la oración" (Rom. 12:12). "Perseveren en la oración" (Col. 4:2). "Velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos" (Efesios 6:18). Mientras más se encuentre uno concentrado en combatir los poderes de la oscuridad, será mayor la sensación de necesidad de pasar más tiempo orando. Por lo tanto, los apóstoles combinan la "oración" y el "ministerio de la Palabra" y se liberan de las buenas obras que consumen tiempo.

La importancia de la oración se eleva en proporción a la importancia de las cosas que debemos renunciar para poder orar. Si el trabajo que vamos a dejar aparte es uno en el que se requiere gran profundidad espiritual y poder, entonces ¿cuánto más crucial y demandante deberá ser el trabajo de la oración? Y esto es sólo el caso de Hechos 6:3.

El texto no dice, "Los apóstoles deberán hacer el trabajo espiritual de la oración y hacer que alguna gente práctica sirva las mesas." Dice, "escoged de entre vosotros siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría." (Fiduciarios no deben ser financieros mundanos. Deben estar llenos del Espíritu y de sabiduría.) No son solamente las exigencias cotidianas del pastorado lo que amenaza nuestra vida de oración. La oración también se ve amenazada por las oportunidades del ministerio en que se requiere llenura del Espíritu y sabiduría. Debemos abandonar incluso esto para poder dedicarnos a la oración.

Hermanos, cuídense de los substitutos sagrados. Dedíquense a la oración y al ministerio de la Palabra.

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