Víctor Watters conversa con la Muerte: Una meditación sobre I de Corintios 15:55-57

Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, Que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

“Hola, Muerte, mi Viejo enemigo, Mi viejo amo. Has venido a hablar conmigo de nuevo? A atemorizarme? No soy la persona que tu crees que soy. No soy aquel con quien solías hablar. Algo ha ocurrido. Ya no es lo mismo. Permíteme hacerte una pregunta, Muerte: “Donde esta tu aguijón?”

“Mi aguijón es tu pecado, Víctor”, respondió la Muerte, burlándose. “Eres un pecador, Víctor Watters. Eres un pecador. Y ese es mi aguijón. Yo pico porque tú pecas. Si no tuvieras pecado, yo no tuviera aguijón. Simplemente volarías hacia Dios a donde la gente sin pecado va. Pero, no hay gente sin pecado, Víctor Watters. Los pico a todos. Incluyéndote a ti. Soy Muerte, y tu pecado es mi aguijón”.

Víctor dijo, “Eso lo sé, Muerte. Lo sé. Pero, eso no fue lo que te pregunté. No te pregunté ¨oh, Muerte, cuál es tu aguijón¬?”, te pregunté “oh, Muerte, dónde está tu aguijón?”. Yo sé lo que es. Es mi pecado. Tu y yo, ambos conocemos la Palabra de Dios. “El aguijón de la muerte es el pecado”. Eso está en la Biblia. Es verdad, Muerte. Pero, eso no fue lo que te pregunté. Te pregunté “dónde está tu aguijón?” Así que dime Muerte, dónde está? Respóndeme”.

La muerte sonrió su sonrisa burlona y dijo, “Talvez, Víctor, no conoces la Biblia tan bien como piensas. Talvez has olvidado el poder de este aguijón. Esta no es la picadura ordinaria de una abeja. No es siquiera la ordinaria picadura de una tarántula, o de un escorpión, Víctor. Mi aguijón es el más poderoso aguijón imaginable. Mi picadura no hace que se hinche tu dedo, como una abeja. Mi aguijón no solo quita tu vida como una tarántula –o cáncer. Mi aguijón arde para siempre. Mi picadura nunca sana. Talvez lo has olvidado, Víctor. Sabes que es verdad. Está en la Biblia. Y yo sé que tú amas la Biblia. Tú crees la Biblia”.

Víctor miró a Muerte en los ojos y dijo, “yo sé que está en la Biblia. No soy muy viejo, pero, soy lo suficientemente grande para saber que mi pecado es tu aguijón. Tú tienes un aguijón porque yo soy pecador. Y yo sé que mi pecado no es una cosa pequeña con Dios. No es una pequeña infracción. No es un delito grave, no es un crimen capital. Es traición. Y no es traición contra cualquier gobernante humano, o estado humano, sino contra el Creador del universo. Contra el reino del Dios Todopoderoso.

“Piensas que he olvidado esto, Muerte? Conozco mi pecado mejor que tú. Y conozco mi Biblia. Por lo menos conozco las partes que necesito saber. No soy muy mayor, y no lo he leído todo. Pero, he leído esto: “Porque la paga del pecado es muerte”[Rom. 6:23]. Si, yo sé que cuando dice que la muerte es la paga de pecado significa eso que tú dices. Para siempre. Muerte por siempre. Picando por siempre. Sin cielo. Sin felicidad. Para siempre. Oh Muerte, yo no he olvidado cual es tu aguijón. No es una picadura de abeja. Ella quema por siempre. Piensas que no creo en el infierno? Piensas que he olvidado que mi pecado te da el aguijón del infierno?”

“Mira, Muerte, solo soy un chico. Pero, incluso un chico tiene consciencia. Dios les da consciencias a los chicos. Y mi consciencia despertó no hace mucho. Se despertó. Dios la despertó. Y me gritó la declaración más alta y verdadera que jamás halla escuchado: “Víctor”, me dijo, “eres un pecador. Tú no amas a Dios. Tú no agradeces a Dios. Tú no obedeces a Dios. Tú no atesoras a Dios. Tú no prestas ninguna atención a Dios. Haces lo que quieres hacer. Te amas a ti mismo”. Y mi consciencia estaba en lo correcto. Dios hizo que mi consciencia hablara lo que era verdad.”

Muerte interrumpió a Víctor antes que hubiese acabado y dijo con una sonrisita, “Oh, es mucho peor que eso jovencito. Mi aguijón es mucho peor que la voz de tu consciencia. Crees tú que mi aguijón arde por siempre por la voz de tu consciencia? La consciencia no envía a la gente al infierno. Dios envía gente al infierno!.”

“O quizás has olvidado aquellas palabras de la Biblia: “el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley”. Oíste eso, Víctor? La Ley. El poder del pecado no es tu consciencia. Es la Ley. Y tú sabes la Ley de quien. La Ley de Dios. El poder de mi aguijón es la Ley de Dios. La Ley de Dios, Víctor. Dios le da a mi agujón su poder, Víctor. Dios hace que arda por siempre. Tu consciencia es algo pequeño. La Ley de Dios es absoluta. Y dice: “Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí; porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará, y serán abominables a todo hombre” [Isaías 66:24]”

“Ese es mi agujón, Víctor. Su ardor nunca se apagará. Tu pecado es mi agujón. Y el poder de mi aguijón es la Ley de Dios. Y la Ley de Dios dice: tu rebelión, tu desobediencia, tu indiferencia hacia Dios, tu pecado merece ardores eternos [Isaías 33:14]. El poder de mi aguijón no es la voz de tu consciencia, sino la voz de Dios”.

Hubo silencio entre la Muerte y Víctor por un momento. El viejo enemigo echó un vistazo al delgado y radiante rostro de Víctor.

Firme, Víctor dijo, “Piensas que no lo sé? Piensas que la voz de mi consciencia no me llevó a la voz de Dios? Piensas que no sé que el poder de tu aguijón no soy yo o mi consciencia o tú y tus amenazas, sino sólo la inquebrantable Ley de Dios? Piensas que no lo sé? Piensas que no sé que en mi pecado permanezco condenado –no por ti, o mi consciencia, o corte humana, sino por Dios? Muerte, lo sé!! Yo sé que mi pecado es tu aguijón, y que el poder de ese aguijón es la absolutamente inquebrantable voluntad de Dios.”

“Muerte, no soy yo quien ha olvidado algo. Eres tú, mi viejo enemigo. Tú has olvidado lo que te he preguntado. Creo que tienes miedo de responder a mi pregunta. Muerte, te he preguntado dos veces, y no me has respondido. Por qué, Muerte? Por qué no me respondes? Te preguntaré de Nuevo, Dónde está tu aguijón, oh Muerte. No, cual es tu aguijón? No cual es el poder de tu aguijón? Mi pregunta para ti, oh Muerte, es, Dónde está tu aguijón?”

Por primera vez, la Muerte titubea. Por el más breve momento, Muerte mira a sí mismo inseguro. Pero, se recupera pronto y se reorienta. Lleno de enemistad, Muerte dice, “mi aguijón, Víctor –tu pecado- está en la corte de tu corazón y en la corte de los cielos. Y en tu corazón quema de culpa y en los cielos arde con condenación!”

“Mientras más me acerco a ti, Víctor, más tu consciencia se torna en un abogado acusador que presenta su infalible caso en tu contra y hace que tu corazón tiemble de culpa. Y mientras te acercas Más a mi más claro puedes ver que en los cielos Satanás tiene todos tus pecados escritos en sus manos en tanto se presenta ante el Juez, y su caso en contra tuya no tiene fallas. Estas condenado. Allí está mi aguijón, Víctor. En tu corazón matándote con culpa y temor. Y en los cielos condenándote en la corte de Dios.”

La Muerte estuvo en silencio. Esto era lo más que podía hacer. Este fue su peor ataque. Y en su silencio allí estuvo de nuevo ese ligero parpadeo. Un temblor en su mejilla. Una apenas perceptible inquietud. Víctor parecía extrañamente inmovible. Su vista estaba fija. Sus labios calmados y listos. Parecía no preocuparse por la respuesta de Muerte. Y dejó que la respuesta cayera en el silencio por un largo rato.

Luego dijo, “No, Muerte, allí no está tu aguijón. Mi vida de pecado no está en mi corazón. Y no está en los cielos. Estás muy equivocado. Y no me sorprende, porque no estás escuchando. Cuando viniste a mi, recuerdas lo que dije? Dije, “Hola, Muerte, mi viejo enemigo. Mi viejo amo. No soy la persona que tu crees que soy. No soy aquel con quien hablabas. Algo ha ocurrido. Ya no es lo mismo” Lo recuerdas? Estás escuchando? No soy el mismo chico a quien solías aterrorizar con pensamientos de muerte”

Muerte no dijo nada.

“Oye, Muerte”, Víctor dijo, “Jesús vino a mi, No, no lo vi en carne y hueso. No oí una voz audible. Pero, El vino a mí. Y yo lo escuché. Habló a mí desde la Biblia y desde mi mamá y mi papá. Y te diré lo que me dijo.”

“El dijo, “Víctor, estas muerto en tus delitos y pecados. Pero, te estoy dando el don de creer y te estoy dando vida –vida espiritual que nunca acabará. Confía en mí. Sujétate a mí. Cree en mí. Porque he aquí lo que Yo hice por ti hace 2,000 años. Yo cancelé tu cuenta de deuda por el pecado. La puse de lado [Col. 2:14ª], lo sabías?”

“Y yo asentí cuando El dijo eso, Muerte. Yo asentí, porque ellos me lo habían dicho, mi mamá y mi papá, me lo dijeron tan llanamente. Ellos me aman tanto. Ellos me dijeron lo que El había hecho para cancelar mi deuda. Y cuando asentí, Jesús sonrió, y dijo “He conocido a tus padres por un largo tiempo. Ellos escucahron mi voz hace bastante tiempo. Por eso estas aquí. Ellos te contaron esto a ti porque Yo se los conté a ellos. Así que dime, Víctor, dime, cómo cancelé tu cuenta de pecado hace 2,000 años atrás? Dime lo que ello costó.”

Muerte trataba de verse sereno. Trataba de mantener su fanfarronería. Pero, ahora el temor en su rostro era inconfundible. El había escuchado estas palabras muchas veces antes. Y ellas no presagian bien para su victoria.

Víctor miro a Muerte con una calmada confianza y dijo, “así que dije a Jesús, “Yo sé que te costó tu vida cancelar mi deuda. Tú obedeciste a tu Padre en los cielos y viniste a la cruz. Y allí extendiste tus manos, y Dios abrió el registro de mi deuda –el record de todos mis pecados- y puso la punta del clavo contra el y la atravesó por mi record y por tu mano, y por la madera y clavó mis pecados en tu cruz”[Col. 2:14b]. Y Jesús me miró con la sonrisa más profunda que he visto y dijo, “y sabes que pasó después?”

“Qué pasó después?”, dije.

Jesús dijo, “Yo desarmé los principados y potestades –al diablo y todos son espíritus de maldad- los desarmé y los puse a vergüenza pública, y triunfé sobre ellos con mi muerte [Col 2:15]. Sabes cómo, Víctor? Sabes como desarmé al diablo cuando morí por ti?”

“Cómo?”, dije.

“Cuando morí en tu lugar, y sufrí tu castigo, y cancelé tus pecados, arranqué de la mano de Satanás la única arma con la que podía destruirte: el record de tu deuda. Victor, entiendes ahora? La deuda está paga. Tu pecado nunca más será tomado en tu contra. Tan cierto como mi sangre es infinitamente preciosa, tu pecado es infinitamente cancelado. Y Satanás nunca podrá usarlo en tu contra”.

Luego Víctor dijo a Muerte, “sabes lo que Jesús dijo entonces, Muerte?”

Muerte no se movió ni dijo una palabra.

“Jesús dijo, “así que ya sabes, Víctor, como enfrentar a la muerte cuando venga”.

Luego Víctor dijo, “Así que ahora has venido. Y te he preguntado, dónde, oh Muerte, está tu aguijón?” Y me has respondido con mentiras. Horribles, horribles mentiras. Has dicho que tu aguijón está en la mano de mi consciencia haciendo que mi corazón gima de culpa. Has dicho que tu aguijón está en la mano de Satanás en el cielo condenándome ante Dios. Muerte, eres mentirosa como tu padre”.

“Dónde está tu aguijón, oh Muerte? Dónde está mi pecado? Está clavado a la cruz de Jesús. Allí está tu aguijón. Y lo sabes. Y me mentiste”.

“Y he aquí algo más que tú sabes. Sabes lo que le pasa a una abeja cuando pierde su aguijón? Muere. Muerte, has perdido tu aguijón. Estas muriendo. Y yo voy hacia la vida. Y no será dentro de mucho que estaré plenamente vivo, y mi cuerpo será levantado de la tierra, y, Muerte, tú ya no serás más”.

Muerte no dijo nada, pero echó un vistazo a Víctor, y se fue.

Pero, Víctor dijo una cosa más, “Muerte, aquí hay algo que no sabías... Mi historia será contada. Esta historia. Tu triste historia y mi feliz historia. Esto sera contado en mi funeral. Y muchos oirán y creerán a Jesús. Tú serás saqueado. La gente oirá y creerá en Jesús, y tu aguijón será quitado de tu cola, y Jesús liberará a muchos de la esclavitud de tu temor”.

“Mi muerte y la celebración de mi vida, será tu muerte, Muerte”.

El cerró sus ojos. Y cuando los abrió Muerte se había ido. Víctor se echó sobre su almohada, y susurró, “Muerte, no tienes que aparecerte por aquí de nuevo a atemorizarme. Dios te dirá cuando volver la próxima vez. Y cuando vengas, serás Su siervo. Para mí, no tendrás aguijón”.

Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
Dónde, oh sepulcro, tu victoria?
Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.
Mas gracias sean dadas a Dios,
Que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

1 Corintios 15:55-57

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