Muertos a la ley, sirviendo en el espíritu, parte 3

¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo a los que conocen la ley), que la ley tiene jurisdicción sobre una persona mientras vive? 2 Pues la mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive; pero si su marido muere, queda libre de la ley en cuanto al marido. 3 Así que, mientras vive su marido, será llamada adúltera si ella se une a otro hombre; pero si su marido muere, está libre de la ley, de modo que no es adúltera aunque se una a otro hombre. 4 Por tanto, hermanos míos, también a vosotros se os hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que seáis unidos a otro, a aquel que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. 5 Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte. 6 Pero ahora hemos quedado libres de la ley, habiendo muerto a lo que nos ataba, de modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra.

Conocidos por Nuestro Amor Semejante a Cristo y que Exalta a Cristo

Pablo está absolutamente apasionado por que los cristianos seamos conocidos nuestro amor semejante a Cristo y que exalta a Cristo (amor de los unos por los otros, por el prójimo, por los enemigos, por las personas no alcanzadas del mundo, por los débiles, por los que están sufriendo). Y que no nos dediquemos a maximizar nuestras facilidades materiales, o nuestro bienestar físico, o nuestra reputación religiosa; sino a hacer tanto bien a otros como podamos, tanto para la vida terrenal como para la eternidad. Y como su amor es su pasión por nosotros, él está igualmente apasionado por que estemos muertos a la Ley.

De esto quiero hablar en esta mañana y la semana que viene de una forma más enfocada. Quiero que pensemos en la Ley de Dios ¿Qué es? ¿Qué papel desempeña en relación al pecado y al amor? ¿Cuál es su papel en relación a la justificación y a la santificación? ¿Por qué necesitamos morir a esa ley para volvernos personas amorosas? Después que morimos a la ley, ¿tiene esta muerte alguna autoridad o utilidad para nuestras vidas? Estas son las preguntas que quiero veamos hoy y la semana próxima.

Primero, ¿Por qué digo que pablo está apasionado por que seamos conocidos por nuestro amor semejante a Cristo y que exalta a Cristo? Por esta razón: note al final del versículo 4 que su objetivo es “a fin de que llevemos fruto para Dios”. Ese es el objetivo de la vida cristiana: llevar fruto para Dios ¿Qué es llevar fruto? Bien, el primer y fundamental fruto del espíritu es el amor. Pablo dice En Gálatas 5:22, “más el fruto del Espíritu es amor”.

Pero, en este pasaje, ¿tiene Pablo en mente el fruto del Espíritu? Sí, observen el final del versículo 6 donde Pablo plantea el mismo objetivo del versículo 4, solo que con diferentes palabras: “de modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra”. El objetivo de nuestra vida es servir en la novedad del Espíritu. Ahora bien, la frase “llevemos fruto para Dios”, en el versículo 4, es paralela a “sirvamos en la novedad del Espíritu”, en el versículo 6.  De modo que el fruto que Pablo tiene en mente es el fruto del Espíritu, o sea, el amor.

Pudiéramos ir a Gálatas 5 y ver poderosamente confirmada esta declaración. En Gálatas 5:1 Pablo dice, “Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud”, refiriéndose a la esclavitud a la Ley (vea Gálatas 5:2-4). Así que Pablo, en Gálatas, está hablando de la misma liberación de la Ley, que menciona aquí en Romanos 7:4-6. Luego, en Gálatas 5:13, escribe acerca de la relación existente entre el amor y su liberación de la Ley. “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; sólo que no uséis la libertad como pretexto para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros”. No digan, «Ya que no estamos bajo la ley sino bajo el pecado, pequemos». La liberación de la Ley es por el bien del amor. Después, Pablo dice en Gálatas 5:18: “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”, tal como dice aquí (en Romanos 7:6) “sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra”. Luego Pablo enumera el fruto del Espíritu, especialmente el amor, y agrega en el versículo 23, “contra tales cosas no hay ley”.

Así concluyo que la pasión del corazón de pablo por nosotros, los cristianos, es que nuestra vida esté marcada por el amor. Es lo que ocurre cuando llevamos “fruto para Dios” (versículo 4) y cuando servimos “en la novedad del Espíritu” (versículo 6).

Pero ahora, ¿por qué digo que debido a esta pasión por el amor, pablo anhela que estemos muertos a la ley? La razón es absolutamente sorprendente: porque la Ley, que en sí misma puede ser resumida en amor, se convierte en el instrumento por el cual se destruye el amor. La Ley termina con aquello que ella misma exige. Sabemos que la ley se resume en amor porque en Romanos 13:8b Pablo dice, “el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley”.

El Amor Requiere Que Estemos Muertos A La Ley

¿Pero por qué digo que debemos morir a la Ley para que el amor florezca en nuestras vidas? ¡Porque es lo que los versículos 4,5 y 6 dicen!

Versículo 4: “Por tanto, hermanos míos, también a vosotros se os hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que seáis unidos a otro, a aquel que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios”. Morir a la Ley es el modo en que podremos llevar fruto para Dios —debemos morir a la Ley que exige amor, a fin de poder llevar el fruto del amor para Dios.

Así que la pregunta más profunda es: ¿por qué? No solo, ¿por qué lo digo? Sino: ¿por qué ha de ser así?

Vemos que Pablo está apasionado por que los cristianos vivan una vida de amor. Hemos visto que para que esto ocurra debemos morir a la Ley. Ahora bien, la pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué debemos estar “unidos a El en la semejanza de su muerte”, como dice Romanos 6:5, y así morir a la Ley?

Romanos 7:5 responde: Porque hasta que no estemos juntamente con Cristo, en su muerte, y resucitemos con él a una vida nueva, no tendremos el Espíritu de Dios y somos simplemente “carne”. Es decir, solo tenemos una naturaleza humana caída y pecaminosa sin la obra transformadora del Espíritu Santo en nuestras vidas ¿Y en qué se convierte la ley cuando se topa con esta “carne”, o con esta naturaleza humana caída y sin redención? Se convierte, en el poder del pecado, un instrumento para destruir lo que ella misma demanda.

Versículo 5: “Porque mientras estábamos en la carne [=naturaleza humana caída y sin redención], las pasiones pecaminosas despertadas por la ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte”. La Ley en sí misma es “es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno”, Pablo lo dice en el versículo 12. Pero cuando nos topamos con la Ley mientras estamos “en la carne”, nuestro pecado une fuerzas con la Ley para “llevar fruto para muerte”. La propia Ley se convierte en un instrumento para multiplicar aquello que ella misma condena (ver 7:8, 13; comparar 13:9-10).

Es por eso que Pablo dice que debemos morir a la Ley si queremos llevar fruto para el amor.

¿La Buena Ley es Compañera del Pecado?

Pero, para comprender que es esta necesidad de morir a la Ley, necesitamos preguntar: ¿Cómo es que la Ley (que es buena) se convierte en compañera del pecado para provocar lo mismo que ella condena?

La clave para esa pregunta está en el significado de la palabra “carne”. El versículo 5 dice que esto ocurre cuando estamos “en la carne”. “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la Ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte”. Ahí está la clave: “en la carne”.

¿Qué quiere decir? Vean Romanos 8:7-9. Aquí tenemos una descripción de lo que significa estar “en la carne” y de lo opuesto. “ya que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, 8 y los que están en la carne [ahí está nuestra frase de 7:5] no pueden agradar a Dios. 9 Sin embargo, vosotros no estáis en la carne [ahí está de nuevo] sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de El”.

Aquí es descrita la persona que está en la carne, mencionada en Romanos 7:5. Estar “en la carne” se describe en cuatro formas:

  1. Versículo 7a, “ya que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios”;
  2. Versículo 7b, “no se sujeta a la ley de Dios”;
  3. Versículo 7c, “ni siquiera puede hacerlo [sujetarse a la Ley de Dios]”;
  4. Versículo 8, “los que están en la carne no pueden agradar a Dios”.
  5. Versículo 9,Y lo opuesto a vivir en la carne es vivir “en el espíritu” (versículo 9a); o tener el Espíritu de Dios morando en nosotros —ser Cristianos, pertenecer a Cristo (versículo 9b).

Ahora, reflexione conmigo. La esencia de nuestra condición pecaminosa antes de nuestra conversión —antes de haber muerto con Cristo y haber recibido el Espíritu Santo— no es que rompamos leyes específicas. La esencia de nuestra condición es que somos hostiles hacia Dios (versículo 7), y así no nos sujetamos, ni podemos, a la voluntad de Dios -la Ley de Dios (versículo 7b). La esencia de nuestra condición pecaminosa es la renuencia a que se nos diga lo que tenemos que hacer. La esencia del pecado es la pasión por la auto-determinación. Decidiremos por nosotros mismos dónde está el gozo para encontrarlo. No admitiremos ninguna autoridad o poder decisivo o definitivo, por encima del nuestro. En pocas palabras, la esencia del pecado es la auto-deificación (la pasión por ser nuestro propio dios). Es lo que significa estar “en la carne”.

Entonces, el pecado no consiste principalmente en el quebrantamiento de la Ley, sino en el rechazo la Ley. Y aun antes de eso: en amar la auto-determinación. Estar “en la carne” significa que no aceptaremos que se nos diga lo que tenemos que hacer. Nosotros seremos nuestro propio dios.

Ahora estamos en una posición que nos permite entender Romanos 7:5, y cómo la misma Ley se vuelve parte de esta naturaleza pecaminosa para provocar lo mismo que la ella condena. Tome un ejemplo, suponga que usted es una persona medianamente imperturbable, tranquila, organizada mientras está “en la carne” (mientras es un incrédulo, sin el Espíritu de Cristo). Y suponga que la Ley dice, “bendecid a los que os maldicen”. Usted no conoce la Ley y nadie se la ha dicho, y así en general, usted actúa como dice la ley. No se apresura a pelear. Le gusta hacer las paces y no se molesta con facilidad.

Entonces llega la Ley. Alguien o algún libro (como la Biblia) dice, “bendecid a los que os maldicen”. Su ser que era aparentemente pacifico, amoroso, y complaciente (mientras usted tenía el control y era quien decidía) se encrespa en resistencia al decírsele lo que tiene que hacer. Y ahora se rehúsa a hacer lo mismo que podría haber hecho exteriormente (suavizar las cosas, a fin de hacer las paces; decir algo agradable). Usted lo hacía mientras estaba a cargo, pero tan pronto como alguien o algún libro se elevó por encima suyo, con el derecho de decirle lo que es bueno y lo que es malo, su naturaleza pecaminosa se despierta (es despertada, versículo 8), y ya no bendice.

De modo que la Ley vino, y el pecado se asoció a la Ley —se aprovechó del mandamiento, fue suscitado por la Ley —a hacer lo mismo que la Ley condenaba. La propia Ley agitó una desobediencia activa a lo que demandaba. Es lo que está ocurriendo en Romanos 7:5, “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la Ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte”.

Ahora ya hemos visto cómo la Ley (que es buena) se vuelve compañera de nuestra naturaleza auto-deificadora, insubordinada, y pecaminosa a fin de suscitar lo mismo que la Ley condena, y de obstaculizar lo mismo que la Ley demanda, específicamente el amor.

La Novedad del Espíritu

Y, Pablo dice, que por el bien del amor debemos morir a la Ley (Romanos 7:4, 6), la cual se resume en amor (13:8, 10), así deja de existir con respecto a la Ley. Esta es la solución de Pablo a la catastrófica conspiración entre la carne y la Ley, que se unen para multiplicar nuestros pecados. Debemos morir “por medio del cuerpo de Cristo” (7:4; 6:5). Mediante la fe en Cristo morimos juntamente con Cristo. Gálatas 5:24, “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Nuestro viejo hombre, insubordinado, rebelde, auto-deificado, y que odia la ley, muere con Cristo. Y resucitamos para andar en novedad de vida (6:4). Y esta novedad de vida es “la novedad del Espíritu y no […] el arcaísmo de la letra [la Ley]” (7:6).

Ahora estamos en posición para amar, dice Pablo. Y el amor es el cumplimiento de la Ley (13:8, 10).

Y, lo que quiero hacer la semana que viene, es llevar este principio a la práctica y preguntar, ¿Cómo podemos vivimos una vida cristiana? ¿Ya no leemos más la Ley? ¿Qué hay de los mandamientos en el Nuevo Testamento? ¿Tiene la Ley algún lugar en la vida de un creyente que ha “muerto a la Ley”?

Pero por ahora, ¿cómo debemos aplicar el mensaje de hoy?

Tres breves aplicaciones:

  1. Percátese de cuán voluntariosos y rebeldes somos estando lejos de Cristo y sin la obra de su Espíritu. Esté conciente de la corrupción que reside dentro de usted. ¡Oh cuán humillados debemos ser a causa de los residuos de rebelión y resistencia en nosotros, para que podamos aceptar que se nos diga lo que es bueno para nosotros! ¿No se ha sentido así, incluso en la semana que pasó? Yo sí. Lo veo en el mundo, en mi familia, y lo más doloroso: en mí. Véalo. Sépalo. Y humíllese por ello.
  2. Reconozca que murió a esta vieja naturaleza. Sí, hemos muerto al pecado. Pero debemos reconocerlo. En Cristo estamos muertos con él al pecado. Pero ahora somos para la nueva naturaleza. Somos para convertirnos, en la práctica, en lo que en realidad somos en Cristo. Conviértase en lo que usted es en Cristo (una persona muerta al pecado orgulloso y viva al amor humilde).
  3. Cuando tropiece y caiga en el sendero del amor, no busque a la Ley como el remedio a su fracaso. Dios no diseñó la Ley para que suministrara la justicia para la justificación o el poder de la justificación. El versículo 4 dice que el cristiano ha muerto a la Ley “para que seáis unidos a otro, a aquel que resucitó de entre los muertos”. La Ley no es la respuesta a nuestros fracasos en el sendero del amor. La respuesta es Cristo. ¡Cristo! resucitado, vivo, poderoso, y presente— él es la clave para amar. Conózcalo. Ámelo. Atesórelo.

Amén.