A los que llamó, a ésos también justificó, parte 2

Mensaje del Domingo en la Noche


Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. 29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos; 30 y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos también justificó; y a los que justificó, a ésos también glorificó.

1. ¿Cómo puede armonizarse Romanos 3:28; 4:5 con Santiago 2:20-24?

Romanos 3:28

Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley

Romanos 4:4-5

Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda; 5 mas al que no trabaja, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia.

Santiago 2:20-24

Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril? 21 ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar? 22 Ya ves que la fe actuaba juntamente con sus obras, y como resultado de las obras, la fe fue perfeccionada; 23 y se cumplió la Escritura que dice: Y Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. 24 Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe.

El verso 19 muestra que Santiago está en contra de un punto de vista que tanto había permeado negativamente en el significado de la fe que él tuvo que recuperar la cualidad radical de la fe al insistir en la conexión inevitable entre las obras y la obediencia.

Tú crees que Dios es uno. Haces bien; también los demonios creen, y tiemblan.

Evidentemente este no es el tipo de fe que Pablo tiene en mente cuando dice que la fe justifica –los demonios no son justificados.

También los versos 17 y 20 muestran que Santiago está contendiendo con un punto de vista débil y vacío, no contra el punto de vista de Pablo.

Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta.

Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril?

La implicación de estos dos versículos es que cuando las obras están presentes, la fe vive y fructifica. Es decir, la implicación es que la fe es la convicción verdaderamente productiva y poderosa, y las obras son su fruto y signo de vitalidad. Esto no es diferente a lo que Pablo enseña en Gálatas 5:6.

Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión significan nada, sino la fe que obra por amor.

¿No es esto lo que expresa Santiago en el verso 22 cuando dice que la fe es perfeccionada por las obras? Es decir, la fe no es completa, abundante en frutos y justificadora a menos que produzca actos de obediencia.

¿Qué es entonces lo que expresa Santiago cuando dice que Abraham fue justificado por las obras cuando ofreció a Isaac (verso 21)?

En Génesis 22 este es el resultado de la obediencia de Abraham al ofrecer a Isaac:

Por mí mismo he jurado, declara el Señor, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado tu hijo, tu único, 17 de cierto te bendeciré grandemente, y multiplicaré en gran manera tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena en la orilla del mar, y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos. 18 Y en tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, porque tú has obedecido mi voz.

En otras palabras, Dios dice que el cumplimiento de la promesa que originalmente había sido recibida por fe (15:1-6) fue ahora asegurado sobre la base de esta obediencia, es decir, sobre la base de lo que Santiago llama “obras”. Así que Santiago concluye que la justificación de Abraham, por la que es visto por Dios como un individuo para vivir y recibir la bendición, es posible no solo porque él cree ciertas cosas acerca de Dios, sino porque su fe es una fe fructífera y llena de vitalidad que produce obediencia. Esto no es diferente a lo que cree Pablo.

Pero la manera en que Santiago lo expresa es algo diferente – a saber, que Abraham es justificado por obras (verso 21) y de un modo más general en el verso 24: “Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe”. Esto es casi lo opuesto a las palabras de Pablo en Romanos 3:28.

Pero este significado en su contexto no es opuesto a Pablo. Su significado es que lo que hace que Dios dé a Abraham la palabra y seguridad del perdón no es solo una fe vacía e inefectiva, sino una fe que produce obras de obediencia. Así que no es incorrecto lingüísticamente decir que estas obras de obediencia que provienen solo de la fe son, por sí mismas, parte de lo que hace que Dios declare justo a Abraham.

“justificados por las obras” en la boca de Santiago significa que las obras de obediencia que vienen de la fe y que muestran que la fe está viva son parte de lo que hace que Dios dé a Abraham la palabra de perdón.

Por otro lado, en Romanos 4:5, al Pablo decir que no debemos actuar si tenemos la esperanza de recibir la justificación, no se refiere a la obediencia que viene de la fe, sino (como muestra el verso 4) al esfuerzo que intenta establecer los méritos para la justificación “Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda”. Así que Pablo no está oponiéndose a las obras que Santiago dice que son indispensables: a saber, la obediencia que viene de la fe.

Lo que aprendemos de todo esto es cómo nuestras formulaciones doctrinales están tan determinadas por nuestra situación y especialmente por el error que más frecuentemente enfrentamos.

De manera práctica, también aprendimos que el sentido implícito es que solo la fe justifica, pero que la fe que justifica nunca permanece sola. Es viva y activa, y lleva frutos de obediencia. Esa es la evidencia de la fe que realmente justifica, y por tanto es también la confirmación de nuestro llamado y elección (2da de Pedro 1:10).

2. ¿Somos Justificados Por Nuestro Acto Inicial De Fe Genuina, O Debemos Perseverar En Fe Para Ser Justificados?

Romanos 5:1 dice que los creyentes SON JUSTIFICADOS, no dice que serán justificados cuando finalmente hayan perseverados en la fe durante toda su vida. Sin embargo, la forma en que Pablo y Santiago utilizan a Abraham como ejemplo de cómo somos justificados sugiere que la perseverancia es necesaria para la justificación. No solo eso, también Jesús dice: “pero el que persevere hasta el fin, ése será salvo” (Marcos 13:13).

Veamos el ejemplo de Abraham.

Romanos 4:3

Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.

Esta es una referencia de Génesis 15:6 cuando Abraham no tenía hijo y ni siquiera Ismael había nacido.

Romanos 4:18-22

Él creyó en esperanza contra esperanza, a fin de llegar a ser padre de muchas naciones, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. 19 Y sin debilitarse en la fe contempló su propio cuerpo, que ya estaba como muerto puesto que tenía como cien años, y la esterilidad de la matriz de Sara; 20 sin embargo, respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, 21 y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo. 22 Por lo cual también su fe le fue contada por justicia.

Esta otra referencia a la persona de Abraham cuando tenía 100 años de edad muestra que el tiempo de su vida de que se habla está en Génesis 17 (cf. Versos 1,17) –a saber, el tiempo cuando Dios vino y le dijo que no sería Ismael, sino un nuevo hijo, Isaac, nacido de Sara y no de Agar, quien sería el heredero. Esto fue más de trece años después de Génesis 15:6 (Ismael tenía 13 años en Génesis 17:25).

Por tanto, Pablo está diciendo que la declaración de perdón en Génesis 15:6 y mencionada en Romanos 4:22 fue hecha no solo en respuesta al primer acto de fe en Génesis 15:6, sino también en respuesta al último acto de fe en Génesis 17. Eso es lo que implican las palabras “por lo cual” (en griego dio: por tanto) en Romanos 4:22.

Pudiéramos llevar la historia de Abraham un poco más adelante por medio de Santiago y mostrar cómo un tiempo después Abraham ofreció a Isaac en fe, y Santiago dice que esto también es una ocasión en la que Dios respondió con la declaración de justificación (Santiago 2:23). Pero lo que ya hemos dicho es suficiente para mostrar cómo piensa Pablo acerca de la perseverancia de la fe.

Mi conclusión es que el modo de comprender Romanos 5:1 (la justificación como una posesión presente) y Romanos 4:3-22 es decir SÍ, estamos justificados debido a nuestro primer acto que expresó una fe viva. Y decir también que Dios da la palabra de total justificación ante ese primer acto de fe porque ve en ese acto todos los actos subsecuentes de fe, de la misma forma en que ve un roble en una bellota. Desde el momento en que la perseverancia es establecida por Dios como algo que ciertamente ocurrirá, él puede declarar libremente, ante el primer acto de fe, la justificación.

Jonathan Edwards lo dice de esta manera (Works II [Obras II], p.641):

Así que aunque el pecador es realmente y finalmente justificado en los primeros actos de fe, aun entonces se tiene en consideración la perseverancia de la fe como algo de lo que depende la posibilidad de la aceptación de la vida. Dios, en el acto de justificación que ocurre cuando el pecador cree por primera vez, considera la perseverancia, como algo virtualmente contenido en ese primer acto de fe y ella es contemplada, y tomada por aquel que justifica, como existente, como si fuera una propiedad de ese primer acto de fe; y es considerada, y tomada por aquel que justifica como algo existente, como si fuera una posesión de esa fe.

Dios considera la permanencia del creyente en la fe, y el creyente es justificado por esta consideración, como si ya existiera la permanencia, porque por determinación divina, vendrá; y la existencia de esta permanencia por determinación divina relacionada con esa primera fe es entonces considerada como tal, tanto como si fuera una propiedad de la fe, y por tanto la justificación no es suspendida; pero si no fuera por esto, sería necesario que la justificación fuera suspendida hasta que el pecador hubiera perseverado efectivamente en la fe.