Crea en su corazón que Dios levantó a Jesús de los muertos

Domingo de Pascua

¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; Y el que creyere en él, no será avergonzado. Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree. Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Uno de mis objetivos en esta mañana, es aclarar tanto como me sea posible, a que se refiere el apóstol Pablo en Romanos 10:9 cuando dice que “Si creyeres en tu corazón que Dios le levantó (a Jesús) de los muertos, serás salvo”. Esto necesita ser aclarado porque Satanás cree que Dios levantó a Jesús de los muertos. Pero Satanás no será salvo. Satanás también confiesa con su boca que Jesús es el Señor. Una y otra vez los demonios mensajeros de Satanás, cuando eran confrontados por Jesús, gritaban, “Tú eres el Hijo de Dios” (Lucas 4:41); o, “¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? (Lucas 8:28). Satanás y sus huestes no tienen duda acerca de la verdadera identidad de Jesús Cristo. Él es el Hijo de Dios, El Señor de todo. En consecuencia Jesús dijo en Mateo 7:21: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”. Y así todos los presentes en esta habitación en el día de hoy se enfrentan a la pregunta más importante de sus vidas: ¿Es mi conocimiento de que Jesús es el Señor, y mi convicción de que Dios le levantó de los muertos como la de Satanás; que lleva a destrucción, o como la de Pablo que lleva a salvación?

Mi meta es que todos salgan de esta habitación regocijándose en la confianza de que dios levantó a Jesús de los muertos, y que por esa confianza sean salvos. No quiero meramente enseñarles a sus cabezas que hay personas que dicen, “Señor,  Señor, nosotros creemos en su resurrección”, y sin embargo están perdidas. Quiero que sus corazones salgan de esa categoría de personas. Apelo a sus mentes por el bien de sus corazones para el bien de su salvación.

El problema del rechazo al Mesías por parte de Israel

Permítanme proveer algo de ayuda para entender Romanos 10:9 en su más amplio contexto bíblico. Detrás de 9-11 yace un problema teológico practico que Pablo, guiado por el Espíritu Santo, estaba tratando de resolver. Dos mil años antes de Cristo, Dios había elegido a Abraham, el padre de los judíos. Él prometió ser su Dios, hacer grande su propiedad, entregarle una tierra, y que todas las familias de la tierra serían bendecidas en él (Génesis 12:1-3; 15:1-6; 17:7). Todo lo que Abraham y sus descendientes  tenían que hacer para disfrutar plenitud  estas bendiciones era creer en la promesa de Dios (Génesis 15:6) y obedecer su consejo (Génesis 18:19; 22:18; 26:5).

Los descendientes de Abraham se multiplicaron grandemente en la tierra de Egipto, y allí se volvieron esclavos. Pero Dios extendió su mano, atacó al opresor, dividió el Mar Rojo, y sacó a sus pueblo. En el Monte Sinaí Dios reestableció su pacto con su pueblo, recordándole su gran amor por ellos y su propósito de bendición. Dios los llama una ves más a depender de su ayuda y a obedecer sus mandamientos (Éxodos 19:4-6; 20:1, 2; 34:6-10). Si lo hacían la salvación yacía delante de ellos.

A medida que la historia de Israel progresaba, se hacía cada vez más evidente que la bendición final y la gran salvación del pueblo elegido de Dios, no sería lograda sin un Mesías, un Hijo que vendría de David, que purificaría al pueblo de Dios de todo pecado y traería el juicio sobre los enemigos de Dios (Malaquías 4:1,2; Isaías 61:1,2;53:6). Él no sería una contradicción, sino el cumplimiento de todo lo que Dios le había enseñado a su pueblo desde los tiempos de Abraham. El mensaje del Nuevo Testamento es que Jesús es ese Mesías. Pero el problema que enfrentó el apóstol Pablo, que yace detrás de Romanos 9:11, es que Israel, el pueblo elegido de Dios, está rechazando a Jesús, mientras que los gentiles lo están aceptando. Pablo agonizaba por la maldición que sus parientes estaban trayendo sobre ellos mismos (Romanos 9:3; Hechos 13:46). El anhelo de su corazón y su oración a Dios por ellos era para salvación (Romanos 10:1). Pablo luchaba por entender por que aquellos, que habían vivido bajo las enseñanzas de Dios en la ley durante tanto tiempo, rechazarían al único que cumplía la ley.

Cristo no contradice la ley

Aquí en Romanos 9:30-10:10 Pablo recorre una larga trayectoria para responder porque Israel ha rechazado al Mesías, Jesucristo. Una explicación que Pablo definitivamente rechaza es que Cristo y la ley se contradicen el uno con la otra. Es decir, él repudia la noción de que los judíos rechazaban a Jesús porque ellos eran fiel a la ley, mientras que Cristo contradecía a la ley. Mas bien la explicación que Pablo expone, es que Israel había malinterpretado y hecho un mal uso de la ley, y así cuando Cristo, el fin y el cumplimiento de la ley, llegó, también lo malinterpretaron y le dieron un mal uso. Jesús fue rechazado precisamente porque él permanecía por el verdadero significado de la ley, no porque difiriera tanto de ella.

Vean Romanos 9:31: “mas Israel, que iba tras una ley de justicia (NO como dice la RSV, “la justicia basada en la ley”; era la ley lo que estaban buscando; Cf. NASB; NIV; KJV), no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley”. ¿pueden ustedes ver lo que implica esa pequeña frase “como por” para Pablo? Implica que la ley nunca estuvo destinada a ser buscada por obras, sino solamente  por fe. Cuando Dios hizo su pacto con su pueblo en el Monte Sinaí, la exigencia divina no era que ellos debían tratar de ganar su camino a la salvación por obras, sino que debían confiar en su misericordia y dejar que toda su obediencia fluyese del gozo que produce la fe. Ese es el corazón de lo que la ley estaba destinada a enseñar. Y eso es precisamente lo  que Cristo enseñaba también: a dejar de confiar en las obras, a confiar completamente en la misericordia de Dios, y a que toda la obediencia fluyera del gozo que produce la fe. Pero Israel no captó cual era el punto de la ley, y la convirtió en una especie de trabajo por medio del cual intentar ganar un salario proveniente de Dios(v.32), tampoco captó el punto de Cristo, y vieron su propia justicia amenazada por el mensaje de fe de Cristo. Por lo tanto cuando se dice en el versículo 33 que Israel tropezó en la piedra de tropiezo, existe un doble significado: tropezaron en Cristo, porque ya habían tropezado anteriormente al interpretar el verdadero significado de su propia ley.

Así que la respuesta de Pablo al problema de, ¿Por qué Israel está rechazando a su Mesías? No es que el Mesías contradecía la ley de Israel, sino que el Mesías era el fin, el cumplimiento, la reafirmación (Romanos 3:31) de esa ley. Ya que Israel no captó el punto de la ley, que era la fe; también dejó de captar el punto de Jesús, que era también la fe.

El mensaje de la ley y el de Cristo son esencialmente el mismo mensaje: Dios en su misericordia ha tomado la iniciativa de amarle, de buscarle, de redimirle, y de ser su Dios. Confíe en él, ámelo, y ande en sus caminos. Por tanto cuando Pablo dice en Romanos 10:4 que “el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree”, el no quiere decir “fin” en el sentido de terminación o abolición (Romanos 3:31), sino “fin” en el sentido de meta, clímax, cumplimiento. Cristo es aquello acerca de lo que la ley ha estado tratando todo el tiempo. He aquí la manera en que Jesús lo expresa en Juan 5:39, 40, 46. Le dice a los maestros de Israel, “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida... si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él”. Ese es el punto de Pablo en Romanos 10.

La justicia desde la fe

Ahora lo que Pablo quiere hacer en los versículos 5-10 es mostrar desde el Antiguo Testamento, que esto es así; y que creer en nuestros corazones que Dios levantó a Jesús de los muertos es el cumplimiento de la ley. Tratemos de seguir la línea de pensamiento de Pablo en los versículos 5-10 y ver como él veía a Cristo en las escrituras de Moisés, y como esto se relaciona con creer en nuestros corazones que Dios levantó a Jesús de los muertos. (Recuerden que el versículo 9 es nuestro objetivo, y que simplemente estamos tratando de verlo en su contexto, a fin de que podamos darle su debida interpretación). Los versículos del 5-8 dicen, “de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas (Levíticos 18:5). Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); 7o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). 8Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos”. Una rápida lectura a este texto daría la impresión de que, contrariamente a todo lo que hemos visto hasta ahora, Pablo ve oposición entre “la justicia que es por la ley” en el versículo 5 y la “justicia que es por la fe” en el versículo 6. La palabra “pero” al comienzo del versículo 6 aparenta confirmar esta impresión. Pero tres cosas hacen que esto sea muy improbable.

  1. En el versículo 32 del capitulo 9 vimos que la ley en si misma enseñaba la justicia que es por la fe, no por obras.
  2. La palabra griega traducida “pero” al comienzo del versículo 6 (de) puede fácilmente significar “y”.
  3. El texto bíblico que Pablo utiliza en los versículos 6-8 para ilustrar la justicia que es por fe, está tomado directamente de la ley de Moisés, Deuteronomio 30:11-14.

Por lo tanto lo que Pablo está haciendo en los versículos del 5-10 es justificando su afirmación (en 10:4) de que Cristo es la meta y el clímax de la ley. La justicia que demanda la ley no es otra que la justicia que viene de la fe. La justicia que ordena la ley, y la justicia que Jesús da, son la misma; y se cumplen de la misma forma, mediante la fe en las promesas de Dios.

Ahora lo que Pablo hace en los versículos 6-8 es tratar de mostrar que la justicia que es por fe, ya está ahí, en la ley del Antiguo Testamento. Él cita un pasaje de Deuteronomio 30:11-14. Moisés le dice al pueblo:

Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. 12No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá y nos lo hará oír para que lo cumplamos? 13Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros el mar, para que nos lo traiga y nos lo haga oír, a fin de que lo cumplamos? 14Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.

El punto que está claro e inconfundible en ese pasaje, es que el mandamiento de Dios no es tan difícil. Los pueden hacer y pueden vivir por ellos. Pero ahora eso suena exactamente igual a lo que pensaban los legisladores fariseos. ¿Cómo pues escuchó Pablo este pasaje como si se estuviese hablando de la justicia que es por la fe? ¿Por qué vio Pablo a Cristo en este pasaje y no una presunción farisaica?

La respuesta, pienso yo, se encuentra en Deuteronomio 30:6, que explica que la  razón por la cual los mandamientos de Dios no son tan difíciles de cumplir; es que el propio Dios dará el poder y la habilidad necesaria para amarle y obedecerle, y para vivir. “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas”. Moisés está profundamente consciente que sin un acto sobrenatural de Dios en nuestros corazones, nosotros somos absolutamente incapaces de amar a Dios y de obedecerle y de vivir (Deuteronomio 5:29; 29:4). Por ende cuando dice, unos versículos mas adelante, que los mandamientos de Dios (amarle y obedecerle) son fáciles de cumplir y están dentro de nuestro alcance, no se refiere a que seamos lo suficientemente fuerte o lo suficientemente buenos como para cumplirlos. Moisés se refiere a que Dios es lo suficientemente fuerte y lo suficientemente bueno como para acercárnoslos, y ponerlos en nuestros corazones, y hacer que caminemos en ellos. Y ahora podemos ver porque Pablo era capaz de escuchar Deuteronomio 30:11-14 como la voz de la justicia que es por la fe. Porque solamente aquellos que tienen fe en la amable y capacitadora obra de Dios en sus corazones, pueden decir sinceramente que el mandamiento no es muy difícil (Cf.  1 Juan 5:3, 4; Romanos 8:4). El mandamiento está cerca porque Dios se acerca a los que creen en el.

La ley cumplida por medio de la fe en Cristo

Ahora bien, ¿Qué hace Pablo en Romanos 10:6-8 con este pasaje del Antiguo Testamento? Pablo se dice a sí mismo: Ahora, si la ley enseñaba tan claramente que la justicia que lleva a la vida no es algo que se alcance mediante actos heroicos, sino descansando en la misericordiosa obra de Dios para nosotros y en nosotros, entonces todo hombre debe ver que esto es un presagio de Cristo: específicamente, de su encarnación y resurrección. Como entonces, y también ahora (versículo 6) nadie  debe decir jamás, “la demanda de Dios es muy alta. La esperanza para alcanzar la salvación y la vida, está más allá de nuestro alcance, en el cielo”. Porque Cristo ya ha bajado de su distante cielo. Se ha acercado a nosotros en la encarnación precisamente porque no podíamos alcanzarle por nuestros propios medios. Como entonces, y también ahora (versículo 7) nadie debe decir jamás, “la demanda de Dios es muy profunda. La esperanza para alcanzar la salvación y la vida, está más allá de nuestro alcance, en las profundidades del mar”. Porque aunque Cristo entró en las profundidades de la muerte, ha resucitado y nos está buscando para nuestro bien, precisamente porque nosotros no podemos buscarle por nuestros propios medios. Por tanto, la fe nunca dice, “La justicia que lleva a la vida es inaccesible”. Sino reconoce su propia indefensión y alegremente acepta esta justicia como un regalo de Dios. Esa es la forma en que la fe habla en la ley, esa es la forma en que la fe habla en el evangelio de Cristo.

“Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos”. En Deuteronomio 30 la justicia que es por la fe dice: “Yo creo en Dios para que circuncide mi corazón, para que me de un amor candente por él, y para que ponga su voluntad en mi boca y en mi corazón para que yo pueda hacerla y vivir”. Pablo escucha estas palabras de Deuteronomio y dice, es así como es con Cristo también. La palabra de fe que predicamos, es una palabra que palabra que Dios destinó para que fuese puesta en su boca y en su corazón. Dios se acerca a nosotros en la “palabra de fe” y, por la amable obra de su Espíritu, la escribe en nuestros corazones  (2 Corintios 3:3). Y ya que (como dice el v.10) el corazón es el que tiene la facultad de creer, y la boca es el órgano que confiesa, a lo que nos ha estado guiando la ley es al versículo 9: “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.

Y ahora estamos en el punto donde empezamos. ¿Qué significa creer en su corazón que Dios levantó a Jesús de los muertos? No puede significar meramente estar de acuerdo con ese hecho, porque Satanás lo está, y no es salvo. La clave es el versículo 7. La fe no pregunta desesperadamente, “¿Quién descenderá al abismo?” La fe no aceptará la sugerencia Satánica de que la justicia, la vida, y la esperanza están más allá del alcance. Para que estén seguros de que estamos paralizados en el pecado, y de que no tenemos salvación en nuestro propio esfuerzo (confróntenlo con 10:3). Mas Pablo declara, no es como si Cristo estuviese esperando en el abismo hasta que podamos bajar a buscarlo y subirle con nuestro propio esfuerzo. Dios ha tomado la iniciativa, y lo levantó de los muertos, y trajo la justicia, la vida, y la esperanza; y la puso dentro del alcance de todos.

El significado de la resurrección en esta escritura es que Dios es por nosotros. Su finalidad es apretar filas con nosotros. Su finalidad es vencer todo nuestro sentido de abandono y enajenación—el sentimiento de que Dios muy lejos allá arriba o muy lejos allá abajo. La resurrección de Jesús es una declaración de Dios  para Israel, y para todo el mundo, de que no podemos labrar nuestro camino hacia la gloria; sino que Dios tiene el firme propósito de hacer lo imposible por hacernos llegar allá. La resurrección es  la promesa de Dios de que todos los que crean en Jesús serán los beneficiarios del poder de Dios para guiarnos en el camino de la justicia y por el valle de la muerte.

Por tanto, creer en su corazón que Dios levantó a Jesús de los muertos es mucho más que aceptar un hecho. Significa estar consciente de lo que Dios es para usted, de que ha cerrado filas con usted, de que está transformando su vida, y de que le salvará para gozo eterno. Creer en la resurrección significa creer en todas las promesas de vida, de esperanza, y de justicia, por las que ocurrió. Significa estar tan consiente del poder y del amor de Dios, que ningún temor ocasionado por las perdidas del mundo, ni ningún afán por las ganancias mundana; nos seducirán a desobedecer su voluntad. Esa es la primera diferencia entre Satanás y los Santos. ¡OH, que Dios circuncide todos nuestros corazones a fin de que podamos amarle y para que podamos descansar en la resurrección de su Hijo.

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