Dios justifica al impío

Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay distinción; por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús.

¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿La de las obras? No, sino por la ley de la fe. Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley. ¿O es Dios el Dios de los judíos solamente? ¿No es también el Dios de los gentiles? Sí, también de los gentiles, porque en verdad Dios es uno, el cual justificará en virtud de la fe a los circuncisos y por medio de la fe a los incircuncisos. ¿Anulamos entonces la ley por medio de la fe? ¡De ningún modo! Al contrario, confirmamos la ley. Abraham, justificado por la fe ¿Qué diremos, entonces, que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué jactarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.

Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda; mas al que no trabaja, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia. Como también David habla de la bendición que viene sobre el hombre a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades han sido perdonadas, y cuyos pecados han sido cubiertos; bienaventurado el hombre cuyo pecado el Señor no tomará en cuenta.”

La semana pasada traté de mostrarles que el problema más profundo resuelto por la muerte de Cristo fue el problema de que él mismo parecía injusto al pasar por alto tantos pecados que merecían condenación. Todo el Antiguo Testamento es un testimonio de esta verdad: “El Señor es lento para la ira y abundante en misericordia y verdad; el que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado” (Éxodo 34:6-7).

Y dije que nunca sentiremos plenamente esto como un problema al menos que nuestra forma de pensar sobre el pecado y la justicia tenga a Dios como centro.

El pecado (Romanos 3:23) no es primariamente un crimen contra el hombre. “Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios.” Siempre pecar es darle más valor a algo del mundo que a Dios. Es una minimización de su gloria. Es una deshonra de su nombre.

Pero la justicia de Dios es su compromiso de hacer lo que es correcto hasta el final – o sea, magnificar el honor de Su nombre y el valor de Su gloria. La justicia es lo opuesto al pecado. El pecado minimiza el valor de Dios al escoger en Su contra; la justicia ensalza el valor de Dios al escogerlo a Él.

Por lo tanto, cuando Dios simplemente pasa por alto el pecado y le permite a los pecadores salir sin el justo castigo, aparenta ser injusto. Pareciera que dice: el menosprecio a lo que yo valgo es insignificante; no es importante si minimizan mi gloria; no importa si deshonran mi nombre. Si Dios hiciera las cosas así entonces sería injusto. Y nosotros no tendríamos esperanza.

Pero Dios no lo permitió de esa manera. Él interpuso a su hijo Jesucristo, para que a través de su muerte la justicia de Dios pudiera ser manifestada. La muerte del Hijo de Dios es una declaración del valor que Dios le da a Su gloria, y del odio que le tiene al pecado, y del amor que tiene por los pecadores.

Otra palabra para este pasar por alto el pecado que lo mostraba a Dios como injusto es la “justificación” – la justificación del impío (Romanos 4:5). Sobre esto quiero hablar hoy. Y no solamente del hecho de que Dios pasó por alto pecados cometidos hace mucho tiempo, sino que también pasó por alto los pecados que nosotros su pueblo cometimos ayer, y esta mañana y los que cometeremos mañana.

El versículo 26 dice que cuando Jesús murió ocurrieron dos cosas, no sólo una. “[Cristo murió] para demostrar en este tiempo Su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús.” Dios demuestra ser justo, y los que creen son justificados.

Ahora bien, no quiero centrarme hoy en el acto subjetivo de fe por el cual recibimos la justificación. Quiero poner nuestra atención en la obra objetiva de Dios al justificar. Porque creo que si nos concentramos en esta gran obra – en lo que hace Dios y no en lo que hacemos nosotros – encontraremos la fe para recibirla como un manantial que brota en nuestros corazones.

Veamos cuatro cosas que la justificación significa para aquellos que reciben el don a través de poner la confianza en Jesucristo.

1. Primeramente, ser justificado significa ser perdonado por todos nuestros pecados.

Mira lo que dice Romanos 4:5-8 donde Pablo explica la verdad de la justificación citando el Antiguo Testamento.

5)…mas al que no trabaja, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia. 6) Como también David habla de la bendición que viene sobre el hombre a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras: 7) “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades han sido perdonadas, y cuyos pecados han sido cubiertos; 8) bienaventurado el hombre cuyo pecado el Señor no tomará en cuenta.”

Este es precisamente el meollo de la justificación. Deléitate en estas tres grandiosas frases de los versos 7-8: “iniquidades perdonadas,” “pecados cubiertos,” “el Señor no los tomará en cuenta.”

Observen que Pablo no limita el perdón a los pecados que cometimos antes de creer – como si tus pecados pasados son perdonados pero tu futuro está por verse. No hay un límite tal mencionado aquí. La bendición de la justificación es que las iniquidades son perdonadas y los pecados cubiertos y “el Señor no tomará en cuenta nuestro pecado.” Está enunciado en forma absoluta y sin restricción.

¿Cómo puede Él hacer eso? Romanos 3:24 dice que somos justificados “por medio de la redención que es en Cristo Jesús.” Esa palabra “redención” significa liberarnos o soltarnos o abandonar alguna esclavitud, o encarcelamiento. Así que el punto es que cuando Jesús murió por nosotros nos liberó de la esclavitud de nuestros pecados. Él rompió las cadenas de culpa que nos tenían bajo condenación.

Dice Pablo en Gálatas 3:13 que “13Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros” Pedro dice (en 1 Pedro 2:24), “Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz.” Isaías dijo, “el Señor hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros.”

Así que la justificación – el perdón de pecados –nos llega porque Cristo llevó nuestro pecado, cargó nuestra maldición, llevó nuestra culpa, y así nos liberó de la condenación. Esto es lo que significa que somos justificados “por medio de la redención que es en Cristo Jesús.” Somos liberados de su castigo porque él cargó el castigo.

Y tomen nota de esto: él sufrió una sola vez. Él no es sacrificado una y otra vez en la Cena del Señor o en la Misa como si su primer sacrificio fuese insuficiente. Hebreos 9:26 dice que “una sola vez en la consumación de los siglos, se ha manifestado para destruir el pecado por el sacrificio de Sí mismo.” (cf. Heb. 7:27). Y dice de nuevo en el verso 9:12 “y no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de Su propia sangre, entró al Lugar Santísimo una vez para siempre, habiendo obtenido redención eterna.” Esto es absolutamente crucial para poder comprender la gloria de lo que Dios hizo por nosotros en la cruz.

¿Ves la relación entre la muerte una vez y para siempre de Cristo y la totalidad de tus pecados y los pecados de todo el pueblo de Dios? No son algunos pecados, o ciertos tipos de pecado, o sólo los pecados pasados, sino los pecados, y el pecado que Cristo quita de todo su pueblo.

Así que el perdón de la justificación es el perdón de todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros. Eso es lo que ocurrió cuando Cristo murió.

2. Ser justificado significa ser reconocido justo porque la justicia de Dios nos es imputada, o sea contada como nuestra.

No somos meramente perdonados pero luego dejados de lado ante Dios. Dios no sólo hace a un lado nuestro pecado, sino que también nos considera justos y nos pone en una buena relación con Él. Nos da de su propia justicia.

Miren los versos 21-22. Pablo acaba de decir en el verso 20 que ningún ser humano podría ser justificado jamás por las obras de la ley. Nunca puedes tener una buena relación con Dios basándote en esfuerzos legalistas. Entonces dice (para mostrar cómo se obtiene la justificación), “Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen.”

Así que aunque nadie puede ser justificado por las obras de la ley hay una justicia de Dios que tú puedes obtener por medio de la fe en Jesucristo. Esto es lo que quiero decir cuando digo que ser justificado significa ser contado como justo. La justicia de Dios es considerada nuestra por medio de la fe.

Cuando Jesús muere para demostrar la justicia de Dios, como vimos la semana pasada en los versos 25-26, Él hace disponible esa justicia como un regalo para los pecadores. Si Cristo no hubiera muerto para demostrar que Dios es justo al pasar por alto los pecados, nuestra condena sería la única manera de demostrar la justicia de Dios. Pero Cristo sí murió. De modo que ahora la justicia de Dios no es una condenación sino un regalo de vida a todo aquel que cree.

2 de Corintios 5:21 es uno de los pasajes más fascinantes sobre este grandioso regalo de justicia imputada. “A [Cristo] que no conoció pecado, [Dios] le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.”

Cristo no conoció pecado. Fue un hombre perfecto. Nunca pecó. Vivió perfectamente para la gloria de Dios durante toda su vida y también en su muerte. Fue justo. A diferencia de todos nosotros, que hemos pecado. Hemos minimizado la gloria de Dios. Somos injustos.

Pero Dios, quien nos escogió en Cristo Jesús antes de la fundación del mundo, ordenó que hubiera un intercambio magnífico: Él haría que Cristo fuera pecado – no un pecador, sino pecado – nuestro pecado, nuestra culpa, nuestro castigo, nuestra separación de Dios, nuestra injusticia. Y él tomaría la justicia de Dios, que Cristo había vindicado tan asombrosamente, y hacernos llevarla puesta y vestirla y poseerla de la manera que Cristo lo hizo con nuestro pecado.

El punto aquí no es que Cristo se convierte moralmente en un pecador y nosotros nos convertimos en justos. El punto es que Cristo lleva un pecado ajeno y sufre por él, y nosotros llevamos una justicia ajena y vivimos por ella.

Asegurémonos de ver que esta es una realidad objetiva externa a nosotros mismos. Esta no es aún la realidad de la santificación – el proceso real de volvernos moralmente justos en la manera de pensar, y de sentir, y de vivir. Es también un regalo (lo veremos dentro de tres semanas). Pero está basado en este. Ninguno de nosotros puede progresar de verdad en el evangelio logrando ser parcialmente justo sin antes creer que es contado como completamente justo. En otras palabras, el único pecado que puedes vencer en la práctica en el poder de Dios es un pecado ya perdonado. El grandioso regalo de la justificación precede y habilita el proceso de la santificación.

3. Ser justificado significa ser amado por Dios y tratado con gracia.

Si Dios no te amara, no habría ningún problema que resolver por medio de la muerte de su Hijo. Fue Su amor por ti lo que lo hizo pasar por alto tu pecado y lo hizo parecer injusto a Él. Si Él no te amara, habría resuelto el problema del pecado simplemente condenándonos a todos a la destrucción. Eso habría vindicado su justicia. Pero no lo hizo. Y es porque Él te ama.

Esto está plasmado hermosamente en Romanos 5:6-8.

Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Lo que Dios está demostrando en la muerte de su Hijo no es sólo la verdad de Su justicia, sino también la medida de Su amor.

En Romanos 3:24 Pablo dice que somos justificados “gratuitamente por su gracia.” El amor de Dios por los pecadores rebosa en regalos de gracia – esto es, regalos que vienen de parte de la generosa bondad de Dios y no por nuestras obras o por nuestro mérito.

El perdón de los pecados y la justicia de Dios son regalos gratuitos. Eso significa que no nos cuestan nada porque le costaron todo a Cristo. No pueden ser ganados con obras o heredados a través de los padres o absorbidos por medio de los sacramentos. Son gratuitos, para ser recibidos por la fe.

Romanos 5:17 lo dice así:

Porque si por la transgresión de uno, por éste reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por medio de uno, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.

El perdón de los pecados y la justicia de Dios son regalos gratuitos de la gracia que fluye del amor de Dios.

Ser justificado significa ser perdonado, ser reconocido como justo, y ser amado por Dios.

4. Finalmente, el ser justificado significa estar asegurados por Dios para siempre.

La bendición suprema es ésta. Pablo la proclama en Romanos 8:30. “y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos también justificó; y a los que justificó, a ésos también glorificó.”

Si eres justificado, serás glorificado. Alcanzarás la gloria de la era venidera y vivirás por siempre con Dios en gozo y santidad. ¿Por qué es tan seguro?

Está asegurado porque la consecuencia de la muerte del hijo de Dios es objetiva, real, definitiva e invencible para el pueblo de Dios. Lo que logra lo logra para siempre. El efecto de la sangre de Cristo no es cambiante –ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no.

Este es el sentido del verso 32, “El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?” – entonces, ¡no nos glorificará también a nosotros! ¡Sí! El mismo sacrificio que asegura nuestra justificación, asegura nuestra glorificación.

Si esta mañana te hallas justificado, estás fuera de toda acusación o condenación. En el verso 33 leemos: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.” ¿Lo ves?: Si Dios te ha justificado por medio de la muerte de Su Hijo, nadie – ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra – nadie puede acusarte con éxito. Serás glorificado.

¿Por qué? ¿Porque estás sin pecado? No. Sino porque estás justificado por la sangre de Cristo.

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