Esperanza anclada en el cielo

Hebreos 6:19-20

Tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre.

Lo que vimos la semana pasada en los versículos 13-18 es que Dios ha caminado una milla extra al velar porque tengamos fortaleza de ánimo para aferrarnos a nuestra esperanza. Él quiere que tengamos ánimo y que nuestro ánimo sea la certeza de que todas sus promesas se harán realidad para nosotros y que nuestro futuro está firme en Su mano para nuestro bien.

Así que no solo promete a Sus hijos, también toma juramento y declara que los bendecirá, y jura por la realidad más preciosa y elevada del universo: Él mismo (v.13). Así que hay dos acciones, no solo una (una promesa y un juramento), que aseguran nuestra esperanza. Tomemos el versículo 18 y vayamos al texto de hoy. Dice que Él tomó un juramento "a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, seamos grandemente animados los que hemos huido para refugiarnos, echando mano de la esperanza puesta delante de nosotros”.

En otras palabras, Él quiere que tengamos fortaleza de ánimo para que echemos mano de la esperanza que ha jurado que será nuestra. La promesa y el juramento tienen el propósito de darnos la profunda confianza de que HEREDAREMOS todas las promesas en Jesús. Así que quiere que echemos mano de ella. ¿Qué significa que Dios ha asegurado un futuro para nosotros con una promesa y un juramento y que debemos echar mano de de ella? ¿Qué significa "echando mano" en la experiencia de la vida real?

Significa depositar nuestro tesoro en esa esperanza. Confiar en ella. Sentirnos seguros en ella. Estar satisfechos con ella. Anhelarla como se anhela la llegada del amanecer después de una larga, oscura y tenebrosa noche. Hay, al menos, cinco principios prácticos que usted puede aplicar para mover su corazón a fin de echar mano de su esperanza.

1) Meditar, partiendo de la Biblia, en cuán segura es nuestra esperanza en la presencia de Dios.

2) Orar fervientemente para que Dios abra nuestra mente y corazón a Su grandeza y a esta seguridad, e incline nuestra esperanza a Él.

3) Considerar cuánto ha sufrido Cristo para nuestra esperanza.

4) Considerar a los cristianos, como nosotros, que han echado mano de la esperanza en Cristo. Por ejemplo, en 1934, cuando el joven de veinte años John Stam, misionero a China, estaba siendo llevado para ser ejecutado por los comunistas, junto a su esposa Betty, alguien le preguntó en el camino: "¿A dónde vas?" John echó mano de la esperanza puesta delante de él y dijo: "Vamos al cielo".

5) Ayudarnos unos a otros a hacer todas estas cosas en nuestros grupos pequeños. Exhortándonos unos a otros a echar mano de la esperanza.

Esta es la voluntad de Dios para nosotros, que tengamos fortaleza de ánimo para echar mano de nuestra esperanza.

Ahora, esta semana, el escritor sigue peleando por nuestro ánimo, y para que echemos mano del buen futuro que Dios ha prometido y jurado. Pero se aleja de la promesa y el juramento para darnos otra imagen que espera que quede en nuestras mentes y nos dará una certeza sólida sobre nuestro futuro.

La imagen es el "ancla".

Tenemos como ancla del alma, una esperanza [literalmente: omite "una esperanza" y se refiere al ancla, segura y firme] segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre.

¿Cuál es el ancla en esta imagen? Dice: "la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma". Pero seamos precisos. Usted puede usar la palabra "esperanza" en, al menos, tres modos:

1) como un sentimiento subjetivo o convicción en el alma ("tengo esperanzas de ir al cielo").

2) como una realidad objetiva futura en que que tenemos esperanzas ("El cielo es mi esperanza").

3) Poniéndola en una persona o evento que hace que nuestra confianza sea segura ("La muerte de Jesús es mi única esperanza para escapar del juicio"). ¿A cuál de estos tres se refiere en el versículo 19 cuando dice: "la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma"?

La respuesta aparece en el versículo precedente, el 18. Dice: "grandemente animados los que hemos huido para refugiarnos, echando mano de la esperanza puesta delante de nosotros”. La esperanza es algo puesto "delante de nosotros". Es la realidad objetiva futura que esperamos. Es el cielo y la bendición propuesta en el versículo 14, y la suma de todos los bienes que Dios ha jurado para nosotros en Jesús.

Este es el ancla del versículo 19 que continúa desde el versículo 18: "la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme". En otras palabras: Lo que ancla nuestras almas no es una confianza subjetiva, sino la realidad segura que Dios ha prometido. Esta es nuestra ancla. Y a esto es a lo que echamos manos.

Así que el mensaje del escritor es que tenemos esperanza en algo absolutamente seguro. Él usa tres descripciones del ancla para enfatizarla. En el versículo 19b, llama al ancla (la esperanza) algo (1) seguro (2) firme y (3) que penetra dentro del velo. El ancla es segura, cierta, y libre de riesgos. El ancla es firme, estable, y confiable. El ancla está alojada dentro del velo. Esta es una referencia al velo que cuelga dentro del santuario interior del tabernáculo y cubría el arca del pacto donde Dios se reunía, en su gloria, con el sumo sacerdote una vez al año cuando traía el sacrificio para la expiación de los pecados del pueblo.

Por tanto, ¿cuál es el propósito de decir que nuestra esperanza es un ancla echada en el lugar santísimo celestial, donde mora la gloria de Dios? El versículo 20 lo explica ampliamente. Es aquí a donde Jesús ha ido como precursor para nosotros, lo que significa que algún día entraremos con Él. Y ha ido como Sumo Sacerdote. No en la orden de Aaron y Levi—

1) quienes tenían que ofrecer sacrificios por sí mismos y por el pueblo (5:3; 7:27), y

2) quienes murieron y tuvieron que ser reemplazados cada año (7:23), y

3) quienes ofrecían la sangre de bueyes y machos cabríos que nunca podrían quitar los pecados (10:4).

Jesús entró al lugar santísimo, una vez y para siempre con su propia sangre infinitamente preciosa y su propia vida indestructible, de modo que Su obra expiatoria para nosotros es perfecta y permanece para siempre. Esto es lo que significa el versículo 20 cuando dice que Jesús es "según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre".

Así que nuestra ancla -nuestro futuro prometido- es seguro, es firme; y es la obra consumada y adquirida de Jesús, nuestro Sumo Sacerdote.

La semana pasada el escritor nos ayudó a aferrarnos a nuestra esperanza diciéndonos que está basada en dos elementos inmutables: La promesa y juramento de Dios de bendecirnos para siempre. Esta semana, nos ayudó a aferrarnos a nuestra esperanza diciéndonos que nuestro futuro prometido (nuestra esperanza) es un "ancla del alma" que es segura y firme, y tan completa y autoritaria como la obra de Jesús al derramar Su sangre por nuestros pecados y llevarse a Sí mismo a la presencia de Dios para alegar el caso a favor de los que Él adquirió.

Ahora, hay una pregunta ardiente para mí ¿Está el ancla de mi alma tan firmemente adjunta a mi alma como al altar de Dios? En otras palabras, ¿es la ilustración aquí la de un ancla con su gancho y cadena enlazados inquebrantablemente al altar de Dios en el lugar santísimo de modo que nada puede librarse por ese extremo, pero con la cuerda colgando simplemente desde el cielo, en el aire? ¿El único objetivo de este texto es decir: "retengan el cabo suelto de esta cuerda y tendrán seguridad y firmeza y certeza"?

¿Le daría eso la sensación de seguridad y confianza y esperanza y firmeza de la que parece tratar este texto? ¿Cuál era el propósito de un ancla en esos días? Era impedir que usted sea arrastrado por el viento o barrido por la marea de la destrucción hacia el mar abierto, o hacia las rocas. Pero y si alguien dijera: He preparado tu bote con un buen ancla, sólida, pesada, que se agarrará en cualquier fondo de mar, pero no la he sujetado al bote. ¿Le daría eso ánimo a usted?

No creo que esa sea la imagen que el autor tiene en mente aquí. Cuando dice, en el versículo 19, que tenemos un "ancla del alma", creo que quiere decir que el ancla está firmemente anclada en el cielo, y que el ancla está firmemente sujeta al alma cristiana.

Estas son mis razones para pensar así, y oro para que ellas les den una profunda idea del cuidado soberano de Dios por nuestra perseverancia y esperanza y ánimo. Ustedes no son abandonados a sí mismos, para que se aguanten durante las tormentas de la vida.

1) Recuerde Hebreos 6:9. El escritor acababa de advertir en contra de desviarnos de Dios, cometiendo apostasía y siendo juzgados. Pero entonces, en el versículo 9, dice: "Pero en cuanto a vosotros, amados, [...] estamos persuadidos de las cosas que son mejores y que pertenecen a la salvación". Las cosas mejores son la perseverancia en la fe y la obediencia paciente, en otras palabras: retener la esperanza. Y dice que esto "pertenece a la salvación". Es decir, pertenece a los hijos de Dios como parte de su salvación. Perseverando en la esperanza y alcanzando nuestra herencia y poniendo nuestra confiando en ella, y siendo satisfechos por ella y viviendo por el poder de ella que "pertenece" (literalmente: "es tenido por") a la salvación. Eso es parte de nuestra salvación. La salvación no es solo una cuerda anclada que cuelga del cielo para que la retengamos con todas nuestras fuerzas. Cosas mejores pertenecen a la salvación, incluyendo la retención. Esto también es una obra de nuestra salvación. El ancla de nuestra alma está ligada a nosotros así como al cielo.

2) Recuerde Hebreos 3:14 donde el escritor dice: "Porque somos hechos partícipes de Cristo, si es que retenemos el principio de nuestra seguridad firme hasta el fin". No dice: "SEREMOS hechos partícipes de Cristo si retenemos". Sino: "SOMOS hechos partícipes de Cristo si retenemos". En otras palabras la retención a la cuerda anclada en el cielo es un efecto y prueba de que pertenecemos a Cristo, no la causa. Debemos retenerla. Pero podemos retenerla porque somos retenidos (vea Filipenses 3:12). Somos hechos partícipes de Cristo - ¿evidencia? Retenemos nuestra esperanza. El poder de Cristo en nosotros vela porque así sea. El ancla de nuestra alma está ligada a nosotros así como al cielo.

3) Recuerde Hebreos 3:6. El escritor comparó a Cristo el Hacedor y Señor de una casa, y comparó a los cristianos con la casa misma. Entonces dijo: "Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios, cuya casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin nuestra confianza y la gloria de nuestra esperanza". Note, no dice que SEREMOS su casa si retenemos nuestra esperanza. No, dice que SOMOS (¡ahora!) su casa si nosotros (en el futuro) retenemos nuestra esperanza. Así que la retención no es la causa de ser la casa de Cristo, sino la prueba de ello. Pertenecemos a Él como a Su nueva creación, y somos Suyos por Su adquisición y somos llenos por Él como Su casa, todo esto asegura nuestra perseverancia. No es el resultado de la perseverancia. El ancla de nuestra alma no es una cuerda colgada en el aire esperando que nuestras débiles manos la agarren y retengan. Eso no sería seguridad. El ancla de nuestra alma está tan sólidamente ligada a nosotros como al cielo.

4) Considere Hebreos 13:20-21. Lo que el escritor muestra aquí es que cuando Jesús adquirió nuestra salvación por Su "sangre del pacto eterno", el nuevo pacto (Lucas 22:20; Jeremías 31:33; 32:40; Ezequiel 11:19; 36:27; Deuteronomio 30:6) lo que obtuvo para nosotros no fue solo el cielo, sino la fe y esperanzas necesarias para llegar al cielo. La sangre del nuevo pacto obtuvo las promesas del nuevo pacto, e incluían las promesas para hacernos caminar en Sus estatutos. Lo que significa que retener nuestra esperanza anclada no es nuestra obra para asegurarnos, sino la obra de Dios en nosotros, comprada por sangre para traernos al cielo.

Hebreos 13:20-21:

"Y el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, el gran Pastor de las ovejas mediante la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando El en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos”.

Si voy a retener mi fe bien anclada, entonces necesitaré alguna ayuda de parte de Dios para conquistar el pecado. Y eso es lo que dice el versículo 21 que obtengo: "[Dios está] obrando El en nosotros lo que es agradable delante de El", es decir que retengamos la esperanza bien anclada. Y note las siguientes dos palabras: "Mediante Jesucristo". Esto significa que nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Sumo Sacerdote del tipo Melquisedec y que nunca muera, obtuvo, por la sangre del pacto eterno, no solo un enganche firme en un extremo del ancla, sino en los dos extremos. Está firme en los cielos y está firme en nosotros. Esta es la salvación que obtuvo por Su sangre: la esperanza de los cielos y la retención para llegar allá. No somos abandonados a nuestras propias manos débiles para la retención. El ancla de nuestra alma está ligada a nosotros así como al cielo.

Así que vemos que Dios no es inconsistente. Él no se esfuerza con promesas y juramentos, y la sangre de Su Hijo, y el sacerdocio eterno de Jesús solo para anclar un extremo de nuestra seguridad y dejar el otro colgado en el aire. La salvación que Jesús obtuvo por Su sangre fue todo lo necesario para salvar a Su pueblo, no solo a parte de él.

Así que nos sentimos inclinados a preguntar: ¿por qué el escritor nos anima a retener nuestra esperanza (versículo 18)? Si la retención fue obtenida e irrevocablemente asegurada por la sangre de Jesús, entonces, ¿por qué dice la Biblia que debemos retenerla?

Esta es la respuesta:

Lo que Cristo compró cuando murió por nosotros no fue la libertad de tener que retener, sino el poder para retener.

Lo que compró no fue la anulación de nuestras voluntades como si no tuviéramos que retener, sino la capacitación de nuestras voluntades porque queremos retener.

Lo que compró no fue la cancelación del mandamiento a retener, sino el cumplimiento del mandamiento a retener.

Lo que compró no fue el fin de la exhortación, sino el triunfo de la exhortación.

Él murió para que usted hiciera exactamente lo que hizo Pablo en Filipenses 3:12: " sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús". En el evangelio no es necedad decir a un pecador que haga lo que solo Cristo puede capacitarle a hacer: confiar en Dios.

Así que les exhorto en esta mañana, con todo mi corazón: extiéndase y retenga aquello por lo que usted fue retenido por Cristo, y reténgalo con todas las fuerzas de Cristo.

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