¿Cómo experimentaban los creyentes el Espíritu antes del Pentecostés?

Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. 2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte. 3 Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo : enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, 4 para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. 5 Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. 6 Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz; 7 ya que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, 8 y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.

La diferencia entre un historiador y un predicador es que el historiador dice: “¿Fue así?” y el predicador dice: “¿Y qué?”1 Tomé un curso en un seminario sobre Literatura Sapiensal del Antiguo Testamento, donde hablamos acerca del paralelismo y determinación de la poesía hebrea y la Heilesgeschichte (“historia de la salvación”) y muchas veces yo levantaba mi mano al final de la clase y decía “¿Y qué?”. Nunca he creído en el conocimiento como un fin, o en el arte como un fin. Tales nociones siempre me han sonado profundamente ateas. Sin duda, para un cristiano la única razón para estudiar o ser artístico es Dios. “... o que hagáis cualquiera otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1ra a los Corintios 10:31). Y no puedo dejar de pensar que el conocimiento como un fin, o el arte como un fin, es una máxima muy insensible y carente de amor. Sin dudas, para un cristiano, todo estudio y todo trabajo creativo debe justificarse a sí mismo en términos de amor. “Que todo se haga para edificación” (1ra a los Corintios 14:26). “Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (1ra a los Corintios 16:14). El aprendizaje y trabajo que no lleva a las personas en amor hacia Dios no es guiado por el Espíritu de Cristo.

Así que cuando me planteo la pregunta: ¿Cómo experimentaban los creyentes el Espíritu Santo antes del Pentecostés? No puedo pensar en ella durante más de cinco minutos sin decir: “¿Y qué?” ¿A quién le importa? ¿Hará alguna diferencia para nuestras vidas conocer la respuesta? Creo que sí hará la diferencia. Yo no les molestaría con esta pregunta si no lo creyera. Quiero mostrarles diez formas en que los santos del Antiguo Testamento experimentaron el Espíritu Santo. Pero, permítanme primeramente decirles porque creo que es una pregunta tan relevante.

Pentecostés era una festividad judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua. Jesús fue crucificado durante la celebración de la Pascua, siete semanas después, en el día de pentecostés, el Señor crucificado cumplió la promesa que había hecho en Juan 15:26 – a saber, que enviaría el Espíritu Santo. Juan el Bautista había prometido diciendo: el que viene detrás de mí “El os bautizará con el Espíritu Santo y fuego” (Lucas 3:16). Así que a las 9:00 de la mañana en el día de Pentecostés, mientras los discípulos estaban orando “vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento [...] 3 y se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. 4 Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse” (Hechos 2.2-4). Entonces Pedro predicó un sermón y dijo: “sino que esto es lo que fue dicho por medio del profeta Joel: 17 Y sucederá en los últimos días -dice Dios- que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños...” (Hechos 2:16-17). En otras palabras, Pedro dice que hemos llegado a los últimos días: el Mesías ha llegado, ha logrado la redención sobre la cruz, se ha levantado y ha ascendido hasta la diestra de Dios, y el intervalo antes de su venida en gloria será conocido por un incomparable derramamiento del Espíritu Santo sobre hombres y mujeres, sobre ancianos y jóvenes, siervos y libres, los que están cerca y los que están lejos. Y el pueblo de Dios en este período es el pueblo nacido del Espíritu, bautizado en el Espíritu, lleno con el Espíritu, capacitado por el Espíritu para ser testigos del “resplandor del evangelio de la gloria de Cristo”. Vivimos en los últimos días del Espíritu. Vivimos en los días que Isaías (44:3) y Ezequiel (11:19; 36:26ss; 39:29) y Joel (2:28) profetizaron y anhelaron ver. No habrá más momentos de cambio decisivo en la historia de la redención antes de la vuelta de Jesús para establecer su reino. Este es; estos son los días de Pentecostés, los días de la plenitud del Espíritu, los días de una misión que abarca todo el mundo.

Permítanme ahora sugerir una analogía para ilustrar la experiencia del Espíritu antes y después del Pentecostés. Imagínense un enorme dique para una hidroeléctrica en construcción, como el Gran Dique de Asuán en el Nilo, de 111 metros de altura y más de un kilómetro de largo. El presidente de Egipto, Nasser anunció el plan de construcción en 1953. El dique fue completado en 1970 y en 1971 hubo una gran ceremonia de dedicación y las 12 turbinas con su capacidad de diez billones de kilowatt/hora fueron liberadas con suficiente poder para iluminar cualquier ciudad en Egipto. Durante el largo período de construcción no se detuvo completamente el fluir del río Nilo. Aún mientras se llenaba la represa, se permitía que parte del río continuara fluyendo. Las familias de Egipto, río abajo, dependían de eso. Bebían sus aguas, lavaban en ellas, el río regaba sus cultivos y movía las ruedas de sus molinos. Navegaban sobre sus aguas a la luz de la Luna y escribían canciones sobre él. Era su vida, pero el día en que la represa vertió a través de las turbinas fue liberado un poder que se esparció más allá de esas pocas familias río abajo y trajo consigo posibilidades que ellas solo habían soñado.

Bien, Pentecostés es como la apertura de dedicación del Gran Dique de Asuán. Antes de Pentecostés, el río del Espíritu de Dios bendijo al pueblo de Israel y era quien les impartía vida. Pero después de Pentecostés el poder del Espíritu se esparció para iluminar a todo el mundo. Ninguno de los beneficios disfrutados en los días anteriores a Pentecostés fue quitado. Pero diez billones de kilowatts fueron añadidos para capacitar a la iglesia para llevar la luz del evangelio de la gloria de Cristo a toda lengua, tribu, y nación.

Así que esta es mi respuesta a la pregunta ¿por qué la experiencia de los santos del Antiguo Testamento es valiosa para todos nosotros hoy? Si estos santos experimentaron privilegios y poderes en el Espíritu Santo antes de que el dique fuera abierto, ¡¿cuánto más no experimentaremos nosotros en estos días de billones de kilowatts?! Es necesario examinar la experiencia del Antiguo Testamento para despertarnos a nuestros privilegios en estos últimos días en que ha sido inaugurado el Pentecostés. La iglesia hoy está tan dormida que algunos hemos caído por debajo de los santos del Antiguo Testamento en nuestra apropiación de lo que el Espíritu tiene para dar.

Así que aquí tenemos diez formas en que los creyentes del Antiguo Testamento experimentaron el Espíritu santo y que deben ser disfrutadas por la iglesia en estos “últimos días” de plenitud Pentecostal.

Lo primero y más básico: los creyentes del Antiguo Testamento estaban conscientes del Espíritu de Dios como Creador y Sustentador de sus vidas naturales. En Job 33:4 Eliú habla por todos los judíos fieles cuando dice: “El Espíritu de Dios me ha hecho, y el aliento del Todopoderoso me da vida”. El Salmo 104 celebra el milagro y la variedad de todas las cosas y dice (vv. 29-30): “les quitas el aliento, expiran, y vuelven al polvo. 30 Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra”

Tengo la esperanza de que usted comparta este punto de vista del mundo con los santos del Antiguo Testamento: A saber, que la concepción en el vientre de su madre fue un acto soberano de creación del Espíritu de Dios y que cada aliento que toma ahora y cada transacción química que ocurre en las células de su cuerpo está sustentada en cada instante por la obra del Espíritu Santo. El mundo en que crecimos y vivimos no ve las cosas de esta manera. Y, por lo general, hemos absorbido su punto de vista mecanicista.2 El mundo ve un proceso mecánico de evolución y selección natural. Pero el cristiano debe ver el proceso creativo, la obra inventiva del Espíritu de Dios. Y cada aliento que usted toma debe ser una oración de agradecimiento por vivir, moverse, y existir en el Espíritu de Dios.

Segundo: los creyentes del Antiguo Testamento experimentaron el nuevo nacimiento y morada del Espíritu Santo. Cuando Nicodemo quedó desconcertado por la demanda de Jesús de un nuevo nacimiento por el Espíritu, Jesús respondió (Juan 3:10): “Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?”. En otras palabras, no estoy enseñando o exigiendo nada nuevo. Cualquier israelita que haya sido salvado alguna vez tuvo que nacer de nuevo por el Espíritu de Dios. De otra manera ¿cómo pudiera vencer su hostilidad natural hacia Dios? ¿Cómo hubieran podido someterse a la ley de Dios y agradarle –como muchos hicieron, como Abel, Noé, y Abraham, y Moisés, y Rahab, y Ruth, y Débora, y David? Pablo dice en Romanos 8:7-9: “la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, 8 y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.9 Sin embargo, vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros”. Hay dos grupos de hombres: los que están en la carne (nacidos de la carne) y los que están en el Espíritu (nacidos del Espíritu). Los que están en la carne no tienen el Espíritu y no se pueden someter a la ley de Dios o agradar a Dios. Los que están en el Espíritu tienen la morada del Espíritu y son capacitados por él para cumplir los justos requerimientos de la ley.

Esto significa que todos los santos del Antiguo Testamento que confiaron en Dios y siguieron sus caminos en la obediencia de la fe, nacieron de nuevo por el Espíritu y tenían la morada del Espíritu. Por ejemplo, Números 14:24 se dice de Caleb: “mi siervo Caleb, porque ha habido en él un espíritu distinto y me ha seguido plenamente, lo introduciré a la tierra donde entró”. Y Números 27:18 dice: “Y el Señor dijo a Moisés: Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el Espíritu, y pon tu mano sobre él...”. Los creyentes del Antiguo Testamento fueron salvados de la misma forma que nosotros: nacieron del Espíritu, confiaron en las promesas de Dios, y siguieron sus mandamientos en la obediencia de la fe.

Tercero: los creyentes del Antiguo Testamento disfrutaron la presencia constante del Espíritu de Dios. El Salmo 139:7-10 dice: “¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia? 8 Si subo a los cielos, he aquí, allí estás tú; si en el Seol preparo mi lecho, allí estás tú. 9 Si tomo las alas del alba, y si habito en lo más remoto del mar, 10 aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra”. Los creyentes del Antiguo Testamento disfrutaban la presencia del Espíritu Santo dondequiera que iban. Cuando soy llamado a ir a lugares donde me siento inseguro, siento mucho valor al saber que el Espíritu está a mi alcance para darme las palabras que necesito, y que también ya está en el lugar a que me dirijo para preparar el camino y sostenerme cuando llegue.

Cuarto, Los creyentes del Antiguo Testamento experimentaban el Espíritu de Dios como su Consejero o Maestro. En Nehemías 9, Esdras da gracias a Dios por todos los beneficios que Dios ha dado a Israel en el pasado, y dice en el verso 20: “Y diste tu buen Espíritu para instruirles, no retiraste tu maná de su boca”. El Espíritu fue su instructor probablemente en dos sentidos: fue por el Espíritu de Dios que los profetas hablaron al pueblo la Palabra de Dios (Nehemías 9:30), y fue por el Espíritu que el pueblo fue capacitado para asir y aplicar la Palabra. Hoy el Espíritu todavía nos instruye por la Palabra de la Escritura y debemos orar seriamente por un derramamiento del Espíritu iluminador de Dios para que las Escrituras vivan realmente para nosotros y se vuelvan intensamente personales.

Quinto, los santos del Antiguo Testamento creían que la artesanía y la habilidad artística al servicio de Dios eran un don del Espíritu Santo. Dios no solo diseñó cómo quería que se construyera su tabernáculo; también equipó a los artesanos para hacerlo. Éxodo 31:1-5 dice: “Y el Señor habló a Moisés, diciendo: 2 Mira, he llamado por nombre a Bezaleel, [...] 3 Y lo he llenado del Espíritu de Dios en sabiduría, en inteligencia, en conocimiento y en toda clase de arte, 4 para elaborar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, 5 y en el labrado de piedras para engaste, y en el tallado de madera; a fin de que trabaje en toda clase de labor”. En un sentido, toda habilidad artesana y de arte es un don de Dios como también lo es nuestro aliento. Pero el texto dice que Dios llamó a Bezaleel por nombre y le llenó con su Espíritu. Y creo que había y hay hoy todavía un toque o llenura especial del Espíritu Santo que eleva la obra de un artista, músico, o artesano, llevándola desde la simple habilidad técnica hasta la habilidad divinamente dada que exalta a Dios y edifica la fe.

Sexto, los creyentes del Antiguo Testamento experimentaban la llenura del Espíritu Santo como un poder que debía ser valiente para denunciar la maldad y declarar la justicia. Micaías 3:8 dice: “Yo, en cambio, estoy lleno de poder, del Espíritu del Señor, y de juicio y de valor, para dar a conocer a Jacob su rebelión, y a Israel su pecado”. No descansa ante el poder de los hombres y arriesga su vida y se levanta a favor de la verdad de Dios y para denunciar al pecado. El Espíritu da ese valor. Lucas 1:15 dice que Juan el Bautista fue lleno con el Espíritu desde el vientre de su madre, y logró que le cortaran la cabeza por denunciar el matrimonio ilegal de Herodes. Sin dudas tenemos una gran necesidad de hombres y mujeres llenos del Espíritu para exponer y denunciar los males de nuestra sociedad para que ya no se cierren los ojos ante ellos: la explotación de los cuerpos de mujeres, y su humillación en la propaganda, la excesiva destrucción de la vida humana por medio de los abortos a demanda, las maniobras de nuestro propio país para desestabilizar a otros gobernantes, el ilimitado desperdicio y glotonería de la vida americana, la arrogante actitud para divorciarse y recasarse (que Dios desprecia), y la promoción multimillonaria del alcohol y los cigarros, cuando no son otra cosa que destructores de la familia y asesinos del cuerpo. Cuando las personas son llenas del Espíritu Santo, no cierran los ojos ante la maldad.

Siete, los santos de antaño experimentaron la victoria sobre el temor por la presencia del Espíritu. Cuando Dios quería animar a su pueblo para reedificar el templo después del exilio, dijo: “trabajad, porque yo estoy con vosotros” [...] mi Espíritu permanece en medio de vosotros; no temáis” (Hageo 2:5). Solo piense, si los judíos que volvían del juicio de Dios que era el exilio babilónico podían cobrar ánimo creyendo que el Espíritu de Dios les protegería ¡¿cuánto más valientes debiéramos sentirnos nosotros que tenemos la certeza sobrecogedora del amor de Dios y su poder en la muerte y resurrección de Jesús?! Los santos del Antiguo Testamento sabían entonces, y los cristianos sabemos hoy, que la victoria sobre toda amenaza y obstáculo pertenece a Dios. Zacarías 4:6 dice: ““No por el poder ni por la fuerza, sino por mi Espíritu”—dice el Señor de los ejércitos”.

Ocho, algunos creyentes del Antiguo Testamento, estaban capacitados por el Espíritu para hacer obras extraordinarias de poder para ayudar al pueblo de Dios. Por ejemplo, en la vida de Sansón leemos: “Y el Espíritu del Señor vino sobre él con gran poder, y lo despedazó como se despedaza un cabrito” (Jueces 14:6). O: “Y el Espíritu del Señor vino sobre él con poder, y las sogas que estaban en sus brazos fueron como lino quemado con fuego y las ataduras cayeron de sus manos” (15:14). No era una manifestación común del Espíritu, pero era real entonces y lo es hoy. De cuando en cuando en circunstancias extraordinarias de necesidad, el Espíritu capacita a cristianos ordinarios para realizar obras asombrosas de rescate mucho más allá de sus capacidades ordinarias –como levantar el auto de encima del esposo herido y atrapado, o escapar de un violador furioso.

Nueve, el Espíritu capacita a algunos de los creyentes del Antiguo Testamento para interpretar la revelación de Dios en sueños. Después que José interpretó el suelo de Faraón sobre el hambre que vendría, Faraón dijo: “¿Podemos hallar un hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?”. En el día de Pentecostés Pedro dijo que en estos últimos días “vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñaran sueños” (Hechos 2:17). Si estos últimos días deben ser días de sueños y visiones del Espíritu Santo debemos orar seriamente para que muchos José dotados se levanten de entre nosotros y puedan discernir la verdad y el error.

Por último, el Espíritu Santo dio a algunos de en el Antiguo Testamento un don de profecía. Por ejemplo, cuando Moisés se reunió con los setenta ancianos de Israel en el tabernáculo dijo en números 11:25: “el Señor descendió en la nube y le habló; y tomó del Espíritu que estaba sobre él y lo colocó sobre los setenta ancianos. Y sucedió que cuando el Espíritu reposó sobre ellos, profetizaron; pero no volvieron a hacerlo más”. Evidentemente, Dios solo les dio a probar un poco de los poderes proféticos a los setenta ancianos. Parecía señalar a algo más que vendría en el futuro. Cuatro versos después, Moisés dice: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta, que el Señor pusiera su Espíritu sobre ellos!” (v.29). Lo que nuevamente apunta hacia los últimos días inaugurados en Pentecostés. Pedro dice: “Y sucederá en los últimos días—dice Dios— que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán”. ¿Qué es este don de profecía? ¿Dónde se ha manifestado en la iglesia de hoy? ¿Se ha manifestado? Al menos parte de la respuesta a esta pregunta se encuentra en la enseñanza de los dones espirituales en 1ra a los Corintios 12-14, que comenzaremos a estudiar pronto en las series de la tarde.

Permítanme, esta mañana, terminar simplemente volviendo por un instante al Gran Dique Asuán. Aún antes de que el dique fuera completado, y la represa fuera oficialmente liberada en los días de Pentecostés, los santos del Antiguo Testamento río abajo, disfrutaban de los estupendos beneficios del río del Espíritu de Dios. Hacemos bien al leer sobre estas cosas, y hacernos la simple pregunta: si ellos experimentaron tanto del Espíritu de Dios en lo que era solo un manantialito de la represa, ¿cuánto más debiéramos nosotros disfrutar bajo una docena de turbinas del Pentecostés?


1 Doctrina filosófica según la cual toda realidad natural tiene una estructura semejante a una máquina, Babylon English-Spanish. Nota del Traductor.

2 En el inglés, el predicador utiliza un juego de palabras "Was it so?", "So what?”. [Nota del traductor]

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