Los llamados de Cristo y los amados de Dios, parte 2

Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre; entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo; a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

“Los llamados de Jesucristo”

La semana pasada nos enfocamos en la frase del verso 6, “los llamados de Jesucristo”. Los cristianos en Roma y todos los cristianos en Minneapolis son “los llamados de Jesucristo”. Sostuve la opinión de que esto significa que los cristianos son llamados por Dios para pertenecer a Jesucristo (Romanos 8.30; 1ra a los Corintios 1.9); y que este llamado de Dios no es solo una invitación, sino que es el tipo de llamado que produce lo que ordena. Cerré el mensaje con una referencia a 2da a los Corintios 4.4-6 donde Pablo dice que la causa por la que la gente no ve la verdad de Cristo en el evangelio es que “el dios de este siglo [Satanás] cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.” En otras palabras, la incredulidad humana y la ceguera espiritual conspiran para hacer que el evangelio luzca como una piedra de tropiezo o como locura (1ra a los Corintios 1.23).

Entonces ¿cómo es que alguien viene a la fe? Pablo dijo que dos cosas fueron necesarias. En 2da a los Corintios 4.5 dice: “Porque... predicamos... a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.” Lo primero que necesitamos es la predicación de Cristo por la vida de un siervo. Cristo debe ser predicado y mostrado. Nadie puede creer lejos del evangelio. Debemos hablar el evangelio a las personas y mostrárselo.

Pero Pablo conoce por dolorosa experiencia, y también muchos de ustedes, que las personas que amamos escuchan el evangelio y ven nuestro servicio, pero no creen para ser salvos. Es por esto que Pablo prosigue, en 2da a los Corintios 4.6, para mencionar la segunda cosa necesaria para que alguien venga a la fe. El evangelio no solo debe ser predicado por la vida de un siervo, sino que Dios mismo debe, sobrenaturalmente, dar luz o visión divina al corazón. “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.”

Esto es lo que Pablo quiere expresar con el llamado de Dios (1ra a los Corintios 1.23-24). Tal como Dios en el comienzo de la creación trajo la luz con una simple voz de mando: “de las tinieblas resplandeciese la luz”, ahora, en el corazón incrédulo y demoníacamente cegado, Dios da un llamado divino de luz. Y el efecto del llamado es que nosotros no vemos más al evangelio como una piedra de tropiezo o como locura, sino que ahora vemos “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. En otras palabras, lo que una vez vimos como estúpido, aburrido, sin sentido, irrelevante o raro, ahora lo vemos hermoso, precioso y deseable, de manera que podemos libremente llegar y abrazarlo.

En otras palabras, cuando Pablo dice en Romanos 1.7 que los cristianos son “los llamados de Jesucristo”, quiere decir que Dios ha hablado a nuestros corazones tan poderosamente que hemos sido despertados de la incredulidad, y que nuestros ojos cegados han sido abiertos para ver a Cristo como realmente es, y nuestra dureza de corazón ha sido llevada, y que hemos sido resucitados de la muerte espiritual –como Cristo levantó a Lázaro simplemente llamándolo- “Lázaro, ven fuera”. Y el resultado de todo esto es que ahora vemos la grandeza de Jesús en el evangelio y confiamos en él y le amamos y valoramos el conocerle más que a todas las cosas. Y por tanto somos “los llamados de Jesucristo”. Vivimos entre las naciones (como dice el verso 6), pero pertenecemos a Jesús –y no de la manera en que una persona pertenece al Partido Democrático o a la Unión de Trabajadores o al Club de Minneapolis, sino que pertenecemos a Jesús por un omnipotente llamado de Dios que establece lo que ordena.

El Llamado Viene del Amor de Dios hacia Ti

Ahora hoy quiero hacer más profunda y dulce la experiencia de su llamado mostrándoles dos cosas: que sus llamados surgen del amor que Dios tiene específicamente para ustedes; y que éste amor te guía hacia el reino del amor de Dios que nadie más conoce sino aquellos que lo reciben. La razón por la que escojo enfatizar esto es simplemente porque la próxima palabra crucial en nuestros textos, es “amados de Dios”. Verso 7: “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.”

“a todos los que estáis en Roma, amados de Dios” Ellos son “los llamados de Jesucristo” y los “amados de Dios”. ¡Oh cristiano! ¡Conózcase de esta manera! Usted es “el llamado de Jesucristo” y “el amado de Dios”.

El Amor de Dios para el Mundo

Ahora, ¿Qué significa esto? Quiero acrecentar su visión del amor de Dios. No quiero minimizarla. Quiero incrementarla. Para muchas personas, el único modo en que han concebido el amor de Dios es que Dios ama al mundo, y por tanto ama a todos de la misma manera. Y, de hecho, Él ama al mundo. Jesús dijo en Mateo 5.44-45, “... Amad a vuestros enemigos... para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” En otras palabras, el amor de Dios es tan ancho y tan general como el sol que se eleva y la lluvia que cae.

Y Juan 3.16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” En otras palabras, podemos ofrecer vida eterna a toda persona sobre este planeta que ponga su fe en Jesús, el Hijo de Dios. Fue el amor de Dios quien envió a Su Hijo para que esa propuesta pudiera ser hecha al mundo.

De manera que al menos de estas dos formas el amor de Dios es amplio y general: Él sostiene al mundo incrédulo con sol y lluvia, y ofrece vida eterna, al precio de Su propio Hijo, a cualquiera que crea.

El Amor de Dios para sus Llamados

Pero ¿es eso todo lo que Pablo quiere decir en Romanos 1.7 cuando escribe: “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios”? ¿No suena como si estuviera diciendo: “Entre todas las personas que viven en Roma, escribo a los que son amados por Dios”? En otras palabras, ¿No suena como si dijera que aquellos llamados por Dios a pertenecer a Jesucristo son amados por Dios de un modo especial? No amados simplemente, porque cualquiera en Roma es también amado por Dios. Si escribo una carta a Noel y digo: “Te escribo, mi amada Noel, sé fuerte y anímate por la gracia de Dios”, ¿Diría alguien realmente, que la razón por la que le llamo “amada” es porque amo a cada mujer de la manera que un cristiano debería y, como Noel es una mujer, también es amada por el Pastor John, porque él ama a todas las mujeres? No, nadie diría eso. Más bien, si digo, “A mi amada Noelia”, todos asumirían que tengo un amor especial por Noelia.

No creo que Pablo quiera que perdamos esta realidad en Romanos 1.7. No creo que él quiera que ustedes, cristianos, digan “Dios me llama ‘amado’ porque ama a todos igual, y, como soy parte de todos, soy también amado. Eso no es lo que el verso 7 significa. Pablo dice: yo escribo “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios”. Pero no se refiere a todos en Roma. Él está escribiendo a aquellos que son “los llamados de Jesucristo”. De manera que el amor que tiene en mente aquí debe ser diferente al amor que tiene Dios por todos en Roma –tal como yo tendría un amor diferente cuando digo: “a mi amada Noel”. No quiero decir que en mi corazón no hay amor para otras personas. Quiero decir que tengo un amor especial por Noel. Tengo un amor pactado con Noel. Yo escojo a Noel para que sea mi esposa. Y hago un pacto con ella. Y lo sellamos con votos sagrados. Y Dios lo sella en el cielo (Mateo 19.6). Y ahora el amor entre Noel y yo es totalmente diferente del amor que yo tengo por otra mujer u hombre. Aunque hubiera otras personas por las que estaría dispuesto a morir.

Dije, quiero acrecentar su visión del amor de Dios. No quiero minimizarla. En otras palabras, si puedo persuadirles de que Dios ama a “los llamados de Jesucristo” con un amor especial y prometido, no quisiera que usted terminara pensando que Él es menos amoroso de lo que sería si solo amara al mundo de manera general y equitativa sin hacer un pacto con su novia, la iglesia. Quiero declarar, a partir de la Escritura, que Dios mantiene su amor por todo el mundo, pero escoge a su esposa, “los llamados de Jesucristo”, y le ama (¡a usted cristiano!) con un amor prometido, especial y precioso.

El Amor de Dios que Pone el Temor de Dios en el Corazón

Ahora, creo que esto está implícito en la misma expresión del verso 7: “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios”. Pero usted pudiera no verlo tan claramente aquí. Así que déjeme darle una mejor imagen bíblica muy brevemente.

En el Antiguo Testamento, Dios prometió que algún día haría lo que llamó un “nuevo pacto” con su pueblo (Jeremías 31.31), un pacto eterno. Y lo maravilloso de este pacto es que el amor de Dios no solo ofrece seguridad a las personas, sino que también ofrece promesas para mantenerles a salvo de la destrucción. Así, en Jeremías 32.40, por ejemplo, Dios promete: “haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí.”

¿Ve usted qué tipo de amor es este? Esto es más que el amor general de invitación y oferta. Este es un amor que “pone el temor de Dios en el corazón” (similar a 2da a los Corintios 4.6). Este es el tipo de amor que funciona poderosamente, “para que no nos apartemos de Dios”. Este no es un amor general para todos. Es un amor especial que pone el temor de Dios en nuestros corazones y nos protege de alejarnos. Este es el nuevo pacto.

Ahora, cuando Jesús viene al mundo, él viene para morir y obtener, con su sangre, los privilegios de este nuevo pacto para nosotros. Así en Lucas 22.20, Jesús dice, en la Última Cena, “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros es derramada”. Por tanto, la sangre de Jesús de una manera muy especial, fue derramada para asegurar las promesas de Jeremías 32.40 –que Dios pondrá Su temor en nuestros corazones y nos guardará de apartarnos de Él. Este es un amor muy especial y precioso. A éste usted debería alimentar diariamente. Es dulce y fuerte. Conocer que se es amado de esta manera es el mismo corazón de la seguridad cristiana. Que Dios me ha llamado, que ha brillado en mi corazón para darme la luz del evangelio de la gloria de Cristo, y que él obrará omnipotentemente para guardarme para su gloria eterna –esto es lo que significa ser “los amados de Dios”.

“¿Quién nos separará del amor de Cristo?”

Veamos esto ilustrado en Romanos 8. En el verso 35 Pablo pregunta, “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” En otras palabras, “¿Hay alguna manera de que Jeremías 32.40 y su nuevo pacto sea roto o anulado en la vida de los “llamados de Jesucristo”? (vea Romanos 8.30) Recuerde, en Jeremías 32.40 Dios prometió que trabajaría en Su gente “para que no se aparten de mí”. Esto es lo que Pablo responde aquí.

Él pregunta en Romanos 8.35, ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? [¿Nos separarán del amor de Cristo?] Y responde en el verso 37. “[No, antes] en todas estas cosas somos más que vencedores”. Note que es lo que nos guarda de ser separados del amor de Cristo: somos guardados de la separación “por medio de aquel que nos amó.” Entonces el verso 35 pregunta, “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” y el verso 37 responde: ¡Nada nos separará! Y la razón dada es que nosotros abrumadoramente conquistamos “por medio de aquel que nos amó.” O para ponerlo simple y a secas: el amor de Dios nos guarda de ser separados del amor de Cristo. ¿Serán los llamados de Jesucristo separados de de Él? ¡No! ¿Por qué? ¡Porque Dios nos ama! El amor prometido de Dios triunfa preservando a los suyos.

Entonces, para confirmarlo de nuevo, Romanos 8.38-39 atribuye toda la victoria al poder guardador del amor de Dios en nuestras vidas: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” En otras palabras, el amor especial y prometido de Dios para nosotros triunfará sobre cualquier cosa que trate de destruir nuestra fe y nos aparte de Dios.

Este no es el amor general de Dios que ofrece vida eterna al mundo, ni es el amor sustentador de Dios que da sol y lluvia aún a sus enemigos. Este es el amor de Dios para su esposa, su pueblo escogido. Él nos llama de muerte a vida, y nos guarda de apartarnos. Y, como Romanos 8.30 dice, él nos glorifica. “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” Este es el nuevo amor prometido de Dios “y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí.”

Esto es lo que Pablo quiere decir en Romanos 1.7 cuando dice: “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios” Y es lo que Dios quiere expresar cuando les dice a ustedes cristianos hoy: ustedes son los llamados de Jesucristo, son mis amados. Los he escogido para mí mismo. Los he llamado, los he justificado, los he guardado, haré en ustedes lo que es agradable delante de mí. (Hebreos 13.21). Nada los separará de mí, porque les amo con un amor eterno. Ustedes son mis amados.

Oh, que Dios les concediera conocer este amor. Aférrese a él. Degústelo, descanse en él. Sea liberado y transformado, tómelo a riesgo. Y consuma el resto de su vida encomendándolo a todos los que usted conoce. Y si todavía no le conoce, recíbalo ahora. ¿No está Dios ahora mismo hablando a su corazón? ¿No está Él ahora mismo mostrándole la belleza y verdad de Cristo quien murió por los pecadores para que todo el que crea en Él pueda ser salvo? Créale. Le insto en nombre de Dios, ¡crea en Su Hijo!

Fin

Textos que enlazan el amor de Dios con la elección: Colosenses 3.12, 1ra a los Tesalonicenses 1.3; 2da a los Tesalonicenses 2.13.

Textos que enlazan el amor de Dios con la gracia soberana en la conversión: Efesios 2.4-5.

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