La conquista de Canaán

Después de vagar en el desierto por 40 años, el pueblo de Israel llegó finalmente a las llanuras de Moab, en el lado este del río Jordán, opuesto a Jericó. Y aquí se describe una de las escenas más tristes de toda la Biblia, al final de Deuteronomio.

El cántico y pesar de Moisés

Moisés tenía 120 años "no se habían apagado sus ojos, ni había perdido su vigor" (Deuteronomio 34:7), y era profundamente amado por todo el pueblo. Había sido su libertador, su general, su legislador, su abogado ante Dios, profeta, guía, inspiración, juez, y pastor por más de 40 años. También era un escritor de canciones. (¡Mientras más cerca está usted de Dios, más impulso siente usted de escribir canciones!) En Deuteronomio 32 leemos su última canción.

Oíd, oh cielos, y dejadme hablar; y escuche la tierra las palabras de mi boca. Caiga como la lluvia mi enseñanza, y destile como el rocío mi discurso, como llovizna sobre el verde prado y como aguacero sobre la hierba. Porque yo proclamo el nombre del Señor; atribuid grandeza a nuestro Dios. ¡La Roca! Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es El.

Y así continúa durante 43 versículos. Quizá no implique mucho que un joven pastor diga: "Atribuid grandeza a nuestro Dios. Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos. Él se ha mostrado fiel durante todos mis días". Pero cuando un veterano de 120 años canta sus alabanzas, el pueblo escucha.

Pero lo que dio tristeza a ese día fue lo que ocurrió cuando terminó la canción. En Deuteronomio 32:48, leemos:

En aquel mismo día, habló el Señor a Moisés, diciendo: Sube a estos montes de Abarim, al monte Nebo, que está en la tierra de Moab frente a Jericó, y mira hacia la tierra de Canaán, la cual doy a los hijos de Israel en posesión. Morirás en el monte al cual subes, y serás reunido a tu pueblo, así como murió tu hermano Aarón sobre el monte Hor, y fue reunido a su pueblo; porque me fuisteis infieles en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin, porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel. Por tanto, sólo de lejos verás la tierra, pero allí no entrarás, a la tierra que doy a los hijos de Israel

Veo a un anciano escalando al monte Nebo con la espalda derecha, un rostro bronceado y fuerte, ojos claros, y pelo blanco. Y mientras escala, el campamento de sus amados israelíes se hace más y más pequeño al este; y al oeste (más allá del Jordán) la Tierra Prometida se extiende alargándose más y más. Le veo en la cima del pico Pisgah mirando hacia el oeste, solo con Dios, al final de uno de los ministerios más grandiosos que el mundo ha visto alguna vez, el viento sopla sobre su pelo blanco, y las lágrimas de arrepentimiento descienden por su rostro. Y me pregunto: "Mi Dios, ¿cuántas conquistas de gozo he perdido mediante la desobediencia?"

La historia se cuenta en Números 20. Unos 40 años antes, Dios había dicho a Moisés y a Aarón: "hablad a la peña a la vista de ellos, para que la peña dé su agua. Así sacarás para ellos agua de la peña" (v.8). Pero "Moisés levantó su mano y golpeó la peña dos veces con su vara". Y el Señor dijo a Moisés y a Aarón: Porque vosotros no me creísteis a fin de tratarme como santo ante los ojos de los hijos de Israel, por tanto no conduciréis a este pueblo a la tierra que les he dado" (v.12). Y así murió Moisés en la tierra de Moab, según la palabra del Señor, y el pueblo lloró a Moisés durante 30 días.

Israel cruza el Jordán

Y el manto del liderazgo pasó a Josué, hijo de Nun, líder de las fuerzas militares de Israel (Éxodo 17:8), y asistente personal de Moisés (Éxodo 33:11; Josué 1:1). Pasó el dolor y comienzó a crecer la emoción: el Señor está a punto de dar cumplimiento de su promesa centenaria a Abraham, Isaac, y Jacob, una tierra en la que servirán a Dios sin temor, en santidad y justicia durante todos sus días (Lucas 1:73-75). Y justo del mismo modo en que Dios sacara al pueblo de la tierra de esclavitud mediante la división del Mar Rojo, así les trae a la tierra de la promesa dividiendo el Río Jordán. No había ejércitos persiguiendo a Israel en esta ocasión, como en Egipto. Podrían haber construido balsas o botes y tomarse su tiempo, pero Dios tenía tres propósitos que cumplir al dividir el río Jordán.

Primero, confirmar a Josué como sucesor autorizado de Moisés. Dice, en Josué 3:7: "Hoy comenzaré a exaltarte a los ojos de todo Israel, para que sepan que tal como estuve con Moisés, estaré contigo". Segundo, Dios quería fortalecer la fe del pueblo, de que estaría con ellos y les daría victoria en las batallas venideras. Josué 3:10: "En esto conoceréis que el Dios vivo está entre vosotros, y que ciertamente expulsará de delante de vosotros a los cananeos, a los heteos, a los heveos, a los ferezeos, a los gergeseos, a los amorreos y a los jebuseos". Y el tercer propósito para traer a su pueblo a través del Jordán sobre tierra seca, era acobardar los corazones de los enemigos. Josué 5:1: "Y aconteció que cuando todos los reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán hacia el occidente, y todos los reyes de los cananeos que estaban junto al mar, oyeron cómo el Señor había secado las aguas del Jordán delante de los hijos de Israel hasta que ellos habían pasado, sus corazones se acobardaron, y ya no había aliento en ellos".

Para asegurarse de que el pueblo viara este milagro como un acto de su Dios santo, del Dios legislador del Sinaí, los sacerdotes inciaron el paso del río, llevando el Arca del Pacto, y se pararon en medio del lecho del río con el Arca del Pacto hasta que todo Israel cruzó. El Arca del Pacto era la pieza más santa de entre los muebles del tabernáculo. Contenía las dos tablas del pacto de Sinaí, y era la caja sobre la cual Dios se reunía y hablaba con Moisés. Por tanto, mientras los israelitas caminaban mediante este Arca en medio del Jordán, con las aguas apiladas detrás de ellos, tendrían que pensar: "Este es el Dios que nos dio la ley; esto es lo que puede hacer por quienes confían en Él y caminan según Sus mandamientos. ¡Cuán necios seríamos de romper alguna vez Su pacto, si es que guardándolo podemos tener este tipo de poder de nuestro lado!".

Una vez del otro lado del Jordán, Israel acampó en Gilgal. Todos los varones que habían nacido después del éxodo fueron circuncidados en un acto de consagración nacional al Señor. Entonces el pueblo celebró la Pascua, y al día siguiente cesó el maná, y todo el pueblo comió del fruto de la tierra (Josué 5:2-12). Podemos imaginar que los tímidos del pueblo dirían aun en las llanuras de Moab: "Bueno, todavía podemos regresar a Egipto si las cosas no funcionan". Pero ya no más. El Jordán estaba cerrado detrás de ellos; el maná había cesado; y ante ellos estaba Jericó. La única opción ahora es conquistar según la palabra del Señor o ser aniquilados como un pueblo. Ésa es una buena posición donde estar. Simplemente ayuda a ver más claramente qué es lo que siempre está en riesgo al obedecer o desobedecer a Dios.

La conquista de Canaán

La historia de la conquista es narrada en el libro de Josué. Puede ser resumida de esta forma: Jericó cae en el capítulo 6. Luego, después de un breve contratiempo debido a la desobediencia de Acán, Hai es capturada en el capítulo 7. Entonces, con Gigal como base, Josué somete todo el sur de Canaán en Josué 9-10, y todo el norte, en Josué 11. En los capítulos 13-21, la tierra es dividida entre las tribus de Israel. El clímax llega en Josué 21:43, con estas palabras:

De esa manera el Señor dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella. Y el Señor les dio reposo en derredor, conforme a todo lo que había jurado a sus padres; y ninguno de sus enemigos pudo hacerles frente; el Señor entregó a todos sus enemigos en sus manos. No faltó ni una palabra de las buenas promesas que el Señor había hecho a la casa de Israel; todas se cumplieron.

El libro de Josué termina con una nota triunfante. Pero hay premoniciones de problemas en el futuro, porque, incluso cuando todas las naciones han sido sometidas, e Israel disfrutaba de un reposo, había remanentes de las naciones impías aún en Canaán, y Josué había advertido al pueblo antes de morir: "Tened sumo cuidado, por vuestra vida, de amar al Señor vuestro Dios. Porque si os volvéis, y os unís al resto de estos pueblos que permanecen entre vosotros,. . . ciertamente sabed que el Señor vuestro Dios no continuará expulsando a estas naciones de delante de vosotros" (Josué 23:11-13).

La ignorancia de la siguiente generación

Cuando comienza el libro de Jueces, sentimos inmediatamente una atmósfera diferente, y nos preparamos para lo peor. Josué muere, y Jueces 2:10 nos dice amenazante: "También toda aquella generación fue reunida a sus padres; y se levantó otra generación después de ellos que no conocía al Señor, ni la obra que El había hecho por Israel. Entonces los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos del Señor y sirvieron a los baales".

No puedo evitar hacer una pausa aquí para aplicar esta trágica palabra a nosotros, padres. ¿Cómo es que surgió una generación en Israel que no conocía la obra que el Señor había hecho por Israel? Solo podría haber sucedido porque los padres y madres ignoraron las enseñanzas de Moisés (Deuteronomio 6:7; 11:19), y se negaron a hablar a sus niños de las obras poderosas de Dios "cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes". Padres (y aquí me amonesto ante todo, porque mi agenda es una terrible amenaza a la obediencia en este aspecto), escuchen la palabra del Señor:

Porque El estableció un testimonio en Jacob, y puso una ley en Israel, la cual ordenó a nuestros padres que enseñaran a sus hijos; para que la generación venidera lo supiera, aun los hijos que habían de nacer; y éstos se levantaran y lo contaran a sus hijos, para que ellos pusieran su confianza en Dios, y no se olvidaran de las obras de Dios, sino que guardaran sus mandamientos. (Salmo 78:5-7).

Padres, ¿dedican ustedes 10 o 15 minutos al día con sus hijos a enumerar las grandes obras que Dios ha hecho por Su pueblo y a extraer lecciones para la vida? ¿Tienen ustedes una gran Biblia gruesa de historias (como el Hurlbut's Story of the Bible) que reduce las historias hasta sus puntos más esenciales y exactos? Debemos recordar esto, no importa cuántas conquistas de fe podamos estar disfrutando, si no estamos enseñando a nuestros hijos las grandes obras del Señor y las grandes doctrinas de la fe, estamos preparándolos para servir a los baales. Y el Señor nos pedirá cuenta por ello, no a Dan o Shirley o a Velma o a Sandy o a Joan o a Judy o a Tom o a Carl o a otro maestro de mis hijos. Yo soy su padre por destino divino, y por tanto, junto a Noël, soy responsable de garantizar que no olviden al Señor o a las grandes obras que ha hecho por Su pueblo a través de la historia redentora. Una de mis esperanzas en esta serie sobre la historia redentora, es que todos ustedes se sientan estimulados a excavar en la Palabra de Dios para ustedes mismos y para sus hijos.

¿Cómo es que la conquista de Canaán fue justa?

Ahora, regresemos a este gran evento de la historia redentora (la conquista de Canaán), y tratemos de responder algunas preguntas perturbadoras que espero que nos guíen más profundamente hacia los propósitos y lecciones de Dios para nosotros. La primera pregunta es esta: ¿Cómo puede ser justificada esta agresión no-provocada de un poder extranjero contra los canaanitas, incluso hasta el punto de ser una causa por la cual adorar a Dios? Si una nación hiciera hoy lo que hizo Israel en la conquista de Canaán, nos opondríamos con todas nuestras fuerzas. La respuesta, creo, tiene tres partes.

Primero, el período de la historia redentora desde el éxodo hasta la encarnación, desde Moisés hasta Jesús, es único. En este período la voluntad de Dios era que Su pueblo tuviera una forma nacional, con un territorio. Él quería que fuera un cuerpo político, y no solo un cuerpo religioso. De este modo, Dios tipificaba que el territorio era Suyo y prefiguraba que un día Su pueblo heredaría toda la Tierra. Y al darle a Su pueblo la forma de una nación durante un período de la historia, aseguró para ellos una prominencia que garantizaba que las lecciones que quería enseñar mediante ellos fueran conocidas en todo el mundo. No fue así antes de Moisés y después de Jesús. Abraham y a sus descendientes fueron peregrinos y exiliados y no tenían identidad nacional política. Y desde Cristo, la iglesia es el pueblo de Dios, el verdadero Israel, y no tiene forma nacional, sino que también, como Abraham, es descrito como un pueblo de extranjeros, exiliados, y peregrinos (1ra de Pedro 1:1, 17; 2:11; Hebreos 11:13-16; 13:14). Por tanto, ninguna nación puede reclamar ser hoy el pueblo de Dios como lo fue Israel y presumir ejecutar los juicios históricos de Dios.

La segunda parte de la respuesta es que, como pueblo único de Dios, las hazañas de Israel no fueron sus logros, sino los logros de Dios. Dios era su comandante en jefe. Él dio todas las órdenes, y Él mismo peleó por ellos (Josué 6:16; 11:20; 23:10). Cuando actuaron en contra de Sus órdenes, fueron derrotados (Números 14:39-45; Josué 7:1-5). Por tanto, debemos concebir a Israel como el arma del Señor, el instrumento mediante el cuál Él lograba Sus juicios históricos sobre las naciones.

Ésto nos lleva a la tercera parte de la respuesta, a saber, que la destrucción de las naciones de Canaán, no era solo para hacer un lugar para Israel, también era un juicio por la maldad de esas naciones. Moisés había advertido a Israel en Deuteronomio 9:4, 5:

No digas en tu corazón cuando el Señor tu Dios los haya echado de delante de ti: “Por mi justicia el Señor me ha hecho entrar para poseer esta tierra”, sino que es a causa de la maldad de estas naciones que el Señor las expulsa de delante de ti. No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón que vas a poseer su tierra, sino que por la maldad de estas naciones el Señor tu Dios las expulsa de delante de ti, para confirmar el pacto que el Señor juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.

Por tanto, pienso que si mantenemos estas tres observaciones en mente, podremos ver la conquista de Canaán como una gran demostración de la santidad y fidelidad de Dios: primero, en el período desde Moisés hasta Jesús el pueblo de Dios es un cuerpo político-nacional y también un cuerpo religioso; segundo, Dios es quien pelea a través de Israel, es decir la conquista no es un simple acto de agresión humana; tercero, la conquista es un juicio divino por la idolatría y maldad de las naciones de Canaán.

¿De qué dependía la conquista de Canaán?

La segunda pregunta a formular es si la conquista de Canaán dependía o no de la obediencia de Israel. Esta pregunta está estrechamente relacionada con la pregunta de si el pacto abrahámico era condicional, pues ese pacto incluía la promesa de la tierra, y la conquista es descrita (en Deuteronomio 9:5), como el cumplimiento de ése pacto. Por un lado, Moisés dice: "No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón que vas a poseer su tierra" (Deuteronomio 9:5). Por otro lado Moisés dice: "Y harás lo que es justo y bueno a los ojos del Señor, para que te vaya bien, y para que entres y tomes posesión de la buena tierra que el Señor juró que daría a tus padres" (Deuteronomio 6:18). Del mismo modo, Dios dice a Josué: "Solamente sé fuerte y muy valiente; cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó; no te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas" (Josué 1:7).

Estos textos parecen encajar diciendo: no habrá conquista sin obediencia. Dios no peleará por un pueblo que pelea en Su contra. A fin de tener éxito, Josué y el pueblo deben ser valientes en Dios y obedecer Sus mandamientos. Pero cuando esto sucede, y la conquista tenga éxito, que el pueblo no se jacte y diga: "Fue por mi justicia que Dios expulsó a las naciones". Por que, mucho antes de que hubiera justicia en Josué y en el pueblo que él guió, Dios había visto la maldad de esas naciones y se había propuesto destruirlas, y había hecho la promesa a Abraham y se había propuesto cumplirla. La conquista de Canaán había sido decretada antes de que hubiera habido justicia alguna en Israel. Era parte de las promesas seguras a Abraham. Ninguna generación de Israel podría presumir que fue la destinada a la conquista. Si alguna generación en Israel hubiera tratado de decir que era la destinada para la conquista, Dios podría haber dicho simplemente: "Morirás en el desierto y levantaré otra generación, hasta que haya un pueblo que confíe en mi misericordia y en mi poder soberano, antes que en sus propios méritos".

Así que parece que hay un sentido en el que la obediencia de Israel es la condición para la conquista, y un sentido en que no lo es. No lo es en el sentido de que la conquista ya está decretada, y la conquista es segura como parte del pacto de Abraham. Así que ninguna obediencia del pueblo impulsó a Dios a hacer esta obra. Pero la obediencia de Israel es la condición de la conquista en el sentido de que quien participe en este evento decretado por misericordia, será quien sea valiente en la fe y en la obediencia. Si Josué y su pueblo hubieran fallado, habrían sido rechazados y Dios habría comenzado de nuevo con otra generación.

La desobediencia de Acán en Josué 7 es una ilustración de cómo la obediencia de la fe era una condición para una conquista exitosa. Israel fue derrotado en Hai porque Acán desobedeció el mandamiento a destruirlo todo. Dijo: "cuando vi entre el botín un hermoso manto de Sinar y doscientos siclos de plata y una barra de oro del peso de cincuenta siclos, los codicié y los tomé" (Josué 7:21). En otras palabras, Acán dejó de confiar en que el camino de Dios era el mejor y de mayor recompensa, y así su deseo por la felicidad que podría obtener del oro y la plata se volvió más fuerte que su deseo de seguir a Dios y obedecer Sus mandamientos. Esta actitud de codicia deshonró tanto a Dios que Dios rehusó pelear por Israel hasta que el asunto fuera rectificado. Por tanto, la condición para una conquista exitosa era la fe en la sabiduría y el amor y el poder del Comandante en Jefe Divino. Esta fe nos guía obviamente hacia la obediencia de sus mandamientos divinos, y así la obediencia de la fe es la condición de una conquista exitosa. Este tipo de condicionalidad es la que vemos en el pacto de Abraham, y es la que vemos también en el nuevo pacto.

¿Cómo es que la conquista de Canaán señala hacia el futuro?

Una última pregunta que hacer sobre la conquista de Canaán por Israel es cómo es que señala hacia el futuro. Aquí no somos abandonados a nuestra propia deducción, porque el escritor a los Hebreos en Nuevo Testamento ya ha visto verdades muy profundas. Permítanme, sin leer todo Hebreos 4, tratar de hacer para ustedes lo que él hace para sus lectores. Primero que todo él nota, en Josué 21:44 y 23:1, que "Y el Señor les dio reposo en derredor, conforme a todo lo que había jurado a sus padres". El reposo (la paz, el descanso, la libertad apacible de cualquier asalto) era parte de la esperanza del Antiguo Testamento. Y aquí estaba al fin. Y sin embargo, el escritor a los Hebreos vio también que este reposo era imperfecto y pasajero. Los enemigos se escondían en la tierra, y pronto el pueblo cayó en idolatría. Difícilmente este sea el grandioso y cumplimiento final de la promesa a Abraham. Por tanto, los poderosos actos de Dios que llevaron tan lejos a Israel, son un cumplimiento parcial de la promesa, pero al mismo tiempo, señalan más allá de este reposo hacia otro reposo perfecto que aún queda para el pueblo de Dios. La conquista de Canaán se convierte en un tipo o prefigura de algo mayor que vendrá.

El escritor a los Hebreos encuentra una confirmación de esta esperanza en el Salmo 95:7-11. Él ve el ruego, en el versículo 7: "Si oís hoy su voz". No sean como la generación incrédula que murió en el desierto, a quienes el Señor juró que nunca entrarían en Su reposo (Salmo 95:11). Pero vea lo que esto implica. Si el salmista dice: "No sean como quienes fueron excluidos del reposo de Dios", sino "escuchen hoy su voz y no endurezcan sus corazones", entonces esto implica que el reposo de Dios, incluso después de muchos cientos de años, está aún abierto y disponible para quienes escuchan con fe. Cuando el escritor a los Hebreos ve este detalle y añade que ninguna experiencia de Israel, desde el tiempo de David hasta la actualidad, podría ser comparada con el reposo prometido de Dios, concluye que, por tanto, el reposo prometido a Abraham y probado después de la conquista de Canaán está aún disponible para quienes tienen la obediencia de la fe. Así es como lo dice en Hebreos 4:5-11:

Y otra vez en este pasaje [Dios dice]: no entrarán en mi reposo. Por tanto, puesto que todavía falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes antes se les anunció la buena nueva no entraron por causa de su desobediencia, Dios otra vez fija un día: Hoy. Diciendo por medio de David después de mucho tiempo, como se ha dicho antes: Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Porque si Josué les hubiera dado reposo, Dios no habría hablado de otro día después de ése. Queda, por tanto, un reposo sagrado para el pueblo de Dios. . . Por tanto, esforcémonos por entrar en ese reposo, no sea que alguno caiga siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia

Y ahora recuerde: "Por consiguiente, sabed que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham" (Gálatas 3:7). Y si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa (Gálatas 3:29). Así que la promesa es para ustedes: "Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar [reposo]" (Mateo 11:28), es un anticipo "hoy" en la paz que sobrepasa todo entendimiento y luego, en el siglo venidero, será el reposo perfecto en un nuevo cielo y una nueva tierra, una tierra prometida libre de enemigos y del pecado y del dolor y el temor y la culpa y el llanto.

Y de esto podemos estar seguros: si el viejo Josué fue victorioso sobre los enemigos de Dios, entonces ¿cuánto más el nuevo Josué (Josué y Jesús son el mismo nombre, ¿saben?)? Todo sobre la conquista de Canaán fue escrito por nuestro bien, a fin de que tuviéramos esperanza. En todas esas situaciones vemos reflejada, veladamente, la conquista de Jesús sobre Satanás y el pecado y la muerte y el infierno. Con el golpe dado en Calvario, sabemos que la victoria es nuestra. Por tanto: "esforcémonos por entrar en ese reposo, no sea que alguno caiga siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia" Por que si mostramos la misma solicitud firme hasta el fin, el profundo río de la muerte se abrirá ante nosotros, y Jesús nos llevará sobre Sí y hacia la tierra seca, hacia la tierra donde todo es paz.

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