El surgimiento del pecado y la miseria

La historia bíblica es incomprensible sin la doctrina de la creación. El registro de eventos, desde Adán y Eva, a través de toda la historia de Israel, la venida de Cristo, el surgimiento de la iglesia, y la consumación venidera carecen de sentido sin esta verdad: Dios el Padre, a través de la gestión del Hijo, creó todo lo que existe, desde la nada, mediante Su palabra de mandamiento y, por esta misma palabra, sostiene también todas las cosas, de modo que el surgimiento de cada nuevo ser es Su creación particular.

La historia bíblica no tiene sentido sin esta verdad porque toda historia bíblica es un registro de Dios actuando en y sobre la historia como Dueño de todo lo que existe. Él somete la creación a vanidad (Romanos 8:20); Él dispersa a las naciones sobre toda la faz de la tierra, determinando sus tiempos señalados y los límites de su habitación (Hechos 17:26), Él elige a un pueblo y le hace la promesa irrevocable de darle una tierra y una gran posteridad (Génesis 12:1-3; 15:5; 17:8); y envía hambre o prosperidad (2do de Reyes 8:1; Salmo 105:16); Él da vida y la quita (Job 1:21); Él levanta un rey y quita otro (Daniel 2:21); Él trae a cumplimiento todo tiempo, envía a Su Hijo al mundo, trae a Su Hijo a la cruz según Su propio plan y conocimiento previo (Hechos 2:23; 4:28); le resucita, edifica Su iglesia y un día vendrá en esplendor inimaginable para salvar y juzgar, de modo que el conocimiento de Su gloria llenará la Tierra como las aguas cubren el mar.

La historia bíblica es el registro de un Dios quien actúa como Dueño, quien asume derechos absolutos sobre el mundo y las naciones y los individuos, quien tiene un propósito y plan para el mundo, y que no será frustrado (Isaías 46:9,10). Por tanto, la historia bíblica carece de sentido sin la doctrina de la creación. Es la historia de un Creador cuyo propósito es mostrar en la historia el diamante multifacético de Su sabiduría (Efesios 3:10), poder (Éxodo 14:4), ira (Romanos 9:22), y misericordia (Romanos 11:32). Es por esto que la semana pasada establecimos el fundamento del poder creador de Dios.

La doctrina del pecado original

Pero ahora hay otra realidad, otra doctrina, sin la que la historia del mundo y de la obra de Dios carecen de sentido. Esta es la realidad del pecado y la miseria, la verdad que a menudo es llamada la doctrina del pecado original. La doctrina es esta: Toda persona, en todas partes y en todos los tiempos, desde la caída de nuestros primeros padres en pecado, tiene una depravación innata de corazón, que le guía a pecar tan pronto como puede; y esta condición universal de la humanidad se debe a la desobediencia de Adán y al juicio de Dios sobre esa desobediencia.

Hay dos elementos claros en la historia: uno es que Dios es el Creador del mundo y tiene el derecho y poder para usarlo para Su gloria; el otro es que "todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios" (Romanos 3:23). Cuando estas dos verdades son unidas, emerge la historia redentora, la historia de la obra Dios, redentora, reclamadora, renovadora, salvadora. La realidad del pecado y la miseria hace necesaria la redención. La realidad del poder y los derechos de Dios sobre Su creación hace que sea posible la redención, incluso segura. Cuando estas dos verdades son vistas con claridad, entonces la mente está lista para comprender la historia de la redención. La semana pasada vimos la creación. Hoy miraremos el surgimiento del pecado y la miseria. No desde un interés simplemente intelectual o psicológico, sino porque, si lo que la Biblia dice es cierto, entonces todos hemos deshonrado tanto a nuestro Creador mediante nuestro pecado, que estamos bajo eterna condenación, a menos que encontremos perdón en el Redentor y lo convirtamos en nuestra vocación para resistir el pecado mediante Su poder. Conocer la extensión, origen, naturaleza, y consecuencias del pecado no solo nos ayuda a comprender la historia, más importante, nos hará huir urgentemente a Cristo (Hebreos 10:19-22), y nos hará devotos a la santidad sin la que nadie será salvo (Hebreos 12:14).

Hay cinco elementos sobre el pecado que quiero que veamos en la Biblia en esta mañana: el poder del pecado sobre toda persona en su condición natural, el origen del pecado en el mundo, la esencia o naturaleza del pecado, la consecuencia del pecado, y finalmente (no queriendo que alguien tenga que esperar hasta la navidad) el remedio divino para el pecado. Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios. Es el mejor diagnóstico de la condición humana que ha sido alguna vez escrito. Quiera Dios ayudarnos a escuchar con nuestras mentes y corazones y a seguir hasta el fin su terapia redentora.

Todos los hombres están bajo el poder del pecado

Toda la Biblia testifica implícita o explícitamente que cada persona es pecadora: 1ro de Reyes 8:46: "no hay hombre que no peque"; Eclesiastés 7:20: "Ciertamente no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque"; Salmo 143:1,2: "Oh Señor, escucha mi oración. . . y no entres en juicio con tu siervo, porque no es justo delante de ti ningún viviente"; Romanos 3:23: "porque no hay distinción; por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios". ¿Es casualidad que todas las personas pequen en todas partes? ¿O es una convincente evidencia de que todas las personas tienen una depravación innata de corazón que les inclina a pecar? En la página editorial del Tribune del viernes pasado, Ellen Goodman meditó en la encuesta que dice que el 68% de los norteamericanos esperan que estemos en guerra en los próximos años. Ella escribió:

Como los estudiantes de historia que estudian la saga humana usando a la guerra como la característica notable, como la cronología, como el clímax de cada época; la paz parece algunas veces, en nuestra desesperación, solo la preparación para otra guerra. Así que hoy incluso nos preguntamos si hay una falta intrínseca en el carácter humano, si todos somos como niños de guarderías quienes siguen edificando torres y destruyéndolas para edificarlas y destruirlas de nuevo.

Ella terminó con una cita de Albert Einstein: "La división del átomo ha cambiado todo menos el modo de pensar humano. . . así nos dejamos llevar hacia una catástrofe sin paralelos". Sea que Einstein pensó que este fatal "modo de pensar" era parte de la naturaleza humana o no, Ellen Goodman solo puede "preguntarse si hay una falta intrínseca en el carácter humano". (Quizá con un nombre como Goodman [que significa Buenhombre en inglés] es lo más lejos que usted podría llegar). Pero quienes aceptan el testimonio de las Escrituras han dejado de preguntarse. Hay, ciertamente, una falta intrínseca en todo carácter humano.

No solo todos los hombres pecan. Lo hacen porque están bajo el poder del pecado (Romanos 3:9). No es casualidad que la probabilidad estadística de que una persona peque sea del 100% y que ha habido solo una excepción (Jesús). Pecamos por quienes somos, porque nuestra naturaleza está corrupta, nuestros corazones están depravados. Hay una falta fatal en el carácter humano. Así es como Pablo lo expresa en Efesios 2:1-3. Él explica que sin Cristo, todos están "muertos en vuestros delitos y pecados"; son "hijos de desobediencia". "Entre los cuales", dice, "también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás". "Por naturaleza hijos de ira". Cada uno de nosotros tiene un corazón depravado, una corrupción natural de la voluntad. Jeremías se refería a todos cuando dijo: "Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá? (17:9). Y David no exageró poéticamente cuando se lamentó por su propia impureza con estas palabras: "He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre" (Salmo 51:5).

Por tanto, Dios nos testifica en Su Palabra que toda persona peca, y al hacerlo toda persona actúa de acuerdo a una naturaleza pecaminosa. El corazón de cada hombre, mujer, y niño, está desesperadamente corrupto. Éso es lo primero que necesitamos ver sobre el pecado. ¡Y qué experiencia más descorazonadora y destructora de orgullos debiera ser! (Mientras escribía esa oración, ocurrió una interrupción y comencé a sentirme irritado e indignado: Pero entonces me salvó la verdad de esa oración. Mi consciencia dijo: "¿Quién crees que eres, Piper, para indignarte contra tu compañero por una irritación tan pequeña, cuando tu propio corazón está tan depravado que no solo has irritado a Dios, sino que has difamado la gloria de Dios cada día de tu vida? ¡Y sin embargo, vives!" ¿Ve usted el poder moral de la doctrina del pecado original cuando nos humilla ante Dios y ante los demás hombres?)

El origen del pecado

La pregunta inevitable en respuesta a esta verdad es: ¿De dónde provino todo este pecado y depravación? ¿Cómo es que caímos en este camino? La Biblia no nos da una respuesta final. Pero sí da una respuesta: en el Antiguo Testamento, Génesis 1-3; en el Nuevo Testamento, Romanos 5. Cuando Dios termina de crear al hombre y a la mujer en Su propia imagen, dice: "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera" (Génesis 1:31). Dios hizo al hombre bueno. No creó un hombre depravado. Además, la idea de Génesis 2 es que Dios proveyó todo lo que necesitaba el hombre para que su vida fuera rica y feliz. Él fue generoso con Su criatura, no reacio.

¿Cómo, entonces, se volvió el hombre depravado y el mundo miserable? La respuesta del Antiguo Testamento está en Génesis 3. En un momento de desobediencia catastrófica (y, en mi mente, inexplicable), Adán y Eva comieron del árbol prohibido del conocimiento del bien y el mal. Su inocencia se desvaneció, sus ojos fueron abiertos, y supieron que estaban desnudos (3:7). Y entonces, para que quedara claro la terrible magnitud de lo que ocurrió, el escritor no expone doctrina alguna; solo cuenta la terrible historia: los primeros amantes ahora se culpaban uno al otro (Génesis 3:12), las maldiciones de Dios cayeron sobre ellos, su primer hijo fue un asesino y fugitivo (Génesis 4), cuenta la arrogante venganza de Lamec (Génesis 4:23s), la letanía de cómo murieron los descendientes de Adán (en Génesis 5), el incremento de la maldad en todas partes hasta que el diluvio condenó al mundo (Génesis 6-8), e incluso después, la presunción del pueblo para edificar una torre hasta el cielo y hacerse un nombre para ellos mismos (Génesis 11:1-9).

Quedó para el apóstol Pablo (en Romanos 5:12-21) darnos la exposición divinamente inspirada de lo que ocurrió en Génesis 3.

Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron; pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa cuando no hay ley. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir

Pero no sucede con la dádiva como con la transgresión. Porque si por la transgresión de uno murieron los muchos, mucho más, la gracia de Dios y el don por la gracia de un hombre, Jesucristo, abundaron para los muchos. Tampoco sucede con el don como con lo que vino por medio de aquel que pecó; porque ciertamente el juicio surgió a causa de una transgresión, resultando en condenación; pero la dádiva surgió a causa de muchas transgresiones resultando en justificación. Porque si por la transgresión de uno, por éste reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por medio de uno, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.

Así pues, tal como por una transgresión resultó la condenación de todos los hombres, así también por un acto de justicia resultó la justificación de vida para todos los hombres. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos. Y la ley se introdujo para que abundara la transgresión, pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia, para que así como el pecado reinó en la muerte, así también la gracia reine por medio de la justicia para vida eterna, mediante Jesucristo nuestro Señor.

Algún día estudiaremos este pasaje en detalle. Pero ahora, al menos esto queda claro: versículo 12: "el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado"; versículo 15: "por la transgresión de uno murieron los muchos"; versículo 16: "el juicio surgió a causa de una transgresión, resultando en condenación"; versículo 17: "por la transgresión de uno, por éste reinó la muerte"; versículo 18: "por una transgresión resultó la condenación de todos los hombres"; versículo 19: "por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores". Hasta donde esto va, la enseñanza es clara: la universalidad del pecado y la miseria en el mundo se debe a la caída de nuestros primeros padres en desobediencia.

Los misterios del origen del pecado

Pero ahora hay dos razones por las que dije que la Biblia no da una respuesta final a la pregunta de cómo vino el pecado al mundo. Una es que incluso antes de la Caída encontramos una maldad, un tentador mentiroso en el Jardín del Edén, y no se dice palabra alguna sobre de dónde viene esta serpiente. El Nuevo Testamento identifica al tentador como Satanás (Apocalipsis 12:9), y se refiere de pasada a ángeles que abandonaron su posición (Judas 1:6), y cayeron bajo el juicio de Dios (2da de Pedro 2:4); pero nada se nos dice de cómo ocurrió el primer acto de pecado en el universo. Y para mí es un gran misterio por qué un ser angelical en la presencia de Dios dejaría alguna vez de deleitarse en Dios y comenzaría a buscar gozo en su propia autoestima. El origen supremo del pecado está envuelto en las tinieblas del pasado eterno. La segunda razón por la que dije que la respuesta de la Biblia es real pero no final, es que no nos dice cómo es transmitido el pecado de Adán a su posteridad. Simplemente se nos dice que lo es. Y la Biblia asume que confiaremos en la justicia de Dios. El que sea justo para Dios sujetar a todos los hombres a la condición de Adán, depende de que Dios, como Creador, tenga derecho derecho de establecer ese tipo de unidad entre Adán y su posteridad, que resulta en esa falta fatal que es transmitida de generación en generación. No tenemos tiempo en esta mañana para sondear más profundamente en los misterios de la responsabilidad moral y de determinación de Dios de sujetar a la humanidad al pecado y a la miseria.

Pero pienso que debieran decirse al menos dos verdades como señalizadores. Primero, Dios no añadió un principio malvado al hombre cuando cayó Adán. La depravación del corazón humano no se debe a una adición, sino a una privación. Con relación a la fuente de la depravación del corazón, Juan escribió: "la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo" (1ra de Juan 2:16). Me parece que lo que ocurrió en la Caída es que Dios extrajo del hombre la luz con la cual el hombre podría ver la gloriosa deseabilidad de Dios sobre todas las cosas. Sin esta luz, el hombre es solo un ser natural. Y como tal, todos sus deseos fueron absorbidos en tinieblas y fueron tras las cosas del mundo: el placer, el poder, la estima, el estatus. Dios no añadió estos deseos malvados; Él simplemente puso una distancia entre el hombre y la santa luz de Su gloria.

El otro señalizador es este: nuestra consciencia testifica, inerrante, que somos responsables ante Dios. Y nuestra experiencia testifica, inerrante, que somos corruptos ante Dios. Sabemos que tendemos a divagar lejos de Dios, debido a alguna falta fatal en nuestra naturaleza. Pero sabemos también con la misma certidumbre que somos responsables ante de Dios de no divagar. Quizás, mientras miramos veladamente a través de un espejo (1ra a los Corintios 13:12), no nos satisfaremos a nosotros mismos con el modo en que encajan estas dos verdades (nuestra responsabilidad y nuestra depravación natural). Quizá eso tenga que esperar. Pero cuando nuestra experiencia, nuestra consciencia, y la Santa Palabra de Dios se unen para enseñarnos estas verdades, hacemos bien en creer y ser humillados. Toda persona peca debido a la depravación de su corazón. Y toda persona vino al mundo con este corazón depravado porque Dios estableció una unidad entre Adán y Su posteridad, la que resulta en que esa falta fatal es pasada de generación en generación.

La naturaleza del pecado

Lo tercero que quiero que veamos sobre el pecado es su naturaleza o esencia. Hay algo muy importante que es pasado por alto cuando decimos solo que el primer pecado fue la desobediencia, comer del fruto prohibido. El árbol prohibido recibió un nombre porque representaba algo. Fue llamado el "árbol del conocimiento del bien y del mal" (Génesis 2:17). Ésa frase, el "árbol del conocimiento del bien y del mal" tiene un significado distintivo en el Antiguo Testamento. Se refiere a la habilidad de determinar por uno mismo qué es bueno y malo, qué es útil y dañino. En Génesis 3:5, 22, Dios tiene esta habilidad y derecho. En 1ro de Reyes 3:9, Salomón ora por ella para poder gobernar bien. En Deuteronomio 1:39, los niños aun no la tienen. En 2do de Samuel 19:35, las personas seniles la han perdido. El "conocimiento del bien y del mal" se refiere, por tanto, a la capacidad y derecho de decidir, por uno mismo, qué es bueno y qué es malo; qué es útil y qué es dañino. Por tanto, lo que Dios estaba prohibiendo no era un fruto arbitrario, sino lo que el fruto simbolizaba. Comer del "árbol del conocimiento del bien y del mal" significaría rechazar a Dios como el Padre todo-sabiduría, todo-cuidado que conoce qué es bueno para nosotros, y ponernos nosotros en Su lugar. Por tanto, lo que Dios prohibió al hombre fue cambiar de rol con Él. Él solo dijo: No traten de destronarme. No traten de tomar mi lugar. Confíen en Mí para llenar sus vidas con gozo y significado máximos.

Y cuando vino la tentación, Satanás sabía exactamente lo que tenía que hacer: "Ciertamente no moriréis Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal" (Génesis 3:5). Y ello ocurrió cuando desobedecieron, porque Dios dice en Génesis 3:22: "He aquí, el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal". El hombre ha elegido el camino del hijo pródigo. No quiere quedar bajo la autoridad de su Padre. Quiere decidir por sí mismo qué es bueno y malo. La esencia de la Caída y la esencia de nuestro corazón depravado y de todo su pecado es el deseo de no ser dependientes de Dios. Y el otro lado de la misma moneda es simplemente el deseo de sustituirnos nosotros mismos por Dios y obtener la vacilante gloria y el endeble sentido de poder que viene de la auto-confianza, la auto-dependencia, y la auto-determinación. Todos nuestros pecados fluyen de nuestra indisposición innata de ser como niños y confiar en nuestro Padre celestial para que decida qué es bueno y malo para nosotros.

Las consecuencias del pecado

Y ahora, muy brevemente, debiéramos ver las consecuencias del pecado. El pecado ha traído gran miseria a las relaciones humanas, y los pecadores que no se arrepienten serán castigados para siempre en el infierno. Ésas no son las únicas consecuencias del pecado, pero quizás sean suficientes para despertarles a nuestra necesidad de arrepentimiento y atención. Hubo tres relaciones humanas corrompidas en la Caída. Primero, la relación con nosotros mismos. "Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales" (Génesis 3:7). La rebelión contra Dios en el corazón humano es tan contraria al modo en que el hombre es diseñado a ser que el hombre debe presumir constantemente, debe maquillarse, y debe posar para tratar de convercerse a sí mismo de que no es un niño desnudo, desvalido.

Segundo, se arruinó la relación con Dios. "Y oyeron al Señor Dios. . . y el hombre y su mujer se escondieron" (Génesis 3:8). Y, desde entonces, el hombre ha estado corriendo de Dios con su consciencia culpable. Un joven que ha dicho a su padre: "no quiero tu consejo, no quiero tu autoridad, no quiero tu ayuda" no puede soportar estar en la presencia de su papá. Somos fugitivos sin hogar, siempre corriendo hasta que nos rindamos y regresemos a casa, con Dios.

Tercero, han sido arruinadas nuestras relaciones con otras personas. "¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras? Y el hombre respondió: La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí" (Génesis 3:12). Si alguien merece morir, ¡es ella! ¡Qué esposo más tierno, amoroso, y caballeroso! Cuando el corazón está en rebelión contra Dios y está, por tanto, completamente dominado con la auto-justificación, entonces otra persona cargará la culpa. Por tanto, todas las relaciones humanas (con nosotros mismos, con Dios, y con otras personas) son corrompidas en la Caída. Y la miseria resultante es innombrable.

La única otra consecuencia del pecado que siento que debiera mencionar, porque es una advertencia discreta y que se adhiere a la vida, se encuentra en 2da a los Tesalonicenses 1:7-10. No la explicaré, solo la mencionaré: "[El día que] el Señor Jesús sea revelado desde el cielo con sus poderosos ángeles en llama de fuego, dando retribución a los que no conocen a Dios, y a los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesús. Estos sufrirán el castigo de eterna destrucción, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando El venga para ser glorificado en sus santos en aquel día y para ser admirado entre todos los que han creído".

El remedio para el pecado

Este mensaje no ha sido buenas noticias. Pero ha sido verdaderas noticias. Y por malas que sean, son buenas para nosotros. Si no conocemos que nuestro diagnóstico es terminal, probablemente no aceptaremos el remedio del doctor. "Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos", dijo Jesús (Marcos 2:17). Y ésos son todos. La buena noticia, el remedio, es este: De su gran amor, Dios envió a Jesucristo al mundo para morir por nuestros pecados y resucitar, de modo que todo el que le siga en la obediencia de la fe tendrá paz en su consciencia, propósito para su vida, y esperanza para el futuro, incluso hasta la eternidad. Adán, deja de correr y ven a casa. Ven a casa Eva.

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