El deleite de Dios en todo lo que Él hace

Todo cuanto el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos

Esta nueva serie de mensajes sobre los deleites de Dios se fundamenta en dos hipótesis.

1. La primera hipótesis es que "el mérito y la excelencia de un alma se mide por el objeto de su amor." (Henry Scougal). Si esto lo aplicamos a Dios, podemos decir que una manera de contemplar el valor y la excelencia de Dios es meditar en lo que Él ama.

En otras palabras, diríamos que la medida de la dignidad de Dios está determinada por aquello en lo que Él se deleita. O también podríamos decir que la grandeza de la excelencia de Dios se corresponde con lo que Él disfruta. Lo que deleita a Dios nos muestra lo bello y lo precioso de su carácter.

2. La segunda hipótesis es que mientras reflexionamos profundamente en el valor y la excelencia de Dios, o sea, mientras meditamos en su gloria, somos cambiados poco a poco a su semejanza.

“Pero, nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu” (2da Corintios 3:18)

Así que mi meta durante estas doce semanas es enfocar nuestra atención en los deleites de Dios revelados en las Escrituras con la esperanza de que ustedes verán en ellas algo de la medida infinita del valor y de la excelencia de Dios; y que viendo esa gloria, puedan crecer paso a paso a su imagen. De tal modo que tanto en casa como en el trabajo o en la escuela las personas puedan ver sus buenas obras y dar gloria a vuestro Padre celestial.

Que al describir sus deleites en la predicación, que al contemplar su gloria al escuchar; que al acercarnos a su semejanza en la meditación; que al presentar su dignidad al mundo; Dios bendiga por gracia el ministerio de su palabra en estas semanas.

La semana pasada pusimos énfasis en el deleite que Dios el Padre tiene en su Hijo. Es la lección más importante para aprender de esa verdad: Dios es y siempre ha sido un Dios extremadamente feliz. Él nunca se ha sentido solo. Siempre se ha regocijado con satisfacción sobreabundante en la gloria de su Hijo. Se podría decir que el Hijo de Dios siempre ha sido el escenario de las excelencias de Dios o el panorama de sus perfecciones. Es por esto que desde toda la eternidad Dios ha mirado con satisfacción sobreabundante al ámbito espléndido de su propio resplandor reflejado en el Hijo.

La segunda lección que se desprende de esa verdad es que Dios no es coaccionado por ninguna cosa fuera de sí mismo para hacer lo que Él no quiere hacer. Si Dios fuese infeliz, si Él fuese en algún modo deficiente, entonces Él podría de hecho ser de alguna manera presionado a hacer lo que Él no quiere hacer, buscando completar su deficiencia y finalmente ser feliz.

Nosotros somos así. Venimos a este mundo no sabiendo casi nada y pasamos años educándonos o aprendiendo en “la escuela de la vida.” Tanto padres como maestros nos mandan a hacer cosas que no nos gusta hacer, porque las necesitamos para superar alguna deficiencia personal, para aumentar nuestro conocimiento o fortalecer nuestros cuerpos o refinar nuestros modales.

Pero Dios no es así. Él ha sido completo y sobreabundante en satisfacción desde la eternidad. Él no precisa ninguna educación. Nadie puede ofrecerle algo que no proceda ya de Él. Y por lo tanto nadie puede sobornarlo o coercionarlo de ningún modo. No se puede sobornar a un arroyo de montaña con vasos de agua del valle. De modo que Dios no hace lo que hace con resentimiento o bajo coerción externa como si alguna situación imprevista o inesperada lo hubiese acorralado o atrapado.

Todo lo contrario. Debido a que Él es completo y extremadamente feliz y sobreabundantemente satisfecho en la comunión de la Trinidad, es libre e ilimitado en todo lo que hace. Sus hechos son el desbordamiento de su gozo. Esto es lo que significa cuando las Escrituras dicen que Dios hace algo según el "puro afecto" de su voluntad. Significa que nada fuera del deleite propio de Dios, del placer que Él tiene en todo lo que Él es, o sea nada más que ese placer ha constreñido sus elecciones y sus acciones.

Esto nos lleva al tema del mensaje de hoy, "El deleite de Dios en todo lo que Él hace", y nuestro texto en el Salmo 135.

El Salmo comienza llamándonos a alabar al Señor: "Alabad el nombre del Señor; Alabadle, siervos del Señor." Luego, a partir del versículo 3, el salmista nos da razones por las cuales debiéramos sentir la alabanza hacia Dios brotar en nuestros corazones. Por ejemplo dice, "Porque el Señor es bueno". La lista de motivos de alabanza continúa hasta versículo el 6, y éste es el versículo clave para este estudio:

“Todo cuanto el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos”

Salmo 115:3 dice la misma cosa: “Nuestro Dios está en los cielos; él hace lo que le place.”

Este versículo enseña que siempre que Dios actúa, Él lo hace tal como le gusta hacerlo. Dios nunca se ve forzado a hacer algo que Él desprecia. Él nunca se encuentra acorralado de tal modo que su única opción es hacer algo que Él aborrece hacer. Él hace lo que le place. Y por lo tanto, ese es un sentido en el cual Él encuentra placer en todo lo que hace.

Isaías utiliza la misma palabra hebrea (como sustantivo) en Isaías 46:10, donde el Señor dice,

“Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.”

Basándonos en estos textos y muchos otros debemos arrodillarnos delante de Dios y alabar su libertad soberana, de que siempre, al menos en algún sentido, finalmente El actúa libremente, según su propio "buen placer", siguiendo lo que sus propios deleites le dictan. Él nunca se convierte en una víctima de las circunstancias. Nunca se lo ve forzado a ingresar a una situación donde Él deba hacer algo en lo cual no pueda regocijarse.

Éste es un retrato glorioso de Dios en su libertad soberana, haciendo todo lo que Él quiere y logrando cumplir todo lo que le place. Pero sería un retrato borroso, un poco fuera de foco si parásemos aquí. Para enfocarlo y hacerlo más nítido debemos hacernos esta pregunta: ¿Cómo puede Dios decir en Ezequiel 18:23 y 32 que Él no se complace en la muerte de ningún impío, si de hecho Él lleva a cabo todo lo que lo deleita y hace todo lo que le place?

En Ezequiel 18:30, Dios advierte a la casa de Israel del juicio inminente: "Por lo tanto, os juzgaré, a cada uno conforme a su conducta, oh casa de Israel – declara el Señor Dios-" Y los insta al arrepentimiento: "Arrepentíos y apartaos de todas vuestras transgresiones." Al final del versículo 31 dice, “¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? Pues yo no me complazco en la muerte de nadie- declara el Señor Dios-. Arrepentíos y vivid”.

Ésta parece ser una imagen muy diferente a aquella que vimos en Salmo 135, en lo cual Dios hace lo que a Él le place. Aquí Él parece estar arrinconado. Parece forzado a juzgar cuando realmente no quiere hacerlo. Pareciera que está por hacer algo que no le agrada. ¿Va a lograr Dios su complacencia o no? ¿Es Dios realmente libre de hacer todo según su buen agrado? ¿O será que su soberana libertad tiene límites? ¿Puede Él hacer todo lo que le complace hasta cierto punto, pero después de ese punto se ve obligado a hacer cosas que le causa pena hacer?

Podríamos solucionar el problema regresando al Salmo 135, y diciendo que Dios hace todo lo que Él quiere en el mundo natural pero no en el ámbito personal. Después de todo el versículo 7 dice:

“El hace subir las nubes desde los extremos de la tierra, hace los relámpagos para la lluvia y saca el viento de sus depósitos.”

Sin embargo este intento de limitar la libertad de Dios a la esfera de lo natural no sirve por dos razones:

1) En primer lugar, si Dios controla el viento y lo hace soplar cuando y donde Él quiere – lo que es cierto (recuerden las palabras de Jesús "¡Cálmate! ¡Sosiégate!”) – entonces Dios es responsable, a lo largo de los siglos, por la muerte de miles de personas ahogadas debido a tormentas, huracanes, tornados, monzones y tifones que Él ha sacado de sus “depósitos”.

Así que cuando el Salmo 135 dice que el Señor hace lo que a Él le agrada, tiene que incluir el quitar vidas en el mar a través del viento que solamente Él controla.

2) Pero este texto no nos permite extraer semejantes inferencias implícitas. El Salmista continúa en los versículos 8-11 diciendo que el éxodo de Egipto fue la demostración más impresionante de la libertad soberana de Dios:

Versículo 8: Hirió a los primogénitos de Egipto, tanto de hombre como de bestia.
Versículo 10: Hirió a muchas naciones, y mató a reyes poderosos.

Ésta es la segunda razón por la cual en este Salmo la libertad de Dios no puede ser limitada sólo al reino natural. Cuando el salmista dice en versículo 6: “Todo cuanto el Señor quiere, lo hace", no se refiere implícitamente sólo a las tragedias debidas al viento; también explícitamente se refiere a la destrucción de los egipcios rebeldes, y de naciones y reyes. Éste es el alcance de lo que Dios hace cuando Él hace lo que le place.

Así que por un lado Ezequiel dice que Dios no se complace en la muerte de personas impenitentes, y por otro en el Salmo 135 dice que Dios hace lo que Él quiere, incluyendo la muerte de personas impenitentes. Y el mismo verbo hebreo se usa tanto en el Salmo 135:6 ("querer") como en Ezequiel 18:32 ("complacer").

Antes de sugerirles una solución a este problema, déjeme complicarlo.

Muchos cristianos hoy en día no tienen ningún problema con la idea de un Dios obligado a hacer cosas que no quiere hacer. Y es fácil suponer que una respuesta a lo que hemos visto hasta ahora sería decir que hemos creado un problema artificial, porque el Salmo 135 no dice de hecho que Dios disfrutó de destruir a los egipcios.

Quizás alguien diga que "hacer todo cuanto Él quiere" en el Salmo 135:6 es sólo una manera figurativa de decirlo, y no conlleva el sentido de placer o deleite. Entonces también dirían que Dios sólo se entristece cuando Él tiene que juzgar a pecadores impenitentes, y que bajo ningún sentido está haciendo lo que hace porque le place.

En respuesta a esto yo repetiría que la misma palabra usada en Salmo 135:6 con respecto a Dios “queriendo” es la que se utiliza en Ezequiel 18:32 donde Dios “no se complace”. Después prestaría atención a Deuteronomio 28:63 donde Moisés advierte sobre el juicio venidero al impenitente Israel. Sin embargo esta vez se dice algo sorprendentemente diferente de lo que se dice en Ezequiel 18:32,

Y sucederá que tal como el Señor se deleitaba en vosotros para prosperaros y multiplicaros, así el Señor se deleitará en vosotros para haceros perecer y destruiros. (Compare con Proverbios 1:24-26; Apocalipsis 18:20; Ezequiel 5:13)

Regresamos entonces al hecho ineludible de que en algún sentido Dios no se deleita en la muerte de los impíos (que es el mensaje de Ezequiel 18), y que en algún sentido sí se deleita (que es el mensaje de Salmo 135:6-11 y de Deuteronomio 28:63).

Les he recomendado una solución antes y la voy a recomendar de nuevo: esto es, que la muerte y la miseria del impenitente, en si misma y por si misma no le causa ningún placer a Dios. Dios no es sádico. Él no es malvado ni está sediento por derramar sangre. Más bien, cuando una persona rebelde, impía e incrédula es juzgada, lo que complace a Dios es la vindicación de la verdad, de la bondad, de su propio honor y gloria.

Cuando Moisés le advierte a Israel que el Señor se deleitará en traer ruina sobre ellos y en destruirlos si no se arrepienten, lo que él quiere decir es que aquellos que se han rebelado contra el Señor y que han rechazado el arrepentimiento no se podrán jactar de que han hecho sufrir al Todopoderoso. Todo lo contrario. Moisés dice que cuando ellos sean juzgados involuntariamente le darán a Dios una oportunidad para regocijarse en la demostración de su justicia, de su poder y del valor infinito de su gloria.

Que ésta sea una advertencia para nosotros en esta mañana. Dios no será burlado. No está atrapado, ni arrinconado, ni forzado. Aún camino al Calvario Él tenía legiones disponibles a su orden. "Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad." - de mi propio buen placer, por el gozo puesto delante de mí. En el único momento en la historia del universo cuando parecía que Dios estaba atrapado, estaba totalmente en control, haciendo precisamente lo que Él quería hacer – morir para justificar a impíos como tú y yo.

Asombrémonos y maravillémonos hoy de que: "Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que Él quiere." Amén.

Dios todopoderoso y Padre de misericordia, te alabamos por tu eterna felicidad en la comunión de la Trinidad; porque tú eres un Dios infinitamente desbordante; satisfecho con el panorama de tus propias perfecciones reflejadas en la gloria radiante de tu Hijo. Y te alabamos porque tú eres libre y soberano en tu propia autosuficiencia y no puedes ser sobornado o forzado debido a alguna deficiencia o anhelo de tu corazón. Te alabamos porque tu plan y tu consejo son gobernados no por nuestra voluntad sino por tu buen placer.

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