El Espíritu dará vida a vuestros cuerpos mortales

Domingo de Resurrección

Sin embargo, vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de El. 10Y si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia. 11Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros.

Me gustaría tratar de demostrar en esta mañana, a partir de la Palabra de Dios, que si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, entonces, sin duda alguna, él dará vida a sus cuerpos mortales. Dios asegura de un modo claro e inconfundible que su Espíritu ha establecido su morada los corazones de todos ustedes, así, aunque sus cuerpos mueran, él les levantará de entre los muertos, tal como hizo con Jesús. Enfoquemos nuestra atención en Romanos 8:11 y permitamos que Dios grabe este texto en las tablas de nuestros corazones como la revelación mayor del Domingo de Resurrección. “Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros”. En este verso existen dos grandes “si”. Está el si Jesús resucitó ¿Es cierta esta historia? ¿Levantó Dios a Jesús de entre los muertos? Y está el “si” de la conversión ¿Ha recibido usted el Espíritu de Dios en su corazón? ¿Es el Espíritu de Dios quien guía su vida? ¿Ha sido adoptado por el Espíritu para convertirse en miembro de la familia de Dios? ¿Comenzó el Espíritu a impartirle el carácter de su Padre celestial?

Si alguno de estos dos “si” es falso para usted, entonces la promesa es en vano, y su cuerpo mortal no resucitará para vida sino para un espantoso juicio. Así que las dos preguntas más importantes que pongo ante ustedes en esta mañana son:

  1. ¿Están seguros de que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos?
  2. ¿Están seguros de que el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes?

Déjenme tratar de llevarles a la fundamento de la seguridad para estas dos preguntas. Primero, ¿está seguro que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos? Esta pregunta nos lleva directamente hacia la credibilidad del testimonio ¿Cómo decidir si creer al testimonio de un hombre o no? Tomen, por ejemplo, a Pablo mientras escribe el libro de Romanos, ¿cómo podemos asegurar racionalmente que sus declaraciones son ciertas?, en especial sus declaraciones sobre la resurrección de Jesús.

Creo que ustedes presentarían las mismas siete interrogantes sobre la credibilidad de Pablo que las que se presentarían en relación a cualquier testigo de hoy en día.

  1. ¿Estoy dispuesto a aceptar la posible verdad de lo que Pablo está diciendo y listo para cambiar mi vida si ella es cierta?
  2. ¿Muestra el carácter de Pablo (su humildad, amor y sumisión a Dios) la improbabilidad de que él sea fácilmente engañado, o de que sea dado a la invención de una mentira?
  3. ¿Son consistentes sus enseñanzas y testimonios? ¿Son coherentes? ¿O habla Pablo contradiciéndose a sí mismo?
  4. ¿Ofrece Pablo alguna evidencia para sus declaraciones y sostienen estas evidencias sus declaraciones?
  5. ¿Existen otros testigos creíbles que corroboren su afirmación o es él el único que hace esta afirmación?
  6. ¿Proporciona su declaración una comprensión que ayuda a dar sentido a nuestra imagen general de todas las cosas o satisface las verdaderas necesidades del hombre?
  7. ¿Tienen sus declaraciones un efecto duradero que brinden algún sostén independiente a la realidad que enuncian?

Soy cristiano porque he respondido sí a todas esas preguntas:

  1. Sí, estoy dispuesto a cambiar si se demuestra que las declaraciones de Pablo son ciertas.
  2. Sí, he visto lo suficiente sobre Pablo en sus trece cartas para convencerme de su integridad moral –él no es presa fácil del engaño y no es una persona que inventa cosas.
  3. Sí, mientras más estudio más me convenzo de la coherencia y unidad de todo su mensaje, él no se contradice a sí mismo.
  4. Sí, Pablo da evidencias para sostener sus declaraciones, tales como la bien conocida historia de su conversión (su historia estuvo abierta al escrutinio público), en que dejó de ser un perseguidor de la iglesia para convertirse en un misionero fundador de iglesias (Gálatas 1:12ss), y las señales y maravillas que hizo entre las iglesias (Romanos 15:19; 2da a los Corintios 12:12).
  5. Sí, hay otros testigos increíbles: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pedro, Santiago, y el mismo Jesús cuando dijo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19).
  6. Sí, la enseñanza de Pablo acerca de la resurrección encaja con la imagen general de todas las cosas que ayuda a dar sentido a la historia y a la vida, y satisface la necesidad de perdón y esperanza que todos tenemos, da cumplimiento a profecías de más de cien años (Isaías 53:10). Y revela como Dios no será derrotado por la muerte, sino que hará que todas las cosas sean nuevas.
  7. Sí, hay efectos duraderos que son consecuencia de la resurrección de Jesús: la resurrección transformó a pescadores miedosos en intrépidos apóstoles. Y aquellos de nosotros que hemos recibido al Cristo vivo como Señor sabemos de los maravillosos cambios que ocurren en nuestras propias vidas. La resurrección de Cristo generó un movimiento cristiano mundial de extraordinarias proporciones. Hoy casi cada país sobre la tierra tiene testigos cristianos. El cristianismo es la única fe mundial que no tiene una base cultural desde donde se esparce, o unas oficinas centrales. Hay muchos más cristianos profesantes en el mundo que adherentes de cualquier otra religión. Cada día seis mil nuevas personas proclaman fidelidad al Cristo resucitado y cada semana mil seiscientas iglesias son establecidas en su nombre.

Por tanto, creo que si ustedes se enfrentan con honestidad a estas siete preguntas, cualquiera de los que están aquí en esta mañana puede tener una seguridad razonable de que Dios levantó a Jesús de entre los muertos. La mayoría de las personas no pueden volverse cristianos no debido a la ausencia de evidencias, sino a la falta de interés. Y esto nos lleva al segundo gran “si” de Romanos 8:11: “Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros…”. No es suficiente estar persuadidos de que Dios levantó a Jesús de entre los muertos. El diablo está más convencido de eso que cualquiera de nosotros, sin embargo esa convicción no salva a Satanás; ni asegurará nuestra resurrección. Tenemos que recibir el Espíritu de Dios en nuestro corazón a fin de que la resurrección nos haga algún bien. Ser cristiano es ser guiado por el Espíritu. Los próximos versos de Romanos 8 lo explica en detalle (vv. 13-17).

…porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. 15 Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! 16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Leyendo hacia atrás vemos tres evidencias en este texto que le pueden dar la seguridad de tener el Espíritu Santo.

  1. Verso 15: si puede clamar a Dios con sinceridad “¡Abba Padre!”, entonces tiene el testimonio del Espíritu en su vida. Es decir, si usted busca a Dios como a su Padre para tener seguridad y guía, entonces tiene el Espíritu de Dios.
  2. Verso 14: Si es guiado por el Espíritu de Dios, entonces es un hijo de Dios ¿Se apoya en la Palabra de Dios dada por su Espíritu para recibir consejo? ¿Cede ante el impulso de Dios de continuar en las sendas de justicia? Si lo hace, el Espíritu de Dios habita en usted.
  3. Verso 13: Si por el Espíritu hace morir las obras de la carne, vivirá (alcanzará la resurrección) ¿Cuando usted se enfrenta a la tentación de hacer lo malo, busca la ayuda del Espíritu de Dios y confía en su poder para acabar con el acto pecaminoso antes de que éste suceda?

Si realmente batalla de esta forma con la maldad, entonces tiene la garantía de que el Espíritu de Dios habita en usted.

Dios no quiere que se sienta inseguro de que su Espíritu habita en usted. Porque si no sabe si el Espíritu habita en usted, entonces no puede saber si Dios dará vida a su cuerpo mortal en la resurrección. El texto dice: “Pero si el Espíritu […] habita en vosotros, el mismo [Dios] dará vida a vuestros cuerpos”. Así que antes de que dejemos atrás nuestros dos grandes “si”, permítanme asegurarme de cada uno de ustedes conoce cómo recibir el Espíritu Santo. La resurrección y vida eterna dependen de eso. Hechos 2:38 dice: “Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”. El arrepentimiento, es apartarse decididamente del pecado y es la decisión de seguir a Cristo. El Bautismo en su nombre es un acto de obediencia que significa muerte a la vieja vida, y fe en Cristo quien nos ayuda a vivir una nueva vida de acuerdo a su voluntad. La esencia del arrepentimiento y el bautismo es fe. Así dice Pablo en Gálatas 3:2: “¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?”. El Espíritu Santo es dado a cualquiera y a todo aquel que confía en Cristo –confíen en él para el perdón; confíen en él para que les muestre cómo vivir, confíen en él para ayudarles a vivir de esa manera, confíen que él les dará el mejor futuro para siempre. En esta misma hora, si oran esta oración de corazón, pueden recibir el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos: «Misericordioso y poderoso Jesucristo, ahora me alejo de la culpa y confío en la provisión de tu perdón; me alejo del pecado y confío en la nueva senda que tienes para mi vida; me alejo de la auto confianza y confío en tu poder para ayudarme a obedecer; y me alejo del miedo, y confío en tus promesas para mi futuro». Si ora de corazón y con una sinceridad que es evidente en toda su vida, entonces puede saber que el Espíritu de Dios mora en usted y que el resto de este mensaje es para usted.

Romanos 8:11 promete: “si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros”. Pudiéramos invertir horas maravillosas profundizando en la relación que existe entre la resurrección de nuestros cuerpos y la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas. Pudiéramos ir a Romanos 8:23 y ver cómo los primeros frutos de nuestra adopción por Dios es la presencia del Espíritu de Dios en nuestras vidas, y cómo la consumación de esta adopción es la redención de nuestros cuerpos. Pudiéramos ir a 1ra a los Corintios 15:44 y ver que cuando nuestro cuerpo sea resucitado de entre los muertos, será un nuevo cuerpo espiritual, no será un simple espíritu sin cuerpo, no solo carne y sangre, sino un nuevo cuerpo semejante al cuerpo de Cristo, perfectamente ajustado para la plenitud espiritual constante y para la vida en la nueva tierra y el cielo nuevo. Pudiéramos ir a Romanos 6:5 y ver cómo el Espíritu asegura nuestra resurrección uniéndonos a Cristo: “Porque si hemos sido unidos a Él en la semejanza de su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de su resurrección”.

Pero en lugar de explorar todos esos textos utilicemos el resto de nuestro tiempo simplemente analizando algunas de las implicaciones prácticas de Romanos 8:11 –la verdad indispensable de que si el Espíritu de Dios habita en esta mañana en ustedes, Dios les resucitará de entre los muertos cuando ocurra la segunda venida de Cristo, y les dará nueva vida a sus cuerpos mortales.

La primera implicación que quiero mencionar es que Dios está profundamente interesado en nuestros cuerpos. Si no lo estuviera, lo dejaría podrirse en la tumba y nos exhortaría a decir: ¡De buena nos libramos! Pero él nunca nos hace esa exhortación. Mire por ejemplo a 1ra a los Corintios 6:13-14. Aquí Pablo está refutando a las personas que dicen que no importa lo que hagamos con nuestro cuerpo porque el Señor solo está interesado en nuestro espíritu. Después de citar la consigna de sus oponentes en el verso 13, él dice (en la última parte del verso): “Sin embargo, el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. 14Y Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros mediante su poder”. Hay dos declaraciones sorprendentes en el verso 13: el cuerpo es para el Señor, y el Señor es para el cuerpo ¿Qué quiere Pablo dar a entender al decir que el cuerpo es para el Señor? Mire los versos 19 y 20: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo”. “El cuerpo es para el Señor” significa que nuestro cuerpo existe para glorificar a Dios. Hay un modo de utilizar nuestros ojos, oídos, lengua, manos, pies, apetitos, y deseos sexuales que glorifica a Dios. Y hay un modo de utilizar a nuestros ojos, oídos, lengua, manos, pies, apetitos y deseos sexuales que deshonra a Dios. Nuestros cuerpos con todos sus apetitos, deseos, y limitaciones no son un accidente en el plan de Dios. Por el contrario, el verso 13 dice: “el Señor es para el cuerpo”. Él no está en contra del cuerpo, está para el cuerpo ¿por qué si no, lo resucitaría de entre los muertos?

¿Le gustaría ver una instantánea bíblica de lo que Dios hará a su cuerpo? Aquí tenemos una instantánea de Daniel: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán […] 3Los entendidos brillarán como el resplandor del firmamento, y los que guiaron a muchos a la justicia, como las estrellas, por siempre jamás” (12:2-3). Aquí tenemos otra instantánea, tomada de una parábola de Jesús: “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mateo 13:43; cf. 17:2). Y aquí tenemos otra más tomada de la carta a los Filipenses 3:21: “el Señor Jesucristo, 21el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a sí mismo”. Dios nos creó con un cuerpo y nos creó para su gloria. Por tanto él resucitará nuestros cuerpos mortales; no importa si ahora están mutilados, o deformados, o demacrados, o acosados por la enfermedad, y los volverá tan fuertes, tan saludables, y tan hermosos, que cuando yo los vea diré: «Ustedes son como el cielo azul en un radiante día de verano… son como el brillo de un millón de estrellas puestas sobre la negra noche del espacio… su resplandor es como el sol… sí, en ustedes veo la forma y majestuosidad de la gloria de Jesucristo quien les hizo, les redimió, les resucitó, y les glorificó con su gloria por los siglos de los siglos».

Pero ¿qué decir sobre el presente? ¿Qué diferencia hace esta espectacular esperanza de ser resucitados para compartir la gloria de Cristo? Una vez Jesús estaba en un banquete con muchas personas eminentes. Él se volvió hacia su anfitrión y dijo (para que todos nosotros lo escucháramos): “Cuando ofrezcas una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos, no sea que ellos a su vez también te conviden y tengas ya tu recompensa. 13Antes bien, cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, 14y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte; pues tú serás recompensado en la resurrección de los justos”. Piense por un momento, ¿no tienen estas palabras de nuestro Señor, la intención de responder a nuestra interrogante: dónde puede una persona encontrar poder para seguir adelante en una vida de amor cuando existen muy pocas recompensas terrenales? ¿Dónde encontrarán, un esposo o esposa, la fortaleza emocional para continuar entregándose día a día a pesar de que no haya reciprocidad? ¿Dónde un hombre o mujer, a quien le gustaría estar casado, obtendrá la fortaleza para contentarse y contenerse durante setenta años de soltería? ¿De dónde obtuvo Maud Cary la fortaleza para seguir adelante durante 54 años de difícil servicio misionero en Morocco, solo para ser recompensada con dos oraciones en su funeral, unos pocos visitantes, y ninguna lágrima? ¿De dónde obtuvo Jesús la fortaleza para soportar la cruz y menospreciar la vergüenza (Hebreos 12:2) –unos discípulos que huían, y la negación de Pedro, y los golpes y las burlas y las espinas y los clavos?

Respuesta: “tú serás recompensado en la resurrección de los justos”. Por el gozo puesto ante nosotros en la resurrección, lo soportamos todo para Cristo. Jesús no nos prometió que la obediencia a él sería recompensada por los hombres en esta vida. Por el contrario, dijo: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. 12Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros”. ¡Oh sí hay gozo en la obediencia a Cristo! –mucho más gozo que si viviéramos para la alabanza de los hombres y buscáramos nuestra recompensa en esta vida –pero nuestro gozo viene de la inconmovible esperanza de Romanos 8:11, no de las inestables circunstancias de nuestra vida. “Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales”. Si realmente cree que Dios está a su favor y no en su contra, y que dará vida a su cuerpo mortal, y que cualquier bien que haga en esta vida será pagado cien veces más en la resurrección de los justos, y que en ese momento brillará como el sol en el reino de su Padre, entonces posee una reserva de fortalezas inagotable para seguir haciendo el bien que Dios le ha llamado a hacer, no importa si alguien lo aprecia ahora o no. Por tanto, la esencia de la vida cristiana no es la batalla para obtener la recompensa de los hombres, sino la batalla para continuar creyendo en la resurrección de nuestro cuerpo en gloria.

Y el gran fundamento de esta esperanza es que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, que él reina ahora como Rey sobre la tierra, y los cielos, y la muerte, y el infierno; y que no puede fallar en su propósito de resucitarnos hacia su gloria. A él pertenece toda la alabanza y el honor y la gloria y las acciones de gracias por los siglos de los siglos, amén.

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