Tus sueños destrozados y tu fe quebrantada

Article by

Regular Contributor

En ocasiones, mi fe se tambalea cuando mis sueños son destrozados.

Me pregunto dónde está Dios en medio de mi sufrimiento. No siento su presencia. Me siento sola y asustada. Mi fe duda.

Dudo de lo que siempre he creído. Me pregunto qué es real, especialmente cuando mi experiencia no satisface mis expectativas.

Esta indecisión me preocupa profundamente. He probado la bondad de Dios, he disfrutado una camaradería cercana con Él, he descansado en su tierno cuidado. He conocido tanto su poder como su amor. Aun así, en medio de una lucha importante, no tengo respuestas. Solo preguntas.

Juan Bautista lo entendió mientras esperaba en prisión. Él, de todos los hombres, sabía quién era Jesús. Aun en el vientre, saltó de alegría en presencia del Salvador no nacido. Al principio del ministerio de Jesús, antes de sus milagros, Juan dijo, “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Él bautizó a Jesús y vio el Espíritu de Dios descender sobre Él, testificando que en realidad era el Hijo de Dios.

Y sin embargo, en la cumbre del ministerio de Jesús, Juan envió a preguntarle desde prisión, “¿Eres tú el que ha de venir, o esperaremos a otro?”

En algún momento Juan estuvo seguro de que Jesús era el Mesías. Jesús confirmó todavía más su divinidad realizando milagros, pero Juan dudaba de lo que era cierto.

¿Por qué?

Expectativas no cumplidas

Juan sabía, por las Escrituras, que aquel que curara al ciego, hiciera andar al cojo y predicara buenas noticias a los pobres podría, seguramente, “liberar a los cautivos” como se profetizaba en Isaías 61. Pero Jesús no hizo eso por Juan.

Tal vez en ese momento, Juan dudó de lo que sabía. Si Jesús era en realidad el Mesías, es posible que Juan esperara jugar un papel en su reino terrenal. No habría esperado comenzar ese llamado tan importante, preparar el camino del Señor predicando en el desierto, para terminar su vida y su ministerio en una pequeña celda en prisión. Además, Juan predicaba que el Mesías vendría con un fuego inextinguible. Con juicio. Con poder. Seguramente esperaba que eso ocurriera durante su vida.

Ninguna de estas expectativas coincidía con la realidad. Y eso pudo haber llevado a Juan a dudar. Con frecuencia, las expectativas no cumplidas provocan esa respuesta en mí. Especialmente cuando he sido fiel.

Jesús no condena a Juan por sus dudas. Hasta dice que no nunca ha vivido alguien más grande que Juan. Entiende por qué Juan hace esa pregunta. Y la respuesta de Jesús confirma a Juan lo que ya sabe – que Jesús es realmente el Mesías.

Al mismo tiempo, Jesús sabe que el ministerio público de Juan ha terminado. Como los santos en Hebreos 11, Juan no recibirá todas las promesas de Dios, solo podrá saludarlas desde la distancia. No servirá con Jesús ni verá la realización del reino de Dios. Pero un día lo hará. Un día verá su parte gloriosa en el plan magnífico de Dios. Él, el último de los profetas del Antiguo Testamento, verá cómo fue utilizado por Dios para preparar al mundo para recibir a Jesús.

Y Juan se regocijará.

Pero por ahora, ha de aceptar los planes que tiene el Mesías para su vida. Unos planes que son distintos a los que él imaginó. Debe preocuparse por lo que sabe que es verdad en vez de obsesionarse por su situación. Debe recordar quién es Dios y confiar en Él desde su oscura prisión.

Y lo mismo debo hacer yo.

Cuando tus planes se derrumban

Cuando mis planes se derrumban y Dios me aparta de mis sueños, debo confiar en su sabiduría infinita. Cuando la copa de mi sufrimiento parece muy dura de soportar, necesito descansar en su inmensurable amor. Cuando mi vida gira sin control, necesito recordar la soberanía absoluta de Dios.

Puede que no entienda lo que esté pasando. Pero no puedo dejar de hablar con Él. O alejarme con miedo. Simplemente tengo que acercarme a Jesús y explicarle mis dudas. Pedirle que me ayude a ver.

Las dudas de Juan son iguales a las mías. Me pregunto si Dios es quien dice ser. Y si todo está bajo su control. Y si en realidad me ama.

Y cuando dudo, Dios me llama, como lo hizo con Juan, a confiar en lo que sé que es verdad. A confiar en los principios sólidos que sé por las Escrituras y por experiencia. Que Dios es completamente soberano. Y amable. Y sabio. Ningún pajarillo caerá a tierra sin su permiso.

Puede que en esta vida nunca vea cómo Dios utiliza las pruebas que me pone. Pero un día estaré agradecida por ellas. Lo único que puedo hacer ahora es confiar en que aquel que hizo caminar al cojo y ver al ciego, el que murió en la cruz para que yo pasara la eternidad con Él, hará lo que es mejor para mí.

Todo se basa en la confianza. ¿Confiaré en los eventos de mi vida que cambian constantemente? ¿O confiaré en Dios, que no cambia?

En Cristo, la roca sólida, estoy firme. Todo lo demás es arena que se hunde.