Disfrutar con la ley de Dios

Salmos de verano

Mensaje del domingo por la noche


Para algunas personas la palabra "argumento" sólo significa "disputa", "discusión" o "riña". Pero quiero usar esta palabra en su sentido más positivo, el de la explicación de razones y la obtención de conclusiones. No me gusta discutir y reñir, pero me encanta reflexionar acerca de los argumentos de las Escrituras –la forma en que los inspirados autores justifican sus afirmaciones y el modo en que extraen conclusiones a partir de hechos conocidos. A veces, cuando encuentro un argumento sólido sobre la santificación, mi corazón se conmueve y siento escalofríos. Por ejemplo: Dios santifica a su pueblo por medio de la verdad. Tu palabra es la verdad. Por lo tanto, para nuestra santificación, debemos entregarnos de todo corazón a la Palabra.

El pasado domingo por la noche dije que uno de mis objetivos era que en Bethlehem nos convirtiésemos en personas para quienes nada es trivial, un pueblo que ve las cosas con los ojos de Dios y que por tanto ve en cada persona y en cada cosa un reflejo de la eternidad, un rayo de algo infinito y sorprendente -gente de la que los visitantes dirán: En esa iglesia la adoración, la oración, la comunión y los cánticos no son triviales.

Mente y corazón

Ahora, hay otro pequeño objetivo que quiero mencionar. Quiero que Bethlehem se convierta en un pueblo que crea o sienta que la argumentación (tal y como la he descrito) y la profunda emoción no son incompatibles. Para muchas personas el trabajo de la mente no es compatible con la efusión del corazón. Los pensamientos y las emociones son como el aceite y el agua, se repelen entre sí.

Cualquiera que sea la razón de la existencia de esta tensión en muchas personas, mi conocimiento de la experiencia de otros en la historia, y mi comprensión de la Biblia me enseña que esta tensión no es ni necesaria ni sana, al menos no en la medida en que la mayoría de las personas la experimentan. Mi objetivo es ayudar a todos a ser la clase de gente para quien el pensamiento racional enciende un profundo sentimiento y para quién un profundo sentimiento motiva el pensamiento racional. Creo que la mayor parte del desacuerdo que experimentamos entre el corazón y la mente se debe a patrones de conducta aprendidos que no provienen necesariamente de la naturaleza de nuestras emociones o de nuestro pensamiento. Se nos ha prevenido tan a menudo en no convertirnos en fríos intelectuales, que somos incapaces de imaginar un intelecto que encienda fuegos en lugar de extinguirlos. O también se nos ha enseñado a ser tan cautos con los sentimentalismos fanáticos que nos cuesta creer que una lágrima derramada por alguien pueda proceder de un silogismo sagrado y no de una pasión patológica.

Dios nos ha dado mentes y nos exige que las usemos para entender y aplicar su Palabra. Y Dios nos ha dado emociones que también son esenciales y nos exige que las dediquemos activamente a su servicio.

Si descuidamos la mente, cometeremos todo tipo de errores doctrinales y deshonraremos a Dios, que desea ser conocido tal y como Él es. Y si descuidamos el corazón estaremos muertos aun estando vivos, no importa cuán recta sea nuestra fe. "Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mi". Así que mi objetivo es que juntemos aquello que muchos mantienen separado para su propio perjuicio. Seamos claros de mente y cálidos de corazón. Sintamos y pensemos con todas nuestras fuerzas.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con el Salmo 1, que es nuestro texto para esta noche? Esto: Quiero hacer una serie llamada Salmos de Verano. Pero al empezar a pensar en el Salmo 1 y en otros que veremos, me di cuenta de que mi enfoque podría resultar raro para algunas personas. Mi enfoque suele incluir la pregunta: ¿Cuál es el argumento de este salmo, o de este pasaje del salmo? Y me podría imaginar a alguien diciendo: Realmente, él tiene un problema. ¿Acaso no sabe que los salmos son canciones, que expresan los sentimientos del antiguo pueblo de Dios? No son tratados para ser analizados minuciosamente. Son cánticos para ser cantados. ¿Qué es toda esta charla acerca de argumentos, razones y conclusiones?

Así que, sabiendo que algunos podrían responder de esta forma, he empezado solicitándoos que no os adelantéis a los acontecimientos, separando aquello que puede estar unido, es decir, la mente y el corazón, el pensamiento y el sentimiento, el argumento y el cántico, el razonamiento y la poesía.

Mi punto es que la buena poesía o las buenas canciones por lo general tienen argumentos sólidos. Si una canción tiene un mal argumento, éste estropea la canción, incluyendo el impacto emocional. Por ejemplo, en 1966, Sonny y Cher tenían una canción que decía: Yo viviría por ti, moriría por ti, incluso subiría a lo alto de la montaña por ti ("I'd live for you, I'd die for you, I'd even climb the mountain high for you."). ¿Qué está mal en ese argumento? La palabra "incluso" implica que escalar montañas es más drástico o sacrificado que la muerte, lo cual es falso. La lógica del poema es contradictoria por lo que la canción es pobre y el efecto final es débil.

Podéis decir: "Resulta débil sólo para ti; probablemente eres la única persona que escuchó tal problema". Espero que eso no sea cierto. Pero si lo fuese, eso es exactamente lo que quiero cambiar: la separación entre nuestras mentes y nuestras emociones, para que astutos anunciantes y artistas (que nos conocen mejor que nosotros mismos) nos enganchen mediante nuestras emociones y nos lleven a donde quieran, porque nuestras mentes están bloqueadas. Nos han enseñado a bloquearlas cuando empieza la música.

Pero en la Iglesia Bautista Bethlehem no las vamos a bloquear cuando comienzan los salmos de Dios. Cantaré con mi espíritu y cantaré con mi mente. Si no lo hago, mi mente estará inerte y mi espíritu sin verdad y sin sustancia. Vamos a ser personas integras y no dejaremos que los estereotipos del intelectualismo o del sentimentalismo nos encajen en sus moldes. Vamos a hacer un nuevo molde diseñado por el Espíritu de Dios: el Espíritu de la verdad y el espíritu del amor.

Un poema que argumenta

Veamos otro ejemplo para aclarar el tema. Me gusta leer y escribir poesía, y espero que las presiones de la vida pastoral no agoten mis fuerzas hasta el punto de que ya no me queden ánimos para escribir. He traído un ejemplo para mostraros cómo las cosas que siento profundamente siempre se expresan mediante algún tipo de argumento. El texto es un poema para el día de la Madre de 1977 titulado "A la madre de mis hijos."

A LA MADRE DE MIS HIJOS

Si hubiese un precio que poner
A mis hijos, éste superaría
Lo que con bienes y vida pudiese conseguir,
O en un millar de años acumular.

Son mi imagen, carne y hueso,
Mi idioma y mis reflexiones,
Y en su alma está la mía,
Por designio de Dios innata y enseñada.

Han sido el dulce postre de mi larga jornada:
¿Cómo puedo olvidar alguna vez
El concierto del club de fans del padre,
El dúo en el porche: "¡Papá está aquí!"?

Y serán las alegrías de mi vejez
Si por la gracia de Dios vivo tanto tiempo
Y ellos ya no serán niños pequeños,
Sino hombres cuyo amor por Dios es firme.

Y sin embargo, estas líneas no escribo
Para rendir alabanzas a mis hijos;
Las escribo para poder ensalzar más
El valor de su madre.

Cuanto más quiero a estos pequeños hombres,
Más grande es mi alegría,
Porque Karsten y su hermano Ben
Te tienen a ti por madre y por amiga.

JP
Día de la madre, 1977

Para escribir un poema tan sencillo y acogedor como este se requiere mucho más que un arrebato sentimental. Hay un argumento que gira en torno a la frase para poder: Las escribo para poder ensalzar más / El valor de su madre. Noël pasaría por alto el amor de mi corazón si no viese en mi mente que los cuatro versos de alabanza a Karsten y a Benjamín son realmente para elogiarla a ella. Por suerte eso no es difícil de ver, pero el tema es que se necesita la mente para verlo. Y rechazo el estereotipo que dice: Si ejercitas tu mente para ver tales cosas en un poema, no habrá lágrimas de alegría en el Día de la Madre. Es la mentira de Satanás que nos roba todo de la plenitud de la vida y, especialmente, de la plenitud de la Palabra de Dios.

El argumento del Salmo 1

Veamos juntos el Salmo 1 durante unos minutos. Este pequeño cántico merece varios sermones, así que no os sintáis mal si hacemos hincapié en algunas partes esta noche y no en otras. Volveremos a ellas algún día.

¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la silla de los escarnecedores,
sino que en la ley del Señor está su deleite,
y en su ley medita de día y de noche!
Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua,
que da su fruto a su tiempo,
y su hoja no se marchita;
en todo lo que hace, prospera. No así los impíos,
que son como paja que se lleva el viento.
Por tanto, no se sostendrán los impíos en el juicio,
ni los pecadores en la congregación de los justos.
Porque el SEÑOR conoce el camino de los justos,
mas el camino de los impíos perecerá.

Yo creo que este salmo tiene un argumento. Permitidme esbozar rápidamente como lo veo yo, y luego nos centraremos en el punto principal.

El Salmo presenta al lector dos alternativas de fundamental importancia. El versículo 6 dice: "Porque el Señor conoce el camino de los justos, mas el camino de los impíos perecerá". Podéis ser uno de los justos o uno de los impíos. Estas son las únicas dos categorías de seres humanos que interesan al salmista, y todo el mundo pertenece a alguna de ellas.

Junto con estos dos tipos distintos de personas, el salmista nos previene sobre dos destinos distintos en esta vida y en el momento del juicio. Si sois justos seréis como un árbol (v. 3). Si sois impíos seréis como paja (v. 4). Si sois impíos vuestro camino terminará en destrucción (v. 6b). Si sois justos, conoceréis vuestro camino y este estará cuidado y protegido por Dios hasta la gloria (v. 6a). Para los impíos: será como paja y terminará en destrucción. Para los justos: será como arboles, terminando en la congregación gloriosa de los justos.

Y luego, junto con los dos diferentes tipos de personas y de destinos, el salmista nos ofrece una de las diferencias esenciales que distinguen a los justos de los impíos. El justo se deleita en la palabra revelada de Dios y medita en ella (v. 2). El impío se burla de la palabra de Dios y desprecia a aquellos que la siguen (v. 1).

Mi conclusión es clara: Bendito, afortunado y dichoso es el hombre que se deleita en la Palabra de Dios en lugar de unirse a los que se burlan, porque será como los arboles y no como la paja, y experimentará los cuidados de Dios para siempre y no perecerá en el juicio.

Por supuesto, la implicación tácita pero contundente de este salmo, lo que el salmista nos pide que hagamos ¿qué es? ¡Disfrutad con la ley de Dios! Y meditad acerca de ella de día y de noche. Este es el tema principal del salmo. Se encuentra en la umbral del Salterio, como diciendo: Todo los que entráis aquí, deleitaros con lo que oís, no os burléis.

Los justos y los impíos

Antes de examinar más de cerca este punto principal, hay una parte del argumento que debemos aclarar. Muchos de nosotros que amamos la doctrina de la justificación por la fe podemos haber tragado saliva cuando dije: "Hay dos clases de seres humanos: los impíos y los justos. Uno se perderá y el otro disfrutará de la atención salvadora de Dios". Romanos 3:10 nos dice: "No hay justo, ni aun uno" Cómo puede entonces el salmista decir: "El Señor conoce el camino de los justos, mas el camino de los impíos perecerá".

Resulta muy útil observar el salmo que Pablo menciona en Romanos 3:10-12. Observad el Salmo 14:1-3.

El necio ha dicho en su corazón: "No hay Dios".
Se han corrompido, han cometido hechos abominables;
no hay quien haga el bien.
El Señor ha mirado desde los cielos sobre los hijos de los hombres
para ver si hay alguno que entienda,
alguno que busque a Dios.
Todos se han desviado, a una se han corrompido;
no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno.

Pablo usa la palabra "justo" (no hay justo), donde el salmista usa "hacer el bien" (no hay quien haga el bien). Sin embargo, ambos en un primer momento parecen descartar una categoría de personas denominadas los justos. Pero cuando seguimos leyendo, ved lo que encontramos. Salmo 14:4, 5:

¿No tienen conocimiento todos los que hacen iniquidad,
que devoran a mi pueblo como si comieran pan,
y no invocan al Señor?
Allí tiemblan de espanto,
pues Dios está con la generación justa.


En el Salmo 14:1-5 queda perfectamente claro que el salmista no quiere decir que no hay ningún justo. ¡Hay una generación de justos! Lo que quiere decir es que fuera de la esfera del trabajo de santificación especial de Dios (que por entonces sucedía sobre todo en Israel) los hombres son esclavos del pecado. Pero dentro de la esfera del trabajo de santificación de Dios, el pueblo puede ser justo.

Podemos estar casi seguros de que esto es lo que Pablo quiso decir también en Romanos 3:10 puesto que concluye su acusación a la raza humana con las palabras: "¡No hay temor de Dios delante de sus ojos!" (Romanos 3:18). Pero eso no se aplica a todo el mundo porque, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, los santos han temido a Dios. Entonces, lo que Pablo quiere decir es que aquellos que están fuera de la misericordiosa obra de Dios que cambia y acerca la gente a él, nadie le teme y no hay justos.

De modo que, decir que la humanidad se divide en impíos y justos, y que sólo los justos serán salvados concuerda con las enseñanzas de Pablo o con otros salmos. El otro malentendido que hay que evitar es el error de equiparar la justicia con la perfección sin pecado. Nos negamos a ser incluidos entre los justos, pues creemos que eso implicaría la perfección, nunca pecar, y sabemos que, en nuestro caso, eso no es cierto. Pero ser un hombre justo en el lenguaje del Antiguo Testamento no significa ser perfecto. Dios exigía que los santos fuesen justos para ser salvados (Salmo 1:6); nunca hizo que la perfección fuese un requisito para ello. El sistema de sacrificios fue diseñado para impartir el perdón a los pecadores, de modo que Dios pudiera salvarlos.

La manera más sencilla de apreciar en los salmos que ser justo no significa ser perfecto y de entender lo que realmente quería decir, es analizando el Salmo 32. Tened en cuenta especialmente: 1) David peca y es perdonado; 2) dice que hay un grupo de santos" (v. 6), y 3) a los malos se les separará de aquellos que confían en el Señor (v. 10), y 4) estos confiados y perdonados son llamados justos y rectos de corazón (v. 11). Así que, cuando leáis sobre los justos, pensad: son aquellos que para su felicidad confían en el Señor y se arrepienten de sus pecados con sinceridad.

Disfrutar con la palabra de Dios

Y ahora el Salmo 1 añade una característica muy importante del justo: el se deleita en la ley de Dios, las enseñanzas de Dios, y medita sobre ella día y noche. Dios quiere que seamos justos. Quiero que esta iglesia sea de gente justa. Y la primera cosa que el libro de los Salmos dice acerca de los justos es que no siguen los consejos del mundo, sino que encuentran placer en escuchar a Dios en su Palabra.

¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación.
¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!, más que la miel a mi boca. (119:97, 103)

Nunca reduzcáis el cristianismo a una cuestión de exigencias, acuerdos y fuerza de voluntad. Es una cuestión de lo que amamos, en qué nos deleitamos y qué sabe bien para nosotros. Cuando Jesús vino al mundo la humanidad se dividió de acuerdo con lo que amaba. "Que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz" (Juan 3:19). Los justos y los impíos son separados según aquello en lo que se deleitan: la revelación de Dios o el camino del mundo. Pero alguien podría preguntar: ¿Cómo puedo llegar a deleitarme con la Palabra de Dios? Yo le daría dos respuestas: 1) pide nuevos receptores del gusto en la lengua de tu corazón, 2) medita acerca de las asombrosas promesas que Dios hizo a su pueblo.

El mismo salmista que dijo: "¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!" (119:103), dijo antes, "Abre mis ojos, para que vea las maravillas de tu ley" (119:18). Él oró, porque tener nuevos receptores del gusto en la lengua de su corazón es un regalo de Dios. De forma natural, ningún hombre tiene hambre de la sabiduría de Dios ni se deleita en ella.

Pero cuando hayáis orado, o aun mientras oráis, meditad sobre los beneficios que Dios promete a su pueblo y de la alegría de tener a Dios Todopoderoso como vuestro ayudante ahora y en la esperanza eterna. ¿A quién no le gustaría leer un libro cuya lectura le transformase de paja a cedro del Líbano, de ser una árida región de Texas a ser un huerto de Hawai? En el fondo, nadie quiere ser paja, sin raíces, ingrávido, inútil. Todos queremos sacar fuerzas del profundo río de la realidad y convertirnos en personas fructíferas y útiles.

Ese río de la realidad es la Palabra de Dios y los grandes santos lo son gracias a ella. Para concluir, dejadme que os de un ejemplo que os incite a meditar más y a deleitaros más. George Müller, quien vivió desde 1805 hasta 1898, es famoso por crear numerosos orfanatos y por confiar en la ayuda de Dios de manera sorprendente. Escuchad su testimonio acerca de cómo y por qué meditar en las Escrituras.

Estando yo en Nailsworth, quiso el Señor enseñarme una verdad, sin intervención humana hasta donde sé, cuyo beneficio no he perdido, aunque ahora, mientras preparo la octava edición para su impresión, ya hayan pasado más de cuarenta años. El punto es el siguiente: Vi con más claridad que nunca, que el mayor y primordial negocio al que debo atender todos los días es tener mi alma feliz en el Señor. Lo primero que debía preocuparme no era cómo servir o cómo glorificar al Señor, sino cómo llevar mi alma a un estado de felicidad, y cómo nutrir mi alma. Porque podría llevar la verdad a los no conversos, favorecer a los creyentes, tratar de aliviar a los angustiados, buscar de otras formas un comportamiento acorde con el de un hijo de Dios en este mundo y, sin embargo, si no soy feliz en el Señor, y si mi ser interior no se nutre y fortalece a diario, todo esto puede no ser atendido con el espíritu correcto. Anteriormente, y al menos durante diez años, mi costumbre, tras vestirme por la mañana, había sido entregarme a la oración.

Entonces vi que lo más importante que tenía que hacer era dedicarme a la lectura de la Palabra de Dios y meditar en ella, de forma que mi corazón fuese consolado, alentado, advertido, amonestado e instruido, y así, mientras meditaba, mi corazón se viese expuesto a una comunión efectiva con el Señor. Comencé, pues, a meditar en el Nuevo Testamento desde el principio, a primera hora del día. Tras una breve oración al Señor pidiendo una bendición en Su preciosa Palabra, comenzaba a meditar en la Palabra de Dios, buscando, por así decirlo, obtener en cada versículo una bendición, no por el bien del ministerio público de la Palabra ni de la predicación sobre lo que había meditado, sino en aras de obtener alimento para mi alma. Casi invariablemente, el resultado fue que, a los pocos minutos, mi alma se entregaba a la confesión, a la acción de gracias, a la intercesión o a la súplica, de modo que aunque no me hubiese entregado a la oración sino a la meditación ésta se convertía, casi de forma inmediata, en una oración. Pasado un rato en confesión, intercesión o súplica, o habiendo dado gracias, leo las palabras o versículos que siguen, convirtiendo todo, a medida que avanzo, en una oración por mí o por los demás, según me guíe la Palabra, pero recordando siempre que el alimento para mi propia alma es el objeto de mi meditación. El resultado es que siempre se mezcla una buena parte de confesión, acción de gracias, súplica e intercesión con mi meditación, y a la hora del desayuno mi alma casi invariablemente se encuentra razonablemente nutrida y fortalecida y, con raras excepciones, mi animo está al menos sosegado, si no feliz. Y así también, el Señor se complace en transmitirme aquello que, poco después, he descubierto que se convierte en alimento para otros creyentes, aunque no me haya entregado a la meditación por el bien del ministerio público de la Palabra sino para beneficio de mi propia alma.

La diferencia entre mis costumbres anteriores y las actuales es la siguiente: Anteriormente, cuando me levantaba, empezaba a orar tan pronto como me era posible y, en general pasaba todo o casi todo el tiempo antes del desayuno en oración. En todo caso, casi invariablemente empezaba con la oración, excepto cuando sentía mi alma más estéril de lo habitual, en cuyo caso leía la Palabra de Dios para obtener el alimento, el descanso, o el vigor y la renovación de mi alma, antes de entregarme a la oración. Pero, ¿cuál fue el resultado? A menudo pasaba un cuarto de hora, media hora o incluso una hora de rodillas, antes de percibir el consuelo, el ánimo, la humildad del alma, etc. y muchas veces, sufría distracciones durante los primeros diez o quince minutos, o incluso durante una hora, y sólo entonces comenzaba a orar de verdad. Ahora, casi nunca sufro así. Porque al estar mi corazón alimentado por la verdad y ser llevado a la comunión efectiva con Dios, hablo con mi Padre y Amigo (¡aunque soy vil e indigno de ello!) acerca de las cosas que Él me ha dado por medio de su preciosa Palabra.

Ahora, a menudo me sorprende que no lo haya visto antes. En ningún libro he leído sobre ello. Ningún ministerio público me había planteado esa cuestión. Ningún trato privado con un hermano me había suscitado este tema. Y sin embargo, ahora que Dios me ha enseñado esto, tengo muy claro que lo primero que debe hacer un hijo de Dios por la mañana es obtener alimento para su alma. Puesto que el cuerpo humano no está preparado para realizar trabajos de cierta duración a menos que haya comido, y dado que alimentarse es una de las primeras cosas que hacemos por la mañana, así deberíamos hacer también para el alma. Debemos tomar éste alimento, como cada uno lo acepte. Y bien, ¿Cuál es el alimento para el alma? No es la oración, sino la, Palabra de Dios; y volvemos a decir que no consiste en la simple lectura de la Palabra de Dios, que pasa por nuestras mentes como el agua que fluye a través de una tubería, sino que debemos considerar lo que leemos, meditando sobre ello, y aplicándolo en nuestros corazones.

Me detengo especialmente en este punto debido al inmenso provecho y tranquilidad espiritual que, sin lugar a dudas, he obtenido, y con afecto y firmeza ruego a todos mis compañeros creyentes a reflexionar sobre este asunto. Por la bendición de Dios, le atribuyo la ayuda y la fuerza que he recibido de Dios para superar en paz graves pruebas de formas muy diferente a como lo habría hecho anteriormente; y ahora, con más de cuarenta años de edad, lo he intentado de esta nueva forma y puedo, más plenamente en el temor de Dios, recomendarlo. ¡Que diferente es atender el servicio, las pruebas y las tentaciones del día cuando el alma se tranquiliza y se regocija a primera hora de la mañana, de lo que sucede cuando no se ha hecho la preparación espiritual!