¿Por qué Dios habría de aceptarme?


Transcripción de audio

“En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). La razón de nuestra esperanza es que Dios, sobre la base de la obra de Jesucristo, me declara justo. Ese es el significado de “justificar”: que Dios me declara justo.

Pongo mi fe en alguien que es justo, en aquel que murió por mis pecados; ya no pongo más mi fe en mí, ni en nada de lo que me rodee. Renuncio a toda confianza en mí mismo. Pongo mi fe en Jesús y entonces Dios, gracias a Jesús, me toma como a Jesús. Su justicia (podemos imaginarla como una vestimenta) ahora es mía. Estoy en él y, por lo tanto, lo que él es, lo es por mí. Él es justo y es acepto, por lo que ahora yo soy justo y soy acepto sólo por la fe. Esa es la razón y el fundamento de nuestra esperanza.

Llegará el día en que, al enfrentar el juicio de Dios, no apelaré a mi propia justicia. Apelaré a su justicia y mi fe sólo en él. Así que te pregunto a ti ahora: ¿a qué apelarás cuando estés frente al Hacedor y Juez en, tal vez, veinte años, o treinta, o cuarenta, cincuenta, o incluso en tres horas? ¿Cuál será tu defensa cuando él diga: “¿Qué derecho tienes como pecador de estar en mi presencia completamente perfecta en el cielo?”? ¿Cuál será tu respuesta?

Si respondes “Fui una buena persona”, eso no bastará. Podrás haber sido más bueno que el pan, pero eso no te servirá. “¿Y que me bauticé?” Eso tampoco ayuda. “Fui miembro de la Iglesia Bautista Bethlehem. Eso seguramente cuenta.” No, en absoluto. No es una buena respuesta. Es el alegato incorrecto. Cristo es bueno; nosotros somos pecadores.

Solo espero que algunos de ustedes en este auditorio no sean cristianos y quiero dejar algo muy en claro: nadie se convierte en cristiano por ir a una iglesia, ser bautizado y seguir las reglas. Te conviertes en cristiano cuando te despojas de toda esperanza en que tu propia justicia y tu propio valor te salven, y te lanzas a los brazos de Cristo como una persona totalmente indefensa, que depende de él y de su justicia, su perdón y su misericordia.

Entonces, cuando Dios te pregunte qué derecho tienes delante de su santa presencia, espero que tu respuesta sea, desde lo más profundo de tu corazón: “No tengo derecho a estar en tu presencia, pero tu evangelio dice que si creemos en aquel que tiene derecho a estar en tu presencia, tu Hijo, quien murió en mi lugar y llevó todos mis pecados, su justicia contará como si fuera mía. Por lo tanto, apelo a Cristo. ¿Puedo entonces pasar y disfrutar de tu presencia para siempre por medio de Cristo?”.

Una gran sonrisa se dibujará en el rostro de Dios, y él te dirá: “Esa es una muy buena respuesta, que exalta a Cristo, que honra a Dios y que muestra humildad. Efectivamente, por medio de él, puedes pasar aquí, donde él recibe toda la gloria”.

Quiero ser muy claro en cuanto a la razón de nuestra esperanza. Puedes tener esperanza si eres salvo de esta manera y la meta es que “nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios” (Romanos 5:2). Ahora bien, puede que mientras estés de pie frente a Dios en el juicio él no te pregunte: “¿Qué derecho tienes a entrar aquí?”. Sospecho que podría preguntarte más bien: “¿Para qué quieres entrar aquí?”. Si contestas que no te gusta estar enfermo, que tu madre está ahí o que el infierno es demasiado caluroso, estarías dando una mala respuesta.

No son respuestas incorrectas, pero no honran a Cristo. Honran tu salud, honran a tu mamá y honran tu miedo al dolor, pero querrás honrar a Dios con esta respuesta. ¿Cuál es la respuesta adecuada? “Quiero ver la gloria de Dios en la faz de Cristo por siempre con un gozo siempre creciente. Por eso quiero entrar ahí. Quiero ver y saborear la belleza más espectacular del universo por siempre y con una apreciación cada vez mayor de ella. Por eso quiero entrar ahí.”

Entonces Dios volverá a sonreír y dirá: “Amén. Jesús sea exaltado. Eso es lo que siento al pensar en mi Hijo. ¿Quieres ver mi gloria y el rostro de mi Hijo? Entra. Esa es la razón por la que las personas entran aquí. Sí, verás a tu mamá. Así es, nunca más estarás enfermo. Sí, estarás fuera del infierno. Pero será mejor que estés conmigo, porque si no sería todo acerca de ti, y el cielo no se trata de eso”.

Así que tenemos la razón de nuestra esperanza en la justicia y muerte de Cristo y en nuestra fe, por la cual somos revestidos de justicia. Nuestra esperanza tiene una meta: ver su gloria. Esta es la esperanza que enjugará cada lágrima, rectificará todo lo que está mal y nos hará sentir que todo valió la pena. Toda la tribulación habrá valido la pena.

Ahora, permítanme leerles un versículo que me encanta de Pablo, porque su día llegará. Vamos a 2 Corintios 4:17:

Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos [y con esto se refiere a toda una vida de problemas] producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento.

Esto quiere decir que lo que experimentarás cuando pruebes la gloria de Dios del otro lado de la muerte, o cuando él venga, tendrá más peso que todo el dolor de esta vida, no importa cuánto dolor haya sido. Tendrá más peso que toda la miseria que hayas vivido en cada relación, por cuanto caminaste con Cristo a través de ella. Tendrá más peso que toda tribulación, y mirarás hacia atrás y dirás que fue un sufrimiento ligero y efímero en comparación.

Aquí y ahora, el camino se siente pesado y muy largo, pero no lo es. No lo es. Regocíjate en la esperanza.


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