Promesas Liberadoras


Esta mañana vamos a comenzar con una serie de mensajes explicativos de la segunda epístola de Pedro. Mi objetivo será analizar este libro, versículo por versículo, explicando el significado y aplicándolo a nuestra vida de hoy. Mi primera convicción detrás de estas series es que la vida es corta y los sermones son pocos. Voy a hacer lo mejor que pueda para que mis palabras reflejen las palabras de Dios. Creo que esta epístola es la Palabra de Dios para nosotros hoy. No quiero imitar a 2 Pedro y tomar el rol de apóstol. De una vez y para siempre, la fe ha sido dada de una vez por todas a los santos y está contenida en un libro cuyo autor final es Dios. Solo quiero ayudarlos a entender la voz de Dios en ese libro. Mi segunda convicción es, que a través del conocimiento de la profundidad y riqueza de este libro, nos transformaremos moralmente y espiritualmente en este mundo y se nos dará la vida eterna. Esa es mi convicción, porque es lo que enseña la Palabra y es lo que he experimentado. Creo realmente que si colmamos nuestras mentes y nuestros corazones con la gloria y excelencia de Dios en las Escrituras, algún día habrá una explosión en Bethlehem: de adoración, amor entre unos y otros, compasión por el mundo y cosecha.

Cuando comencemos, mi procedimiento no va a ser dar un resumen primero. Vamos a avanzar razonando, dejando que las piezas gradualmente constituyan una gran estructura coherente. De esta manera, dependerán menos de mí y más del texto mismo. (Por favor traigan sus Biblias). Cuando terminemos (cerca de diez mensajes), debemos tener la reflexión de esta carta arraigada y creciendo en nuestras mentes y corazones. (Si tienen que faltar un domingo, espero que consigan un manuscrito o una grabación, para que todos podamos seguir desarrollándolos).

Comenzaremos entonces con el versículo 1: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo”. Desde tiempos remotos, ha habido controversia en cuanto a si Pedro escribió esta carta. Si tuviera una hora y media extra, me encantaría dar una disertación sobre la autoría y fecha de esta carta. Pero, he decidido reservar las cuestiones más técnicas para artículos ocasionales en el periódico local STAR y centrarme en los sermones sobre los asuntos teológicos y éticos de la carta. Mi convicción es que, si bien Pedro puede no haberla escrito, al menos autorizó el escrito y le dio su aprobación. Puede, perfectamente, ser que Judas, el hermano del Señor, lo haya escrito, puesto que su pequeño libro se acerca mucho más al estilo, vocabulario y contenido de 2 Pedro que 1 Pedro (Más sobre esto en STAR). Si él lo escribió, lo hizo en nombre de Pedro, y no he visto ninguna razón convincente para dudar del punto del versículo 1, que la carta tiene la voz y la autoridad del apóstol Pedro.

Pedro: Siervo y Apóstol

La manera en la que Pedro se presenta es importante: “siervo y apóstol de Jesucristo”. El término apóstol simboliza autoridad: él representa y habla por el Cristo vivo. Como tal, sus enseñanzas oficiales forman la base de la iglesia hasta la actualidad (Efesios 2:20). Pero, Pedro no está ansioso por presumir de esta autoridad. “Apóstol” es lo segundo, no lo primero. Está precedido y atenuado por “siervo” o “esclavo”. Había una gran diferencia de posición social entre un representante del Señor y su esclavo. Pedro se identifica como ambos, pero pone “esclavo” primero, y de esta manera muestra que no quiere usar su respetada posición como apóstol para dominar sobre los santos. Había hecho lo mismo en 1 Pedro 5:1, cuando se dirigió a los ancianos como “anciano como ellos” y Pablo lo hizo cuando dijo de su propia autoridad: “No es que nosotros queramos tener control de vuestra fe, sino que somos colaboradores con vosotros para vuestro gozo” (2 Corintios 1:24; 10:8; 13:10). Los apóstoles aprendieron de Jesús (Lucas 22:25-26): “Los reyes de los gentiles se enseñorean con ellos; y los que tienen autoridad sobre ellos son llamados bienhechores. Pero no es así con vosotros; antes, el mayor entre vosotros hágase como el menor, y el que dirige como el que sirve”.

El mismo énfasis humilde continúa en la frase del versículo 1: “a los que han recibido una fe como la nuestra, mediante la justicia de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo”. El objetivo de este versículo es poner a los lectores en el mismo plano espiritual que el apóstol. Lo más importante en la vida de todos es la fe y en esa calificación, Pedro está en el nivel de la iglesia. Pedro aprendió también esto de Jesús, quien le había dicho una vez a sus representantes, en Lucas 10:19-20: “Mirad, os he dado autoridad . . . Sin embargo, no os regocijéis en esto . . . sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”. No importa cuánta autoridad Cristo le haya dado a un creyente, este no debe olvidar nunca que la gran alegría de su vida simplemente debe ser que se salva por la fe, como todos los otros santos.

En esta segunda mitad del versículo 1, hay tres cosas que enfatizan la igualdad espiritual de todos los creyentes ante Dios. Primero, la frase “una fe como la nuestra” o “como una valiosa fe”. Segundo, la palabra “recibido”: “a los que han recibido una fe como la nuestra”. Se usa otras tres veces en el Nuevo Testamento, y en cada caso se refiere a recibir algo, no mediante esfuerzo o merecimiento, sino por suerte (Lucas 1:9; Juan 19:24; Hechos 1:17). Por eso, la palabra precisa que Pedro elige ilustra cuán fútil sería para cualquiera de nosotros jactarnos de nuestra fe. La recibimos por elección de Dios, no por nuestro esfuerzo previo. La tercera manera de enfatizar la calidad de los creyentes en la fe es puntualizar que lo que da valor y distinción a nuestra fe es la justicia de Cristo, no la nuestra. Dice que tenemos fe “en (o mediante) la justicia de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo”. La frase puede significar que nuestra fe la recibimos “por su justicia” (como el medio), o que nuestra fe está “en su justicia” (como el objeto): En ambos casos, el efecto es enfatizar que la fidelidad inquebrantable de Cristo para ser justo es de lo que dependemos, no nuestra justicia. Por consiguiente, no presumamos de nuestra fe, porque la recibimos como un “regalo” y su fundamento no es nuestra justicia, sino la de Cristo, quien es nuestro Dios y Salvador.

Por consiguiente, todo en el versículo 1 es un círculo afectuoso de humildad y amor sobre esto. Pedro tiene autoridad, pero hace todo lo posible para ser presentado como un hermano y ser su servidor, en vez de tomar el control de ellos. Debemos tener en cuenta esto para nosotros mismos, no sea que nuestra posición se nos suba a la cabeza y olvidemos que somos esclavos tanto como pastores, tanto como diáconos, administradores, maestros, ejecutivos, doctores, abogados, comerciantes, supervisores, etc. Todos tenemos “una fe valiosa”, si realmente nuestra fe está en la justicia de Nuestro Dios y Salvador Jesucristo y no en la nuestra. Y otra razón por la que debemos recordar esta introducción sensible y humilde es que cuando lleguemos al capítulo 2, el tono cambiará radicalmente y Pedro se pondrá severo. Pero, no nos adelantemos.

El Saludo de Pedro

En el versículo 2, Pedro saluda a sus lectores con una bendición: “Gracia y paz os sean multiplicados en el conocimiento de Dios y de Jesús, Nuestro Señor”. No es una simple fórmula introductoria. Es una declaración de lo que Pedro realmente quiere ver que suceda precisamente por esta carta. Podemos decir que este versículo no es algo vacío, porque la carta termina con el mismo tenor (3:18): “Creced en la gracia y el conocimiento de Nuestro Señor y Salvador, Jesucristo”. El describe la gracia y la paz (en el versículo 2) como algo que recibimos de Dios. No son nuestras por naturaleza o por derecho. Provienen de algo externo a nosotros y Pedro desea que lo recibamos en abundancia. Entonces, el anhelo de Pedro, y el mío ahora, es que todos abundemos en gracia – que Dios la multiplique en nosotros y que crezcamos en ella y que haya una gran paz (por dentro y por fuera).

Pero, probablemente, lo más importante a tener en cuenta en el versículo 2 es que la gracia y la paz de Dios se multiplican en o mediante el conocimiento de Dios. Pedro no puede pasar su segunda oración sin exponer una de sus convicciones más profundas: específicamente, que conocer a Dios es el medio por el cual su gracia y su paz resultan abundantes y poderosas en nuestras vidas. Si quieren disfrutar de la gracia de Dios y ser el aroma de su gracia en este mundo, tienen que hacer crecer el conocimiento de Él. La gracia no es un simple depósito. Es un poder que conduce a la piedad y a la vida eterna. Y donde languidece el conocimiento de la gloria y de la excelencia de Dios, la gracia no fluye. El canal desde el depósito infinito de la gracia de Dios hacia dentro y a través de nuestras vidas, es el conocimiento de Dios. No estudiamos las Escrituras por ellas mismas, sino porque el conocimiento de Dios proviene a través de las mismas y mediante esto la gracia y la paz se multiplican en nuestros corazones, en la iglesia y en el mundo. En los dos versículos siguientes de nuestro texto, Pedro amplía esta conexión entre el conocimiento de Dios y el poder de la gracia.

Versículo 3: “Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”. Veámoslo en tres partes. Primero, el objetivo es que obtenemos vida y nos convertimos en gente piadosa; segundo, la fuente de esta vida y piedad es el poder divino; tercero, el medio por el cual este poder produce esta vida y esta piedad es mediante el conocimiento de Dios.

El Objetivo – Vida y Piedad

Primero, Pedro apunta a dos cosas: vida eterna y piedad; transformación moral y espiritual ahora, y esperanza de vida en la era por venir. En el capítulo 2, vamos a encontrar lo profundamente preocupado que está con respecto a que algunos en la iglesia están viviendo vidas corruptas. Y, para Pedro, hay una conexión cercana entre la piedad y la vida eterna. No se puede tener una si se rechaza la otra. Fíjense en 2:19,20. Él dice de los falsos maestros: “Les prometen libertad mientras que ellos mismos son esclavos de la corrupción, pues uno es esclavo de aquello que le ha vencido. Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo son enredados en ellas y vencidos, su condición postrera viene a ser peor que la primera”. En otras palabras, si se rechaza el camino de la piedad también se rechaza la esperanza de vida eterna. Por lo tanto, Pedro nos prohíbe que convirtamos nuestra fe en una póliza de seguro contra incendio, para escapar del infierno mientras nuestras vidas permanecen sin cambiar. La esperanza de vida y el camino de la piedad están o se ubican juntas.

La Fuente - El Poder Divino

Segundo, no está en nuestro poder el producir o lograr el camino de la piedad y la esperanza de vida. Por consiguiente, Pedro dice: “Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne ( o conduce) a la vida y a la piedad”. Esta es una afirmación humilde. Cuando se trata de vida y de piedad, todo debe estar provisto para nosotros externamente. Por supuesto, esto no significa que seamos pasivos. Como Pedro dice: “Ocupaos en vuestra salvación . . . porque Dios es quien obra en vosotros” (Filipenses 2:12-13). Pero implica que nunca podríamos ser piadosos o lograr la vida eterna si no confiamos en el poder divino.

Necesitamos hacer una pausa y enfatizar esto. La fe cristiana no es simplemente un conjunto de doctrinas que hay que aceptar. Es un poder para experimentar. Es muy triste preguntarle a la gente si conocen al Señor y hacer que empiecen a nombrar las cosas que creen sobre el Señor. Hermanos y hermanas, conocer cosas sobre Jesucristo no va a salvar a nadie. Los demonios son los creyentes más ortodoxos bajo el Cielo. Es el poder divino el que salva. Si el poder de Dios no fluye en sus vidas y los hace piadosos, no pertenecen a Cristo. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios” (Romanos 8:14). La señal de condición de hijo es poder divino. Y la señal de poder es la piedad, lo que significa amor por las cosas de Dios y caminar por el sendero de Dios.

Y Pedro dice que el poder divino se nos ha concedido a nosotros ¿Quiénes son “nosotros”? Versículo 1: “los que han recibido una fe como la nuestra” El poder se les da a aquellos que confían en la justicia de Dios. Pero, ¿cómo se experimenta este poder? ¿Cómo se activa en nuestras vidas? Esa es la tercera parte del versículo 3: “mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”. Como en el versículo 2 la gracia se multiplica con el conocimiento de Dios, así en el versículo 3 el poder divino es concedido mediante el conocimiento de Dios. Esto nos da una buena definición de gracia. La gracia de Dios es un poder gratuito, que obra en nosotros para nuestro bien. Y la manera en la que se activa en nuestro día a día es a través de nuestro conocimiento de Dios, y un hecho sobre Dios en particular: que Él “nos llamó por su gloria y excelencia”. Este no es un mero hecho sobre Dios si se lo considera como concerniente a uno mismo. Es poder.

Si son prisioneros de guerra en un campo de concentración y pierden la esperanza, y desesperados desechan su moralidad, y se enteran que se está planeando un intercambio de prisioneros y ven que un guardia se acerca a la fila y señala a prisioneros individualmente, pidiéndoles que lo sigan para obtener la libertad y estar con sus familias, no es un simple factor de conocimiento cuando los señala a ustedes y los llama. ¡Es poder!. El poder de la esperanza súbitamente se incrementa a través de sus cuerpos porque saben que han sido llamados. Por eso, cuando Pedro dice que el divino poder por la esperanza y piedad surge mediante el conocimiento de nuestro llamado a la gloria, podemos sentir lo que significa. Si pudiéramos ver la gloria y la excelencia de Dios y conocer que nuestro Creador se aproximó a nosotros y nos dijo: “Ustedes allí, vengan; les voy a mostrar mi gloria y darles la vida eterna para su gozo”, ¡significaría poder! El poder de la esperanza y el poder de la piedad. Lo saben por experiencia: cuando ven más claramente la gloria y la excelencia de Dios y saben que tienen su afecto, entonces es cuando tienen el poder de vivir como deben.

El medio – El Conocimiento de Dios

Y ahora, finalmente el versículo 4: “Por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia”. Este versículo es una reafirmación del versículo 3. Se menciona el mismo punto, pero el “conocimiento” y la “piedad” del versículo 3 están interpretados para nosotros en el versículo 4. Se dice que el conocimiento que nos conduce a la vida y a la piedad es el conocimiento de las promesas inmensas y valiosas de Dios. Y así, aprendemos que el único conocimiento de Dios, que es portador del poder salvador, es un conocimiento prometedor. El conocimiento de la gloria y de la excelencia de Dios (en el versículo 3) da poder para la piedad solamente si este nos comunica la feliz promesa de que somos llamados e incluidos. Si después de una semana de lluvia un niño melancólico se despierta un sábado a la mañana y ve que la gloriosa luz del sol lo invita a jugar al aire libre, un nuevo poder fluye dentro de su espíritu; pero solamente si en realidad puede salir. Si estuviera enfermo y no pudiese jugar, la belleza del día y la diversión de sus amigos afuera podrían entristecerlo. El conocimiento de la gloria de Dios tiene que ser prometedor si ha de transmitir poder. Debemos saberlo y creer que nosotros estamos incluidos – que las promesas son nuestras, que el llamado es para nosotros (cf. Efesios 1:19).

Noten que, así como en el versículo 3, el conocimiento de nuestro llamado a la gloria fortalece para la vida y la piedad, de la misma manera en el versículo 4, las promesas de Dios nos liberan de la corrupción y nos comparten la naturaleza divina. La piedad del versículo 3 se hace explícita negativamente y positivamente. Existen dos cosas que necesitamos por encima de todas las otras: 1) ser liberados del poder del pecado que corrompe y destruye nuestras vidas, y 2) estar unidos a Dios a su semejanza (Efesios 4:23). Y Dios nos enseña aquí lo que desesperadamente necesitamos saber: que esta liberación del pecado y la semejanza con Dios proviene de conocer y confiar en sus valiosas y grandes promesas.

De forma muy práctica, creo que significa que, día a día, debemos ir a la Palabra de Dios y buscar grandes promesas. Fijen en sus mentes una o dos, y manténgalas allí, delante de ustedes todo el día. Y úsenlas para vencer la tentación de pecar e incitarlos a actos osados de piedad y amor. Noten en la última parte del versículo 4 que la corrupción se origina “por la pasión”, “la lujuria” o “la concupiscencia”. Esto significa que la batalla contra la corrupción se pelea en el campo de nuestros deseos o pasiones. El pecado ataca al presentarnos promesas para nuestra felicidad: si mienten en la declaración de ingresos, van a tener más dinero y ser más felices; si se divorcian, serán más felices; si presumen de ganar el partido, serán más felices; si no alteran la relación con su vecino por compartir a Cristo, van a ser más felices; etc. Y el pecado siempre ganará la batalla, a menos que tengamos el exquisito estímulo de las promesas de Dios claramente frente a nuestras narices. A no ser que empecemos nuestro día armados con una o dos grandes promesas valiosas, vamos a ser completamente vulnerables a la tentación. Pero, si tenemos delante de nuestros ojos las cosas extraordinarias que Dios nos ha prometido y la vida futura, su poder divino estará presente, escaparemos de la corrupción y nos adecuaremos a la imagen de su Hijo. Por lo tanto, les insto: busquen en este libro las promesas de Dios y cuélguenlas como una zanahoria frente a sus ojos para que les alejen del pecado y les acerquen a la semejanza a Dios

Podemos resumir esto primeros cuatro versículos de 2 Pedro con cuatro palabras: poder, promesas, práctica y posibilidad. El poder divino de Dios (v.3) fluye en nuestras vidas cuando conocemos (v.2) y confiamos en sus preciosas y grandes promesas (v.4). Y este poder que surge a través de estas promesas origina la práctica de la piedad (v.3) y la posibilidad de la vida eterna. ¡Oremos y comprometámonos otra vez a ver este poder!