Amar a Dios por lo que El es: la perspectiva de un pastor

Uno de los descubrimientos más importantes que jamás haya hecho es esta verdad:  Dios es más glorificado en mí cuando yo estoy más satisfecho en él.  Éste es el motor que impulsa mi ministerio como pastor.  Afecta todo lo que hago.

Ya sea que coma o que beba o que predique o que aconseje o lo que sea que haga, mi objetivo es glorificar a Dios con la manera en que lo hago (1 Cor. 10:31).  Lo que significa que mi objetivo es hacerlo de una manera que muestre cómo la gloria de Dios ha satisfecho todos los deseos de mi corazón.  Si mi prédica revelara que Dios no ha podido satisfacer ni siquiera mis propias necesidades, sería un fraude.  Si Cristo no es la satisfacción de mi corazón, ¿me creería realmente la gente cuando anuncie sus palabras, “Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed.” (Juan 6:35)?

La gloria del pan es que satisface.  La gloria del agua de vida es que quita la sed.  No honramos a  el agua de un manantial en la montaña--que es refrescante y se vuelve a llenar solo--acarreando el agua hacia arriba del sendero en baldes, para poder contribuir desde los estanques de abajo.  Honramos al manantial sintiendo sed, poniéndonos de rodillas y tomando con gran placer.  Entonces exclamamos, “¡Ahhhh!” (¡eso es adoración!); y seguimos nuestra jornada en la fuerza de la fuente (eso es servicio).  El manantial de la montaña es más glorificado cuando nosotros estamos más satisfechos con su agua.

Trágicamente, a la mayoría de nosotros se nos ha enseñado que el deber, no el deleite, es la manera de glorificar a Dios.  ¡Pero no hemos sido enseñados que el deleite en Dios es nuestro deber!  Estar satisfechos en Dios no es una añadidura opcional en lo que se refiere a las cosas verdaderas del deber cristiano.  Es la demanda más básica de todas. “Deléitate asimismo en Jehová” (Salmo 37:4) no es una sugerencia sino un mandamiento.  También lo son: “Sirve a Jehová con alegría” (Salmo 100:2);  y: “Regocijaos en el Señor siempre” (Filipenses 4:4).

La carga de mi ministerio es dejar claro a otros que "tu misericordia (de Jehová) es mejor que la vida” (Salmo 63:3). Y si es mejor que la vida, es mejor que toda la vida que este mundo ofrece. Esto quiere decir que lo que satisface no es los regalos de Dios sino la gloria de Dios—la gloria de su amor, la gloria de su poder, la gloria de su sabiduría, santidad, justicia, bondad y verdad.

Esto es por lo que el Salmista, Asaf, exclamó, "¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre.” (Salmo 73:25-26).  Nada en la tierra—ninguno de los buenos regalos de la creación de Dios—podía satisfacer el corazón de Asaf.  Sólo Dios podía.  Esto es lo que David quiso decir cuando le dijo al Señor, "Tú eres mi Señor; ningún bien tengo fuera de ti.” (Salmo 16:2).

David y Asaf nos enseñan, a través de sus propios deseos enfocados en Dios, que los regalos de Dios como la salud, las riquezas y la prosperidad no satisfacen. Sólo Dios lo hace. Sería presuntuoso no agradecerle por sus regalos (“Y no olvides ninguno de sus beneficios,” Salmo 103:2); pero sería idolatría llamar a la alegría que éstos nos dan, amor a Dios. Cuando David dijo al Señor: “en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre.” (Salmo 16:11), quiso decir que acercarse a Dios mismo es la única experiencia en el universo que nos da completa satisfacción.

No es los regalos de Dios por lo que David suspira como si fuera un amante enfermo del corazón. “Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente." (Salmo 42:1-2).  Lo que David quiere experimentar es una revelación del poder y la gloria de Dios: “Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua. Así te contemplaba en el santuario, para ver tu poder y tu gloria.” (Salmo 63:1-2).  Sólo Dios puede satisfacer un corazón como el de David.  Y David fue un hombre según el corazón de Dios.  Nosotros hemos sido creados de la misma forma.

Ésta es la esencia de lo que significa amar a Dios—estar satisfechos en él.  ¡En él!  Amar a Dios incluirá obedecer todos sus mandamientos; incluirá creer toda su palabra; incluirá agradecerle por todos sus regalos; pero la esencia de amar a Dios es disfrutar todo lo que él es. Y es este disfrutar de Dios lo que glorifica su dignidad por completo.

Sabemos todo esto intuitivamente y también por la Escritura. ¿Nos sentimos más honrados por el amor de aquellos que nos sirven por las restricciones del deber, o por el deleite del compañerismo? Mi esposa se siente más honrada cuando le digo: “Me hace feliz pasar tiempo contigo.” Mi felicidad es el eco de la excelencia de ella. Y así es para con Dios.  Él es más glorificado en nosotros cuando nosotros estamos más satisfechos en él.

Ninguno de nosotros ha llegado a la perfecta satisfacción en Dios. Sufro a menudo por el murmurar de mi corazón cuando pierdo las comodidades de este mundo. Pero he probado que el Señor es bueno. Por la gracia de Dios ahora conozco la fuente del gozo eterno. Así es que amo pasar mis días atrayendo a personas a este gozo hasta que digan conmigo, “Una cosa he pedido al Señor, y ésa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo.” (Salmo 27:4).

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