Sin escatimar dolor, sin escatimar el placer

Comunión de la graduación del seminario Bethel

El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas?

El pasaje de las Escrituras que me gustaría analizar con ustedes esta noche se encuentra en Romanos capítulo ocho. Romanos ocho es para mí el capítulo más precioso de la Biblia, y el verso en que me enfoco en esta noche es el verso más precioso de ese capítulo. Y me es tan precioso porque la promesa que encierra es tan abarcadora que siempre está lista para ayudarme en prácticamente cada giro que mi vida y ministerio dan. Nunca ha habido y nunca habrá una circunstancia en mi vida donde esta promesa sea irrelevante.

Justo cuando acababa de escribir este primer párrafo de este mensaje el miércoles en la tarde sonó el teléfono. Y la voz al otro lado de la línea dijo: «Hola, John, es Beryl. Jerry murió hoy». No estaba seguro de haber escuchado correctamente, así que pregunté: « ¿Qué?». Ella me respondió: «Jerry, mi esposo, murió en esta tarde». Quedé estupefacto. Él había estado con nosotros durante tres horas en la noche antes en la reunión de Tutores de la iglesia. Tenía 54 años, con seis hijos. Abandoné la preparación del sermón, como lo he tenido que hacer tantas veces anteriormente, y manejé hacia el Hospital Metodista. Y mientras iba pensaba: «Sí, es cierto. Esta preciosa promesa es mi ayuda y fortaleza para este momento y para cada momento en mi ministerio y en mi vida. No hay circunstancia donde no sea algo absolutamente relevante». Y eso trataré de demostrárselo a ustedes en un momento.

Pero esta no es la única razón por la que este verso me es tan preciado. No solo contiene una abarcadora promesa, también contiene lo que yo llamaría un certificado, o una base, o garantía de la promesa. Y esta garantía es tan fuerte y tan sólida y tan segura que no existe absolutamente ninguna posibilidad de que la promesa pueda ser rota alguna vez.

Mi oración al comenzar a analizar este verso es que Dios tome esta relación que existe entre este fundamento y esta promesa, y la convierta en el inexpugnable núcleo de la esperanza que ustedes tengan en el ministerio. Que sea el eje central al que usted vuelva una y otra vez diciendo: «Cualquier otra cosa cede el paso, cualquier otra cosa decepciona, cualquier otra cosa falla, pero esta relación nunca falla –le es imposible fallar».

El verso es Romanos 8:32, y dice así, refiriéndose a Dios el Padre: “El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas?”.

El texto tiene dos partes. La primera parte es el fundamento: “[Dios] no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”

Uno de mis amigos, quien es pastor en Illinois, hace un par de años predicó a un grupo de hombres prisioneros en la prisión estatal durante la Semana Santa. En un momento de su mensaje hizo una pausa y preguntó a aquellos hombres si sabían quién había matado a Jesús. Algunos dijeron: los soldados. Otros dijeron: los judíos. Otros: Pilato. Pero mi amigo esperó por un momento y solo dijo: «Su Padre lo mató».

Eso es lo que significa la primera mitad de Romanos 8:32: “Dios no escatimó a su propio Hijo sino que lo entregó a la muerte. Isaías 53 lo dice mucho más contundentemente: “nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido [...] 10 Pero quiso el Señor quebrantarle, sometiéndole a padecimiento”. (vv. 4,10). O, como dice Romanos 3:25: “a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre”. Así como Abraham levantó un cuchillo sobre el pecho de su hijo Isaac, pero eximió a su hijo porque había un carnero en los matorrales como sustituto, así mismo Dios el Padre levantó el cuchillo sobre el pecho de su Hijo Jesús, pero no lo eximió porque él era el carnero, él era el sustituto.

Y mi amigo pastor me dijo que esos prisioneros endurecidos se sentaron en silencio por un momento y luego preguntaron: « ¿Por qué haría él eso?».

Y la respuesta es dada justamente aquí: “El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. En otro lugar Pablo dice: “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El” (2da a los Corintios 5:21). O, como lo vio Isaías cientos de años antes de que sucediera:

“El fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados. 6 Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero el Señor hizo que cayera sobre El la iniquidad de todos nosotros” (Isaías 53:5-6).

Dios no escatimó a su propio Hijo, porque era el único modo en que podría guardarnos. La culpa de nuestras trasgresiones, el castigo por nuestras iniquidades, la maldición por nuestro pecado (tan ciertos para nosotros los pastores como para el peor criminal del mundo) nos hubieran llevado sin posibilidad de escape hacia la destrucción del infierno. Pero Dios no eximió a su propio Hijo, sino que lo entregó para ser herido por nuestras trasgresiones, y molido por nuestras iniquidades y crucificado por nuestro pecado.

Para mí, personalmente, este es un verso precioso porque es el fundamento de la promesa que me hace el Señor en el mismo verso (Romanos 8:32 es el certificado y la garantía de su propia promesa). Y es que el Hijo de Dios llevó en su cuerpo todo mi castigo, y toda mi condenación, y toda mi vergüenza, y todas mis faltas, y toda mi corrupción, de modo que yo pudiera estar ante el Dios santo, perdonado, reconciliado, justificado, aceptado, y como el beneficiario de las inefables y absolutas promesas de placer que serán disfrutadas a su diestra por la eternidad.

De modo que así es como Pablo razona: como Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no (lógicamente debiera hacerlo, ciertamente lo hará) nos dará todas las cosas con él? Aquí está la abarcadora promesa en este verso. Dios ciertamente, con toda seguridad, sin lugar a dudas, sin ninguna posibilidad de fallo: “nos concederá también con él todas las cosas”.

El razonamiento de Pablo avanza desde lo más difícil hasta lo más sencillo, o desde lo más grande hasta lo más pequeño. Si Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (esto es lo más difícil, esto es lo más grande) entonces, es comparativamente más fácil, más pequeño, que Dios nos entregue con él todas las cosas. Algo pequeño y fácil para Dios pero absolutamente impresionante para nosotros.

“¿Cómo no nos concederá también con El todas las cosas?” ¿En serio? ¿Todas las cosas? ¿Qué significa eso? La respuesta se encuentra en el verso que le precede. Allí Pablo dice: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Y nuestra primera respuesta es: muchísimas personas están en nuestra contra. Jesús dijo: “Pero seréis entregados aun por padres, hermanos, parientes y amigos; y matarán a algunos de vosotros, 17 y seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (Lucas 21:16-17). Esa es mucha oposición.

¿Qué quiso decir Pablo cuando dijo: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”? ¿Qué oposición pudiera existir en contra suya que el Dios todo poderoso no transforme para el beneficio de usted? Y la respuesta es ninguna. Esta es su verdadera intención cuando dice: “¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas?”. Nada vendrá a su vida como hijo de Dios, que por la gracia soberana de Dios, no sea transformado para beneficiarle. Esto es lo que implica que Dios sea Dios, y que Dios esté a su favor, y que Dios le dé gratuitamente todas las cosas.

Usted debe creerlo así o no prosperará, quizás ni siquiera sobreviva en el ministerio. Hay demasiado dolor, demasiados reveses, y desánimos, demasiadas controversias, y presiones. No sé a dónde me iría en el ministerio sino creyera que el Dios todopoderoso está tornando cada revés, y cada desánimo, y cada controversia, y cada presión, y cada dolor, y los está despojando de su poder destructivo y haciéndolo obrar para mi gozo en él.

Mañana por la mañana a las 11:00 en punto estaré frente a muchos cientos de amigos y familiares de Jerry Halldorson y trataré de ayudarles a ver que para Jerry y para ellos (si lo reciben) es totalmente cierto que en su muerte Dios está cumpliendo la promesa de Romanos 8:32. Y quizás me referiré a el magnífico paralelo de Romanos 8:32 que hay en 1ra a los Corintios 3:21 donde Pablo dice a los santos de Corinto: “Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es vuestro: 22 ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es vuestro, 23 y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”.

El mundo es de ustedes, la vida es de ustedes. La muerte es de ustedes. Dios reina tan supremamente a favor de sus elegidos que todo, incluyendo la muerte de Jerry Halldorson y todo lo que ustedes enfrentan durante sus ministerios ha sido sometido por la poderosa mano de Dios y hecho servidor de nuestra santidad y nuestro gozo eterno en Dios.

Si Dios es por nosotros, y si Dios es Dios, entonces es cierto que nada puede tener éxito en nuestra contra. “El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas?”. Todas las cosas, el mundo, la vida, la muerte...

Estamos a punto de conmemorar, al participar de esta mesa, el fundamento y la garantía de la promesa más abarcadora de la Biblia. Es la base de esta gran verdad:

Dios no escatimó el dolor sobre su propio Hijo para no escatimar ningún placer a sus santos.

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