Dios vindicó Su justicia en la muerte de Cristo

21 Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; 22 es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay distinción; 23 por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, 24 siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, 26 para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús.”

Una de las razones por las que resulta difícil comunicar la realidad Bíblica al hombre moderno, secular, es que la mentalidad bíblica y la mentalidad secular tienen puntos de partida radicalmente diferentes.

Cuando digo “mentalidad secular” no necesariamente quiero significar una mentalidad que margina a Dios o que en principio niegue que la Biblia sea verdad. Es una mentalidad que comienza con el hombre como la realidad básica del Universo. Toda su línea de pensamiento se inicia asumiendo que el hombre tiene derechos básicos, necesidades básicas y expectativas o deseos básicos. Luego, partiendo de este centro la mente secular interpreta al mundo, con el hombre y sus derechos y necesidades como la medida de todas las cosas.

Lo que la mentalidad secular considera problemas, son tales según encajen o no con su centro – el hombre y sus derechos y necesidades y expectativas. Y lo que esta mentalidad llama éxito es visto como éxito porque encaja con el hombre, sus derechos, necesidades y expectativas.

Esta es la mentalidad con la que nacimos y que nuestra sociedad secular virtualmente refuerza cada hora de cada día de nuestra vida. Pablo llama a esta mentalidad la “mente puesta en la carne” (Romanos 8:6-7) y dice que es la manera de pensar del “hombre natural” (1 Corintios 2:14). Es algo tan nuestro que difícilmente sabemos que está ahí. Simplemente lo damos por hecho – hasta que colisiona con la otra mentalidad, más específicamente la que menciona la Biblia.

La mentalidad bíblica no es simplemente una mentalidad que incluye a Dios en alguna parte del universo y dice que la Biblia es veraz. La mentalidad bíblica comienza con un punto de partida radicalmente diferente, esto es, Dios. Dios es la realidad básica del universo. Él fue antes que nosotros existiéramos – o mejor, antes que nada existiera. Él es sencillamente la realidad más absoluta.

Y así el esquema mental bíblico comienza asumiendo que Dios es el meollo de la realidad.

Todo razonamiento entonces parte de la convicción de que Dios tiene derechos básicos como el Creador de todas las cosas. Él tiene metas acordes con su naturaleza y carácter perfecto. Luego, la mentalidad bíblica, partiendo de este centro interpreta al mundo, con Dios y sus derechos y metas en el centro, como la medida de todas las cosas.

Y lo que la mentalidad bíblica ve como problemas básicos en el universo, por lo general no son los mismos problemas que ve la mente secular. Porque los problemas no son las cosas que no encajan con los derechos y necesidades del hombre, primeramente, sino son los cosas que no encajan con los derechos y metas de Dios.

Lo que intentamos hacer en estos mensajes mientras nos aproximamos a la Semana Santa, es centrar nuestra atención en las realidades grandiosas, objetivas, divinas, que no dependen de nosotros y que Dios ha cumplido para establecer su propósito de salvación invencible. Y al centrarnos en la grandiosa obra de Dios (en lugar de la nuestra), la meta es vivenciar la certeza plena de la esperanza. La seguridad viene no sólo al evaluar nuestra participación subjetiva en la salvación, sino y aún más importante, viene de meditar en el fundamento objetivo de la salvación.

Hemos analizado la obra de Dios de elección por la cual Él escoge quién se unirá a Cristo y vendrá a la fe (Efesios 1:4). Y hemos analizado la obra de Dios de la predestinación, arraigada en el beneplácito de su voluntad y cuya mira es la alabanza de su gloria (Efesios 1:5). Y hemos visto que estas realidades no encajan bien con la mentalidad secular. Porque si empiezas con el hombre y sus derechos y deseos en lugar de hacerlo con el Creador y sus derechos y metas, los problemas que vas a ver en el universo serán muy diferentes.

¿Cuál es el acertijo básico del universo? ¿Cómo preservar los derechos del hombre y resolver sus problemas (por ejemplo, el derecho de la autodeterminación y el problema del sufrimiento)? ¿O es cómo un Dios infinitamente digno, en completa libertad, puede hacer despliegue de la gama completa de sus perfecciones – lo que Pablo llama la riqueza de su gloria –, su santidad, poder, sabiduría, justicia, ira, bondad, verdad y gracia?

Si comienzas con el hombre en el centro (con la tendencia natural del corazón humano de priorizar sus derechos y deseos), evaluarás las enseñanzas Bíblicas de la elección y predestinación de un modo muy distinto a como lo harías si empezaras con Dios y con su meta de manifestar todo lo que Él es para que sea conocido y adorado con una reverencia y temor y gozo que correspondan a todo lo que Él realmente es en proporción perfecta.

Introduzco el texto de hoy con esta larga reflexión sobre el poder de nuestros puntos de partida, porque el problema más profundo, para cuya solución se diseñó la muerte de Jesús, es virtualmente incomprensible para la mentalidad secular. Lo que vemos en el texto de hoy es probablemente la representación más clara de lo que hemos estado hablando – esto es, que la mente secular centrada en el hombre y la mente bíblica centrada en Dios ni siquiera coinciden en los problemas a resolver, mucho menos en las soluciones.

No debiera sorprendernos si encontramos en este texto que el problema que Dios estaba resolviendo mediante la muerte de su Hijo y el problema que a la mente secular le gusta pensar que Él resolvía no son el mismo.
Vayamos al texto para examinar lo que quiero decir.

Nuestro enfoque de hoy es muy limitado. Hablaremos sobre la muerte de Cristo durante tres semanas, especialmente sobre su poder para justificar al impío y su poder para reconciliar a los pecadores con Dios. Pero hoy iremos por debajo de todo eso hasta el fondo – lo que C.E.B. Cranfield llama “el significado más íntimo de la cruz” (Romanos, Vol. 1, P. 213).

Se encuentra en los versos 25 y 26. Lo que debieran buscar mientras leo esto es cuál es el problema del universo que la mentalidad bíblica (la mentalidad divina) trata de resolver mediante la muerte de Cristo, y cómo difiere de los problemas que la mente secular dice que Dios debe resolver.

25 A quien Dios exhibió públicamente (a Cristo) como propiciación (un sacrificio que aleja la ira de Dios contra los pecadores) por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente.

Encontremos aquí la esencia del problema más básico que la muerte de Cristo debe resolver. Dios ofreció a Cristo (lo mandó a morir) para así demostrar su integridad (o justicia). El problema a solucionar era que Dios por alguna razón parecía injusto y quería reivindicarse a si mismo y limpiar su nombre.

Pero, ¿cuál fue la causa de este problema? ¿Por qué Dios se encuentra ante el problema de estar en la necesidad de dar reivindicación pública de su justicia? La respuesta está en la última frase del verso 25: “…porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente.”

¿Qué significa esto? Significa que por siglos Dios había hecho lo que el Salmo 103:10 dice, “No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades.” Él simplemente las tolera. Él no las castiga.

El Rey David es un buen ejemplo. En 2 Samuel 12 el profeta Natán lo confronta por haber cometido adulterio con Betsabé y luego haber hecho matar a su esposo. Natán dice, “¿Por qué has despreciado la palabra del Señor?” y Dios dice, “¿Por qué me has despreciado?” (2 Samuel 12:9-10).
David siente el reproche de Natán y en el verso 13 responde, “He pecado contra Dios.” A esto Natán responde, “El Señor ha quitado tu pecado; no morirás.” ¡Así nada más! Adulterio y asesinato pasados por alto.

Pablo se refiere a esto en Romanos 3:25 como pasar por alto los pecados cometidos anteriormente. Pero, ¿por qué habría de ser esto un problema? ¿La mente secular opina que esto es un problema – que Dios sea bondadoso con los pecadores? ¿Cuánta gente fuera del ámbito de la influencia Bíblica lucha con el problema de que un Dios justo y santo haga salir el sol sobre malos y buenos y manda lluvia tanto a justos como a injustos (Mateo 5:45)? ¿Cuántos batallan con el problema de que Dios sea bueno para con los pecadores? ¿Cuántos luchan con el hecho de que el perdón que recibieron es una afrenta a la justicia de Dios?

La mente secular ni siquiera aprecia el problema como lo hace una mentalidad bíblica. ¿Por qué? Porque el pensamiento de la mente secular tiene un punto de partida radicalmente diferente. No comienza con los derechos de Dios que es el Creador de exhibir el infinito valor de su gloria. Comienza con el hombre y supone que Dios se conformará a sus derechos y deseos.

Véase el verso 23: “por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios.” Lo que está en juego al pecar es la gloria de Dios. ¿Recuerdan lo que Dios le dijo a David cuando fue encontrado en adulterio? “¿Por qué ME has despreciado?”.
David pudo haber dicho, “¿Qué quieres decir, “te he despreciado”? Yo no te desprecié. Yo ni siquiera estaba pensando en ti. Simplemente estaba encandilado por esta mujer y luego muerto de miedo de que la gente se iba a enterar. Tú ni siquiera estabas en el cuadro”.

Y Dios hubiera respondido, “El Creador del Universo, el diseñador del matrimonio, la fuente de Vida, quien te hizo rey, no estaba en el cuadro – seguro. Tú me despreciaste. Todo pecado es un desprecio a Mí y a mi gloria. Todo pecado es una preferencia por los placeres pasajeros del mundo en lugar de la dicha eterna de mi compañía. Degradaste mi gloria. Apocaste mi valor. Deshonraste mi nombre. Eso es lo que significa el pecado – no amar mi gloria sobre todo lo demás.”

El problema de que Dios pase por alto el pecado (y es lo que la mentalidad secular no capta) es que el valor y la gloria y la justicia de Dios han sido despreciados, y que al pasarlo a él por alto hace que se vea barato.

Supóngase un grupo de anarquistas que se confabulen para asesinar al Presidente y su gabinete, y que casi lo logran. Sus bombas destruyen parte de la Casa de gobierno y matan parte del personal, pero el Presidente escapa por un pelo. Los anarquistas son atrapados y la corte los halla culpables. Pero entonces ellos piden perdón y la corte entonces suspende sus sentencias y los libera. Lo que comunicarían al mundo es que la vida del Presidente y su gobierno sobre la nación son de poco valor.

Eso es el mensaje que dá el pasar por alto el pecado: que la gloria y el justo gobierno de Dios son baratos y sin valor.

Fuera de la revelación divina, la mente natural – la mente secular – no ve o siente este problema. ¿Qué persona secular pierde el sueño por la injusticia de la bondad de Dios para con los pecadores?

Pero según Romanos, este es el problema más básico que Dios solucionó con la muerte de su Hijo. Lean de nuevo (v. 25b): “y [la muerte de su Hijo] como demostración de su justicia, porque en su tolerancia (o paciencia), Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, (v.26) para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo…” Dios sería injusto si pasara por alto los pecados como si el valor de su gloria fuera nulo.

Pero no lo hizo. Dios vio que su gloria era despreciada por los pecadores – vio su valor apocado y su nombre deshonrado por nuestros pecados – y en lugar de reivindicar el valor de su gloria dando muerte a su gente, Él reivindicó su gloria haciendo morir a su Hijo.
Te urjo ahora a que abraces una mentalidad bíblica hoy. Si nunca lo has hecho antes, hazlo ahora. Te urjo a pensar y sentir la muerte de su Hijo de la manera en que Dios lo hace.

Y esta mentalidad se prueba de la siguiente manera: ¿sientes que, sin la muerte de Jesús, Dios sería injusto si perdonase tus pecados? ¿Sientes que Él está en su derecho de reivindicar su justicia exigiendo de nosotros un precio de sufrimiento igual al infinito valor de su gloria, la cual hemos despreciado?

Cuando contemplas la muerte de Cristo, ¿qué sucede? ¿Tu gozo es el producto de interpretar esta asombrosa obra divina como algo que eleva tu autoestima? ¿O eres impulsado a olvidarte de ti mismo y a ser llenado de asombro y reverencia y adoración al ver que en la muerte de Cristo está la declaración más profunda y clara del valor infinito de la gloria de Dios y del Hijo de Dios?

He aquí un gran fundamento objetivo para la completa certeza de la esperanza: el perdón de pecados no se basa en mi obra o valor finitos, sino en el infinito valor de la justicia de Dios –alianza inquebrantable que sustenta y revindica la gloria de su nombre.
Apóyate en esto. Construye tu vida sobre esto. Afirma tu esperanza en esto. Y nunca caerás.

©2014 Desiring God Foundation. Used by Permission.

Permissions: You are permitted and encouraged to reproduce and distribute this material in physical form, in its entirety or in unaltered excerpts, as long as you do not charge a fee. For posting online, please use only unaltered excerpts (not the content in its entirety) and provide a hyperlink to this page. For videos, please embed from the original source. Any exceptions to the above must be approved by Desiring God.

Please include the following statement on any distributed copy: By John Piper. ©2014 Desiring God Foundation. Website: desiringGod.org