La absoluta soberanía de Dios: ¿de qué trata el capitulo nueve de Romanos?

Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, 2 de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. 3 Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne, 4 que son israelitas, a quienes pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, 5 de quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.

Hay dos experiencias en mi vida que hacen de Romanos 9 uno de los capítulos más importantes en la formación de mi manera de pensar acerca de todo, y en la forma en que me he conducido en el ministerio. Una ocurrió en un seminario y puso mi mundo mental al revés. La otra tuvo lugar en el otoño de 1979 e hizo que llegase a servir en esta iglesia.

Cuando entré en el seminario yo creía en la libertad de mi voluntad, en el sentido de que yo tenía el control supremo de mis decisiones. Esto no lo había aprendido de la Biblia; Lo absorbí del aire de independencia, de autosuficiencia, de autoestima, de auto-exaltación que usted y yo respiramos cada día de nuestras vidas en Norteamérica. La soberanía de Dios significaba que él  podía hacer lo que quisiera conmigo siempre que yo le diese permiso para hacerlo. Con esta clase de mentalidad entré a una clase sobre Filipenses, con Daniel Fuller y a una clase sobre la doctrina de la salvación, con James Morgan.

En la de Filipenses me enfrenté a la intratable cláusula base del capitulo 2 versículo 12b-13: ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; 13 porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito”. Lo cual convertía a Dios en la voluntad que controlaba mi voluntad, y en el trabajador que controlaba trabajo. La cuestión no era si yo tenía o no, voluntad; la cuestión era por qué tenía la voluntad de hacer lo que hacía. Y la respuesta definitiva —no la única— era Dios.

En la clase de la salvación, lidiamos de frente con las doctrinas de la elección incondicional y la gracia irresistible. Romanos 9 fue el texto fundamental y que cambió mi vida para siempre. Romanos 9:11-12 decía, “(porque aún cuando los mellizos [Jacob y Esaú] no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras, sino por aquel que llama), 12 se le dijo a ella: El mayor servirá al menor”. Y cuando Pablo planteó la pregunta en el versículo 14, “¿Que hay injusticia en Dios?” Dice, no, y cita a Moisés (en el versículo 15): “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión”. Y cuando plantea en el versículo 19 la pregunta, “¿Por qué, pues, todavía reprocha Dios? Porque ¿quién resiste a su voluntad?”. Responde en el versículo 21, “¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honroso y otro para uso deshonroso?”.

Las emociones se agitan cuando usted siente que su mundo centrado en el hombre se deshace a su alrededor. Un día me encontré con el Dr. Morgan en el vestíbulo. Después de haber tenido unos minutos de argumento acalorado sobre la libertad de mi voluntad, sostuve una pluma delante de su rostro y la dejé caer al suelo. Entonces  dije, no con  tanto respeto como un estudiante debe tener, “¡yo! la he dejado caer". De algún modo se suponía que eso demostrara que mi decisión de dejar caer la pluma no fue gobernada por algo, a no ser por mi ego soberano.

Pero gracias a la misericordia y la  paciencia de Dios, al final del semestre escribí en mi cuaderno de exámenes para el examen final, "Romanos 9 es como un tigre que está a punto de devorar a los voluntariosos como yo". Ése fue el fin de mi aventura amorosa con la autonomía humana, y la última libre determinación de mi voluntad. Mi visión del mundo simplemente no podía permanecer en  pie contra Las Escrituras, sobre todo, contra Romanos 9. Y ese fue el comienzo a una pasión de por vida, por ver y saborear la supremacía de Dios en absolutamente todo.

El Otoño de 1979

Entonces, aproximadamente diez años después, vino el otoño de 1979. Yo estaba en el sabático de enseñanza en el Bethel College. Mi objetivo numero uno en este retiro era estudiar Romanos 9 y escribir un libro sobre el mismo que estableciera, en mi propia mente, el significado de estos versículos. Después de seis años de enseñar y encontrar a muchos estudiantes en cada clase, listos a desestimar mi interpretación de este capítulo por una razón u otra, decidí que tenía que dedicarle ocho meses a ese retiro. El resultado de ese sabático fue el libro: The Justification of God [La Justificación de Dios]. Intentaba dar respuesta a cada una de las importantes objeciones exegéticas a la soberanía absoluta de Dios en Romanos 9.

Pero el resultado de ese sabático fue absolutamente inesperado —al menos para mí. Mi objetivo era analizar las palabras de Dios tan estrechamente y traducirlas tan cuidadosamente, que me permitieran escribir un libro que fuese convincente y resistiera la prueba del tiempo. Lo que yo no esperaba era que en seis meses de este análisis de Romanos 9 el propio Dios me hablaría tan poderosamente como para que yo renunciara a mi trabajo en Bethel y quedara así disponible en la Conferencia bautista de Minnesota, por si había una iglesia que me tuviera como pastor.

En esencia, ocurrió así: yo tenía 34 años. Tenía dos niños y un tercero en camino. Cuando  estudiaba a Romanos 9 día tras día, empecé a ver un Dios tan majestuoso y tan libre y tan absolutamente soberano que mi análisis se fundió en adoración y el Señor dijo en efecto: "Yo no seré simplemente analizado, seré adorado. Yo simplemente no seré ponderado, seré proclamado. Mi soberanía no es simplemente para ser escrutada, sino para ser anunciada. Esto no es grano para el molino de la controversia, es el evangelio para los pecadores que conocen que su única esperanza, es el triunfo soberano de la gracia de Dios por encima de su voluntad rebelde". Fue aquí cuando Bethlehem me contactó cerca del final del año 1979. Y no dudo al decir, que debido a Romanos 9 dejé de enseñar, y me hice pastor. El Dios de Romanos 9 ha sido la roca sólida que ha servido de cimiento a todo lo que he  dicho y hecho en los últimos 22 años...

El Testimonio de Jonathan Edwards Acerca de la Absoluta Soberanía de Dios

Mi sentir respecto a la veracidad de la absoluta soberanía de Dios, por encima de mi voluntad, y por encima de esta iglesia, y por encima de las naciones; es el mismo que experimentó  Jonathan Edwards (aún cuando yo no tengo su poder para ver y saborear la verdad de Dios). Leo la siguiente historia porque bien pudiera ser la historia de muchos en esta iglesia, y puede ser aún, ruego por ello, la historia de muchos:

“Desde la niño, mi mente había estado llena de objeciones contra la doctrina de la soberanía de Dios, que escogía quién iría a vida eterna, y rechazaba a quien deseaba, abandonándolo a la muerte eterna, y para que fuera atormentado eternamente en el infierno. Solía parecerme una doctrina horrible. Pero recuerdo muy bien la época, cuando yo parecía estar convencido y totalmente satisfecho en relación a esta soberanía de Dios, y su justicia, y por tanto con su disposición eterna de los hombres, según su deseo soberano. Pero nunca pude determinar  cómo, o por qué medios, fui de tal modo convencido, ni siquiera podía imaginarme entonces, ni un tiempo después; que estuviera obrando una extraordinaria influencia del Espíritu de Dios en esa convicción, sino solo ahora que vi más, y mi razón se aferró a la justicia y razonabilidad de esta convicción.  Sin embargo, mi mente descansó en ella; y puso punto final a todas esas cavilaciones y objeciones. Y ha ocurrido una maravillosa alteración en mi mente, con respecto a la doctrina de la soberanía de Dios, desde ese día hasta ahora; por lo que escasamente he encontrado algo parecido a una objeción contra ella, en el sentido más absoluto, en la decisión de Dios de mostrar misericordia a quien mostrará misericordia, y de endurecer a quien quiere endurecer. La absoluta soberanía y justicia de Dios, con respecto a la salvación y la condenación, parece ser la causa del descanso de mi alma, tanto como algo que hubiera visto con mis ojos, al menos así sucede en ocasiones. La doctrina, a menudo, ha parecido extremadamente placentera, resplandeciente, y dulce. La soberanía absoluta es lo que más disfruto de reconocer en Dios”.

(Jonathan Edwards, Selections [New York: Hill and Wang, 1962], pp. 58-59.)

Un Breve Resumen de Romanos 9

Ahora bien, todo esto es un poco desorientador como introducción a Romanos 9. Pero sólo un poco. Podría dar la impresión que Romanos 9 es un tratado acerca de la soberanía de Dios. No lo es. Romanos 9 es una explicación de por qué no ha fallado la Palabra de Dios, aún cuando el pueblo escogido de Dios, Israel, en conjunto, no esté volviéndose a Cristo y salvándose. La soberanía de la gracia de Dios se levanta como el cimiento final de la fidelidad de Dios a pesar del fracaso de Israel, y por consiguiente como el fundamento más profundo para las preciosas promesas de Romanos 8. Porque si Dios no es fiel a su Palabra, tampoco podemos contar con Romanos 8.

Considere este breve resumen. El versículo 3 nos muestra que Israel está en conjunto maldito y separado de Cristo: "Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne". La próxima semana trataremos con los argumentos de Pablo. Ahora sólo noten cuál es la condición de Israel: "anatema, separado de Cristo". ¡Ahora bien, esto da origen a un gran problema! ¡Qué pasa con la palabra de Dios; la palabra de la promesa a Israel y del pacto: "yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jer. 31:33)!

Pablo contesta esta pregunta en el versículo 6: "Pero no es que la palabra de Dios haya fallado" Usted puede ver lo que se estaba arriesgando ¡Parece como si la palabra de Dios hubiera fallado! Pero Pablo dice que no, entonces da una explicación que lo lleva hacia las doctrinas de la elección incondicional y la soberanía divina por encima de la voluntad humana. Su explicación en el versículo 6b es: "Porque no todos los descendientes de Israel son Israel". No todo el Israel físico es el verdadero Israel. En otros términos, la palabra de Dios no ha fallado, porque las promesas no se hicieron para todo el Israel étnico de manera que afianzara la salvación de cada israelita individual.

El versículo 8 lo dice nuevamente: “Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes". En otros términos, no todos los descendientes físicos de Abraham son beneficiarios de las promesas del pacto. ¿Quién entonces? Y aquí Pablo profundiza directamente en su explicación. Dice, los beneficiarios de la promesa son los hijos de la promesa. ¿Pero preguntamos, quiénes son? ¿Cuáles son las condiciones que se deben cumplir para ser "hijos de la promesa"?

La respuesta de Pablo en el versículo 11, con las ilustraciones de Jacob y Esaú, nos confronta con la absoluta soberanía de Dios al escoger quienes serán los beneficiarios de la promesa. Refiriéndose a Jacob (quién se volvió el heredero) y a Esaú (quién no lo hizo) Pablo dice: "(porque aún cuando los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo [aquí está la incondicionalidad, y su razón], para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera [aquí está el argumento: más allá de las condiciones humanas está el propósito soberano de Dios], no por las obras, sino por aquel que llama) [noten: él no contrastó las obras con la fe, sino con "aquel qué llama", la fe ni siquiera aparece como una condición], 12 se le dijo a ella: El mayor servirá al menor."

Todo esto da lugar al cuestionamiento de la justicia de Dios. Pablo no está escondiendo nada aquí. Está exponiéndolo todo abiertamente. En el versículo 14  dice: “¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios?". La respuesta de Pablo es no. Y después de citar a Moisés al hablar de la libertad de Dios para tener misericordia de quién tiene misericordia (v.15) repite la incondicionalidad absoluta con que Dios nos escoge para ser hijos de la promesa. Versículo 16: "Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia".

Lo cual lleva, entonces, a la pregunta en el versículo 19, "¿Por qué, pues, todavía reprocha Dios? Porque ¿quién resiste a su voluntad?”. Ésas son las preguntas que enfrentamos en este capítulo ¿Son todos los israelitas "hijos de la promesa" o sólo algunos? Si sólo algunos lo son, ¿qué hace que una persona sea hijo de la promesa y otra no? Si finalmente es la incondicional, libre, y soberana misericordia de Dios la que elige, entonces: ¿es él injusto? Si él es libre para tener misericordia de quien quiera tener misericordia y para endurecer a quien le plazca (v. 18), y si no depende de que el hombre quiera, o corra (v. 16) Entonces, ¿por qué todavía encuentra culpa?

El Mensaje de Romanos 9: Una Explicación y Defensa De Que la Palabra De Dios No Ha Fallado

De modo que podemos ver que el problema de la elección divina, de la voluntad humana, de la justicia de Dios, de la culpa humana, y de la soberanía de Dios es totalmente expuesto en este capítulo. Pero no está aquí para nuestro propio bien. Está aquí para explicar esta pregunta que quema: ¿Cómo puede el pueblo  elegido de Dios, Israel, estar maldito y separado de Cristo, si la Palabra de Dios es fiable? Cómo puede ser cierto el versículo 6a: "Pero no es que la palabra de Dios haya fallado" Ése es el dilema en este capítulo.

¿Permanecerá la Promesa de Romanos 8?

Y este asunto es totalmente esencial para nosotros ha medida que nos acercamos a la mesa del Señor ¿Permanecerá la promesa de Romanos 8? ¿Permanecerán en pie las promesas que fueron compradas con la sangre del señor y de las cuales dependen nuestras vidas? ¿Hará él que todas las cosas cooperen para nuestro bien? ¿Serán llamados los predestinados? ¿Serán justificados los llamados? ¿Serán glorificados los justificados? ¿Nos dará con Cristo todas las cosas? ¿Realmente nada nos separará del amor de Dios en Cristo? ¿Verdaderamente hay condenación ahora, ni la habrá mañana?

Es por esta importante razón que Romanos 9 llega después de Romanos 8: porque demuestra que la Palabra del pacto de Dios con Israel no ha fallado, porque está basada en la soberana y misericordiosa elección de Dios ¡Por lo tanto las promesas de Romanos 8, hechas a la verdadera Israel, permanecerán! Este es el evangelio de Romanos 9. Las promesas compradas por la sangre de Cristo serán cumplidas por el soberano poder de Dios.

¡Oh, cuán agradecidos, humildes, y fieles debemos ser cuando adoremos al Señor en su trono!

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