Ora para recibir tu respuesta, no para ganarla

Hay un momento en particular que nunca deja de decepcionarme como pastor y que sucede muy a menudo. Suele llegar de manera inesperada mientras oro con los miembros de nuestra iglesia luego de estudiar la Biblia juntos.

En estas situaciones, sucede que, luego de lidiar con el texto arduamente, gozándonos en la asombrosa gracia de Dios en Cristo y aplicándola a nuestras vidas, empezamos a orar y ocurre que las oraciones guardan muy poca relación con lo que acabamos de leer. Después de deleitarnos en el evangelio, hacemos oraciones prosaicas, limitadas (normalmente solo por los que están enfermos) y, para ser honestos, que no están en sintonía en absoluto con el evangelio. Creo que es un problema común en nuestras iglesias hoy en día: lo que oramos no es moldeado ni motivado por el evangelio en sí mismo, sino por nuestras circunstancias.

Tal vez dejamos a un lado el evangelio en nuestras oraciones porque olvidamos, para empezar, el inmenso privilegio que es orar. No solo debemos orar acerca de las buenas nuevas de Dios, sino que deberíamos deleitarnos en que el evangelio nos abre las puertas de la oración en primer lugar.

Lo maravilloso de pedirle a Dios

En la Biblia, la oración básicamente significa “pedir”. Hay montones de otras actividades relacionadas o superpuestas con la oración (como la adoración, la alabanza y la acción de gracias), pero generalmente conducen o fluyen desde el núcleo de la oración, que es pedirle a Dios que haga algo.

Desde luego, eso no ocurre únicamente en el cristianismo. Los musulmanes también oran y piden cosas. Los adoradores de Baal estaban ansiosos por ver a su dios aparecer y hacer lo que ellos necesitaban. Prácticamente todas las religiones de la historia han sido fuertemente motivadas por las peticiones de los humanos. Sin embargo, hay algo que distingue la oración que vemos en la Biblia. En lugar de ver que personas como nosotros deben pasar por todo tipo de rituales o círculos espirituales para asegurarse de que sus oraciones sean lo suficientemente potentes, solo las vemos pedir. ¿Por qué? Por causa del evangelio.

En sus Instituciones, Juan Calvino hace una declaración fundamental que pude recalibrar por completo la manera en que pensamos la oración: “Así como la fe nace a través del evangelio, a través del evangelio nuestros corazones son entrenados para llamar al nombre de Dios”. Dicho en otras palabras, podemos orar gracias al evangelio, y no por nuestras buenas obras, buena apariencia o buenas decisiones. Dios se acerca a nosotros sobre la base de las obras de Cristo, no las nuestras.

El mensaje central del evangelio es que no tenemos nada, no aportamos nada, ni podemos darle nada a Dios: somos rescatados solo por la gracia por medio de la fe, es decir, solo pidiéndolo. No debería sorprendernos que la oración, que es posible gracias al evangelio y es moldeada por el evangelio, funcione exactamente de la misma manera. Sin embargo, en otro sentido, esto es completamente revolucionario. Distingue la oración cristiana ―y la invitación que nos hace el evangelio― de cualquier otro tipo de oración en el mundo.

Una oración como ninguna otra

Para empezar, esto significa que nuestras plegarias son posibles por el hecho de que estamos unidos por la fe a aquel Cristo que murió por nosotros. En un sentido, empezamos a participar en su conversación con el Padre. Por ejemplo, Pablo escribe, basándose en las enseñanzas de Jesús acerca de cómo debemos orar: “Y porque sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: ¡Abba! ¡Padre! Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios” (Gálatas 4:6-7). Nuestras oraciones son las oraciones de quien tiene el privilegio de una relación íntima. Jesús mismo es muy explícito cuando nos dice:

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. O suponed que a uno de vosotros que es padre, su hijo le pide pan; ¿acaso le dará una piedra? O si le pide un pescado; ¿acaso le dará una serpiente en lugar del pescado? O si le pide un huevo; ¿acaso le dará un escorpión? Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lucas 11:9-13).

La oración entonces es posible gracias al evangelio, a través del Espíritu Santo, que nos da la capacidad de orar junto a Jesús; pero hay más que decir al respecto.

Oraciones moldeadas por el evangelio

Nuestras oraciones no solo son posibles por el evangelio, sino que también son moldeadas por el evangelio. Nuestras oraciones son posibles por la gracia de Dios y deben ser moldeadas por la gracia de Dios. Somos libres de pedirle a Dios lo que solo él puede hacer. Nos ha sido encomendado pedirle a Dios que haga lo que solo él ha prometido hacer. En otras palabras, nos han sido dadas la capacidad, el aliento y la instrucción para elevar oraciones moldeadas por el evangelio.

Cuando abrimos nuestra boca para pedir, es apropiado realizar nuestras peticiones en el contexto de sentirnos maravillados por el Dios que se ha revelado a sí mismo y nos ha rescatado. Cuando abrimos nuestra boca para pedir, lo hacemos en un contexto en el que Dios ya nos ha prodigado tanto que no podemos evitar agradecerle por lo que está haciendo. Por eso, cuando abramos nuestra boca para pedir, continuaremos impresionados por lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo. Nuestro mayor anhelo será ver a Dios continuar haciendo lo que ha prometido hacer en nosotros y por medio de nosotros, en tanto construye su reino.

Así, cuando hayamos comprendido el evangelio, nuestras oraciones inevitablemente girarán en torno a lo que Dios ha hecho, está haciendo y hará a través del evangelio. Por eso, nuestras oraciones estarán dominadas por la petición de que Dios atraiga a las personas para que conozcan a Cristo; le rogaremos que obre en su iglesia y a través de ella; le pediremos que profundice continuamente la obra del evangelio en nuestras vidas; le pediremos todos los días que nos permita asirnos de lo que él ya nos ha dado a través del evangelio del Señor Jesucristo. El modelo de oraciones IAUS de John Piper (originalmente IOUS por el acrónimo en inglés) lo representa muy bien:

I. Inclina mi corazón a tus testimonios (Salmos 119:36)
A. Abre mis ojos para que vea tus maravillas (Salmos 119:18)
U. Unifica mi corazón para que tema tu nombre (Salmos 86:11)
S. Sácianos por la mañana con tu misericordia (Salmos 90:14)

Este modelo no es simplemente un intento de ofrecernos una oración “centrada en el evangelio”. Esta es una enseñanza inequívoca (y lógica) de la Biblia. El evangelio nos lleva a orar y nos enseña por qué peticiones orar. Si lo entendiéramos, haríamos oraciones más profundas, abarcadoras y elevadas cuando estudiamos la Biblia juntos, y tendríamos una nueva libertad y pasión cuando oramos a solas en lo secreto.