El amigo que todos necesitamos

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“En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para tiempo de angustia” (Proverbios 17:17, LBLA). Que alegría es tener un amigo, alguien con quien contar y en quien confiar, alguien que nos ayuda y motiva, que nos conoce y nos quiere tal como somos. Tener un amigo que camina a nuestro lado en los momentos más difíciles es una gran bendición.

Pero la amistad, como todas las cosas en este mundo decadente, está rota. Por el pecado, tenemos conflictos los unos con los otros. Queremos que todo sea a nuestra manera. Nos traicionamos y lastimamos los unos a los otros. Sabemos lo que significa que un amigo nos falle y nos decepcione. Tal vez tengamos amigos que han traicionado con otros nuestras confidencias. Quizás tengamos amigos que nos han dado la espalda y nos han rechazado. Seguramente sabemos lo que significa que amigos cercanos del pasado se alejen cada vez más con el tiempo y la distancia. Algunos hemos sentido el dolor de ver a un amigo morir.

Por eso puede ser muy fácil que aumente nuestro cinismo cuando se trata de la amistad. Es posible que seamos desconfiados y precavidos. Puede ser que consideremos las relaciones en línea o en las redes sociales más interesantes que las amistades de carne y hueso. Puede que mantengamos relaciones a distancia, sin confiar lo suficiente como para compartir lo que pasa realmente en nuestro corazón. Muchos han renunciado completamente a las amistades y prefieren encarar la vida solos.

Pues sí, la amistad es difícil y a veces dolorosa. Pero Jesús viene a redimir y restaurar todas las cosas, incluyendo las relaciones con los demás.

Nuestro amigo perfecto

Hay un antiguo canto que dice,

Jesús, amigo de los pecadores,
Amante de mi alma
Los amigos me fallarán, los enemigos me atacarán
Él, mi Salvador, me completa

Charles Spurgeon dijo una vez, “Poder decir “Cristo es mi amigo,” es una de las cosas más dulces del mundo”. Mientras Jesús era objeto de burlas por ser amigo de los pecadores (Lucas 7:34), aquellos que han sido rescatados del pecado a través del sacrificio de Jesús en la cruz, han sentido el dulce sabor de la canción “Jesús, amigo de los pecadores”.

Puede que nos fallen nuestros amigos terrenales y que nuestros enemigos en la tierra nos ataquen, pero Jesús nos apoya, es nuestro amigo perfecto. Su amor por nosotros es incondicional, no está basado en lo que somos ni en lo que hemos hecho. Su amor no es caprichoso ni temporal. No hace promesas que no puede mantener. No nos dará la espalda ni nos rechazará. El amor de Jesús por nosotros es eterno, extendiéndose hacia atrás en la eternidad, antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4-5). Nada nos puede separar de su amor (Romanos 8:38-39). Aun ahora está trabajando por nosotros, intercediendo por nosotros ante el Padre: “Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).

Como nuestro amigo, Jesús no solo quiere lo mejor para nosotros, también sabe qué es lo mejor para nosotros y se asegura que solo nos pase lo mejor. Se encarga de todos los detalles de nuestra vida por nuestro bien y por su gloria. Nos consuela, nos guía, escucha nuestro llanto, sabe lo que necesitamos antes que nosotros mismos y trabaja en nosotros constantemente, transformándonos en su propia imagen de rectitud.

Es el amigo que nunca tuvimos, el amigo que nunca merecimos, el amigo que todos necesitamos – el amigo perfecto.

Nuestro primer amigo

Las amistades que tenemos con otros creyentes están basadas en nuestra amistad con Cristo. Florecen y dan frutos por nuestra relación con Él. De hecho, nuestra amistad con Jesús crea y da forma a nuestra amistad con los demás.

Jesús se describe como la vid y a nosotros como los sarmientos.

“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4-5).

A través de la fe en lo que Jesús hizo por nosotros durante su vida perfecta, en su muerte sacrificial y triunfante resurrección, estamos unidos a Él. Por medio de esta unión, recibimos todos los beneficios de lo que Él ha hecho por nosotros – justificación, adopción, santificación, glorificación y más. Así como las ramas reciben su vida y sustento de la vid, nosotros también recibimos vida espiritual y salud a través de nuestra unión con Cristo. Crecemos y damos fruto por lo que Él nos da.

Una amistad que da forma a otras

Todas las amistades que hacen o mantienen los cristianos surgen de esta amistad. Cuando el Padre nos adopta a través de Jesús, somos unidos a todo creyente; ellos son nuestros hermanos y hermanas en el Señor. Los creyentes del pasado, presente, y aun los que están por nacer son nuestros hermanos en Cristo. Estamos unidos a ellos como las partes del cuerpo están conectadas la una con la otra. De hecho, estamos tan fuertemente entrelazados que cuando una parte de nuestro cuerpo sufre, todos sufrimos (1 Corintios 12:26).

Solo podemos amarnos unos a otros porque Dios nos amó primero (1 Juan 4:19). Las amistades bíblicas comienzan con Cristo y se extienden más allá, no a la inversa. Su amor fluye dentro de nosotros, y de ese amor amamos a los demás. Mientras permanecemos en Él, estamos impulsados a amar y a servir a nuestros hermanos y hermanas. Recibimos de Cristo el alimento que necesitamos y compartimos con otros ese alimento espiritual y, como ellos beben de la misma vid, hacen lo mismo por nosotros.

Todos llegamos a la fe de la misma manera, por la gracia a través de la fe. Ninguno de nosotros lo tiene todo, nos apoyamos en la gracia y el favor de Dios. Como conocemos la misericordia y el perdón de Jesús, podemos ser pacientes y tolerantes los unos con los otros (Efesios 4:32). Cuando pecamos y decepcionamos a Jesús, su gracia constante nos permite perdonar a otros cuando pecan o nos decepcionan.

Jesús es nuestro primer amigo, que crea y da forma a nuestras amistad con otros. Amamos porque nos desborda con su amor. Jesús también es nuestro amigo perfecto, el que nos ama en todo momento. Cuando los amigos nos fallan o decepcionan, podemos seguir amándolos ya que sabemos que somos amados con un amor perfecto y constante. Porque - como dice una viejo himno - Jesús está con nosotros hasta el final.